
San Isidro: el lado oculto de Los Ombúes, la casona de Mariquita Sánchez de Thompson
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Si se camina por los alrededores de la Catedral de San Isidro, una casona blanca se destaca a lo alto sobre la barranca, entre viejas quintas. Conocida como Los Ombúes, la residencia aún transmite el encanto de quien fuera alguna vez su dueña, Mariquita Sánchez de Thompson, la patriota argentina célebre por sus tertulias políticas.
Tras los muros se esconden leyendas y anécdotas de la época colonial, como la que cuenta que de adolescente el padre la habría recluido unos meses en esa quinta familiar. La decisión fue tomada luego de ella insistiera en casarse con su primo, Martín Thompson, negándose a contraer matrimonio con un hombre mayor. Ubicada en pleno Casco Histórico, la casa es considerada una joya del patrimonio de la provincia de Buenos Aires.

"Si bien no existe un documento escrito de aquel entonces que lo certifique, algunos historiadores consideran que para intentar alejarla de Thompson el padre le impidió por un tiempo salir de Los Ombúes", cuenta Marcela Fugardo, directora del museo que funciona en la quinta, ubicada en Adrián Beccar Varela 774. La casa había sido adquirida por el padre de Mariquita en el año 1784 y ella la heredó en 1812. Fue su propietaria hasta el 1829, cuando decidió desprenderse de ella.
La residencia se encuentra a metros de un mirador con vista privilegiada al río, también llamado de los Tres Ombúes, que está rodeado de antiguas quintas como La Porteña, Los Naranjos y los Ombúes. Esta última comprende un extensa barranca declarada Parque Natural. Contiene ombúes, espinillos, talas, un algarrobo blanco, 65 especies de aves, comadrejas overas y coloridas mariposas. Los jardines habrían sido atravesados por Thompson para visitar a su prima.

Disfrazado de aguatero, y con la complicidad de los sirvientes, habría logrado ingresar a la vivienda, señala una de las tantas anécdotas que se tejen alrededor de quien para muchos es la primera feminista del Río de la Plata, organizadora de las céleres tertulias donde se debatía el futuro del país, aunque eternizada como la Gran Anfitriona Nacional por haber prestado el salón de su casa porteña para estrenar el Himno. En cuanto a la figura de Mariquita, según Fugardo, "prefería asumir el rol de testigo directo y de una adherente que abrazó la causa patriótica. Su desempeño en la Sociedad de Beneficencia marca el protagonismo femenino en la gestión de la beneficencia pública".
En el interior de la vivienda, una de las seis salas rinde homenaje a la patriota, personaje que inspiró a Leandro Fernández de Moratín a estrenar la obra teatral El sí de las niñas. Se destaca un espacio acondicionado como si fuera su dormitorio,donde se transmite un clima intimista y se recrea la cotidianeidad del mundo femenino y las prácticas del Buenos Aires colonial.

Allí pueden verse una cama de época, objetos de higiene y tocador, cuadros, imágenes de devoción religiosa y un bellísimo abanico de carey. El abanico era un accesorio indispensable de la moda femenina del siglo XIX y la pieza uno de los objetos más importantes del patrimonio de la quinta por sus calidades estéticas y su estado de conservación. Está hecho con 18 varillas de carey, plumas rojas en degradé, plumas negras y cintas de terciopelo. Pero también hay un arpa perteneciente a otra dueña de la residencia, Pascuala Beláustegui de Arana, y un antiguo piano que recuerda las veladas musicales de la dama patricia.
Además se pueden observar las tarjetas manuscritas por Mariquita, tal vez de presentación o para acompañar regalos, otro abanico de papel que está en reserva por su delicadeza, una jarra de cerámica para agua que se colocaba en la mesa de luz, una taza para tomar chocolate o café que perteneció a su hija Florencia, y la medalla con su imagen que es parte de la colección de 38 medallas de damas patricias, que datan de 1910, y que custodia el museo.
Sobre una de las mesas descansa la pluma y el tintero, elemento evocativo de la escritura de María Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillole, quien escribiera a escondidas a su primo la famosa frase "seré tuya o no seré de nadie", a días de concretarse el matrimonio que sus padres tenían previsto con el adinerado Diego del Arco. Para alejarla de Thompson y castigarla, la recluyeron sin éxito en dos oportunidades; primero en la quinta familiar de San Isidro, y más tarde en la Casa de Ejercicios Espirituales de la calle Independencia 1100 (edificio que también está en pie) donde era habitual internar a las mujeres díscolas o descarriadas.

Por ese entonces, la familia de Mariquita vivía en una vivienda ubicada en la actual calle Florida, con lo cual Los Ombúes pasó a ser la quinta de descanso de verano, a la que se llegaba con carros luego de un ajetreado viaje por calles de tierra. El tiempo transcurría con la mayor tranquilidad. "Siestas de pijama y Padre Nuestro" era la costumbre del lugar, cuenta David Alberto Leiva, historiador de San Isidro.
Si bien Mariquita fue célebre por sus tertulias que duraban hasta altas horas de la madrugada, la mayor parte de estos encuentros transcurrían en la casa de la patriota en la ciudad, aunque no se descarta que en San Isidro también haya recibido visitas, e incluso entonado alguna vez el Himno Nacional. "Los Ombúes era puro descanso, contemplación del río desde la barranca, con actividades lúdicas, sin demasiado para hacer", agrega Leiva. Así la muestra el artista alemán Moritz Rugendas en un retrato del Museo Histórico Nacional donde aparece sentada en medio de un paisaje bello y exuberante del Río de la Plata.
UNA HISTORIA DE AMOR
Respecto al encierro en la quinta, Leiva aclaró que no hay constancias de que así fuera, a diferencia de la Casa de Ejercicios Espirituales, donde sí está consignado el ingreso de la mujer al claustro a través de un registro de internadas. "Sabemos que el padre quería hacer valer su decisión, el matrimonio recién en esa época comenzaba a ser por amor, era una alianza de familias para consolidar el matrimonio, y la posición social, casarse con el primo ponía en riesgo el patrimonio del padre", explicó respecto a la historia de la mujer quien llegó incluso a escribirle una carta al virrey para que se tuvieran en cuenta sus sentimientos.

El propietario más antiguo de la chacra donde se emplaza la quinta había sido Pedro de la Torre. En 1784, Cecilio Sánchez de Velazco, padre de Mariquita, alcalde del Cabildo, compró el sitio que luego de fallecer hereda Mariquita. Ella finalmente se casa con su primo pero él muere. Luego vuelve a casarse con un francés expatriado,Washington de Mendeville, cuya conducta le deparó muchos sinsabores, que terminaron en separación. "Mariquita necesita encaminar su vida, considera incluso en viajar a Estados Unidos. Vende la casona familiar tal vez por necesitar el dinero, o por falta de uso. Tengamos en cuenta que esas tierras no tenían demasiado valor económico en ese momento", agregó Leiva.
La vida cotidiana en Los Ombúes no tuvo mayor variación a medida que fueron cambiando sus dueños, entre ellos la familia Beccar Varela quien la habitó desde 1881 hasta el año 2005, cuando se la donaron a la Municipalidad de San Isidro, de acuerdo a la voluntad de Horacio Beccar Varela. "Levantarse temprano, dar un paseo, una vuelta a caballo, almorzar, dormir la siesta, tomar el té, rezar el rosario, cenar y dormir ", esa fue la rutina durante años y años, dice el historiador.
La quinta es hoy sede del Museo Biblioteca y Archivo Histórico Municipal. Fue declarada Monumento Histórico Nacional. En su interior se destacan los cuartos de la casona original del período virreinal, el patio interno con aljibe y mayólicas, y el comedor con mobiliario europeo utilizado a diario por la tradicional y numerosa familia sanisidrense de los Beccar Varela. En el jardín suelen pasar el mediodía los chicos de los colegios cercanos, con lo cual la barranca es siempre un lugar alegre y lleno de vida.
Además, por Los Ombúes pasaron alguna vez personajes históricos de relevancia como Bernardino Rivadavia, San Martín, Lucio Mansilla, Rafael Alberdi y Manuel Mujica Laínez, entre otras personalidades. La Sala San Isidro reúne los más variados objetos y testimonios provenientes de esas historias y de donaciones de vecinos, de estudiosos de la historia de San Isidro, y de descendientes de los protagonistas.
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