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MADRID.- La curva de infelicidad está desapareciendo, pero esta no es una buena noticia. Hasta ahora, la satisfacción vital tenía forma de sonrisa: empezaba alta en la juventud, se hundía en la mediana edad –en lo que se llamó la crisis de los 40– y después repuntaba. La infelicidad, por el contrario, tenía forma de joroba o sonrisa invertida. Pero un amplio estudio publicado este miércoles en la revista científica PLOS One muestra cómo se erosionó esta curva hasta casi desaparecer. No es que la crisis de los 40 haya remitido, es que se empezó a ver algo que podríamos definir como la crisis de los 20. La infelicidad empieza ahora en alto, a edades muy tempranas, y tiende a disminuir a lo largo de la vida.
El estudio fue realizado con las respuestas de más de 10 millones de adultos de Estados Unidos (recolectadas entre 1993 y 2024), con un análisis longitudinal en el que participan 40.000 hogares del Reino Unido, y con dos millones de cuestionarios de la encuesta Global Minds, realizada en 44 países. Muchos datos, muchos países, pero una conclusión unívoca. “Nos sorprendió que los resultados fueran tan globales”, reconoce David G. Blanchflower, economista de la Universidad de Londres y autor principal del estudio.
Los autores no preguntaron por los motivos, pero apuntan a las consecuencias de la pandemia, a la crisis de la vivienda y, sobre todo, al uso masivo de teléfonos inteligentes. Esto explicaría la uniformidad de datos en contextos que son muy diversos. “Lo que tienen en común, por ejemplo, un chico de Alemania y otro de Nueva York es el acceso a internet y a los teléfonos inteligentes – explica Blanchflower–. En los países en desarrollo, sin embargo, vimos que quienes no tenían acceso a internet no mostraban una salud mental tan deficiente”.
El autor no cree que esto se deba tanto al efecto de los móviles en sí, sino a la forma en la que depredan el tiempo libre, rebañándolo hasta hacerlo desaparecer. “Los móviles desplazaron las actividades beneficiosas. Los niños ya no juegan, no hablan… pasar mucho tiempo en internet aleja a las personas de actividades útiles”, detalla.
Esto podría explicar otro de los datos destacados del estudio. Las mujeres jóvenes presentan niveles de malestar significativamente más altos que los hombres jóvenes en todos los países analizados. Esta es una constante en todos los estudios que analizan el impacto de internet y las redes sociales en el bienestar percibido. El ejemplo más reciente lo ofrecía el estudio HBSC (por las siglas en inglés Health Behaviour in School-ages Children), publicado por el Ministerio de Sanidad español. Señalaba que esta problemática afecta el doble a las chicas (con una prevalencia del 51,2%) que a los chicos (del 25,2%).
El presente estudio es importante por la gran cantidad de datos en los que se basa. Y porque pone el malestar de las nuevas generaciones en un contexto más amplio, comparando con la satisfacción autopercibida de sus mayores. Sus conclusiones son demoledoras, pero no sorprendentes. Algo se empezó a torcer a partir de 2010 y hay mucha literatura científica que dio buena cuenta de ello. Las tasas de depresión y ansiedad entre adolescentes se dispararon un 50%; las de suicidio lo hicieron en un 32%. Los miembros de la generación Z –nacidos a partir de 1996– empezaron a padecer ansiedad, depresión y otros trastornos mentales, alcanzando niveles más altos que cualquier otra generación en la historia.
La crisis de los 20 pulverizó la curva de la infelicidad. Pero hay que tener en cuenta que esta es una foto fija que se tendrá que ir actualizando. Los jóvenes de la generación Z, con más problemas de salud mental que sus mayores, llegarán a los 40 y 50 años. Y nada garantiza que no se enfrenten entonces a los mismos estragos vitales que afectaron a las generaciones anteriores. Mientras tanto, nuevas generaciones se irán añadiendo a la curva, y nada apunta a que tengan menos dependencia del móvil. Dicho de otra forma, la curva de la felicidad desapareció solo de momento. Es esperable que se vuelva a producir en unos años, solo que más extrema. Tocar fondo implicará ir aún más abajo.
“No sé cómo evolucionará la situación –reconoce Blanchflower–. Cada año se suma una nueva cohorte de 12 años y el resto envejece un año, pero nada cambia, el grupo nacido desde el año 2000 parece tener mala salud mental. Espero que podamos detener esto”. No parece fácil, explica el autor. Las hospitalizaciones entre jóvenes por depresión siguen en aumento, los suicidios, el consumo de antidepresivos… Porque este estudio se basa en la salud mental autopercibida, pero está subrayado por todos estos datos, que repuntaron en los últimos años entre las generaciones más jóvenes. Según el Informe Nacional sobre la Calidad y las Disparidades en la Atención Sanitaria de 2022, en Estados Unidos, entre 2016 y 2019 las tasas de visitas a urgencias con un diagnóstico principal relacionado con la salud mental aumentaron en el grupo de edad de 0 a 17 años, pasando de 784,1 por cada 100.000 habitantes a 869,3 por cada 100.000 habitantes.
La crisis de la mediana edad se empezó a describir en 2008. Desde entonces, se constató en más de 600 estudios en diferentes países. El aumento de la preocupación, el estrés y la depresión con la edad fue ampliamente documentado en la sociología en los últimos 20 años. El propio Blanchflower estudió el fenómeno en estudios precedentes. “En toda una serie de artículos defendí que la forma de U era un dato importante, ¡hasta que dejó de serlo! Esos datos eran correctos, pero algo cambió, no parece que estuviera escrito en los genes”, señala.
Maite Garaigordobil Landazabal, catedrática de Evaluación y Diagnóstico Psicológicos de la Universidad del País Vasco, destaca positivamente el actual estudio por la gran base de datos en la que se sustenta. En declaraciones al portal científico SMC, señala que “resulta relevante porque cuestiona un hallazgo empírico muy consolidado: la existencia de la curva en U del bienestar y de la joroba del malestar a lo largo de la vida”. Garaigordobil considera que los resultados son “muy novedosos” y que “rompen con una de las regularidades más citadas en ciencias sociales”.
En el mismo portal, Eduard Vieta, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona, abunda en la calidad de los datos y se muestra de acuerdo con el diagnóstico. Pero añade una posible causa más. “Creo que falta mencionar el contraste entre las expectativas y la realidad. Las generaciones jóvenes de la mayor parte de países incluidos en el trabajo recibieron una educación muy sobreprotectora y desarrollaron una baja tolerancia a la frustración. Este aspecto es también relevante para explicar su malestar emocional”, añade.
El artículo concluye que esta tendencia global exige atención urgente de gobiernos, investigadores y sociedad civil para revertir el declive en el bienestar juvenil. Cuando se le pregunta a Blanchflower por alguna idea o medida concreta, sugiere restringir el acceso al teléfono como una posibilidad. Pero sobre todo ofrecer alternativas. Volver a migrar la vida social, pero en sentido inverso, de la pantalla a la calle. Fomentar el juego, los encuentros sociales y el tiempo al aire libre. “Animar a los niños a que se comporten como niños”, concluye.
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