
Soy un viejo tatuado: por el desafío, por lo marginal y porque sí
Por Martín Carrasco Quintana Especial para LA NACION
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Los periodistas tenemos la fortuna de conocer por nuestro oficio personajes singulares. Por ejemplo, hace más tiempo del que querría recordar, tomé contacto con un hombre que en pleno barrio de Caballito tenía en su casa tres leones jóvenes, dos machos y una hembra.
Era Jorge Cutini, que llegaría con el tiempo a tener un parque temático cerca de Ezeiza. En aquella ocasión le pregunté por qué coleccionaba animales, digamos, silvestres. Y aquel profesor y buen pianista sacó una respuesta cristalina y sincera: "Porque sí -dijo, al arrullo del ronroneo de sus amigos-, porque siempre le tuve envidia a Tarzán".
Después, ya muy acá en el tiempo, charlé largamente con Manuel Vicent, siempre gracias al periodismo. Le inquirí sobre algo para mí apasionante, los toros.
Rápido, me contestó: "Pues hace años que no voy a las corridas. Pero, si para entrar tuviéramos que citarnos clandestinamente, en una esquina, movernos con códigos y contraseñas y, además, fuera pecado, pues allí estaría, en primera fila..."
Y ahora la triangulación: para bronca de los amigos de la estadística, soy un viejo tatuado -tengo 66 años y siete señales indelebles en el cuerpo-, pero empecé a hacerlo antes de que se les ocurriera a los chicos de hoy. Esto es: no sigo la corriente en la búsqueda de la eterna y pavota juventud de Peter Pan.
¿Cómo comencé a tatuarme? En el extranjero, porque en la Argentina sólo los presos lo hacían para matar el tedio de la celda eterna.
Ya era grande y salía del país por el ejercicio de mi profesión. En lugar de comprar ceniceros horrendos con esas leyendas que rezan "recuerdo de...", si había un tatuador, me llevaba un recuerdo para siempre. El primero fue en Río de Janeiro, sobre el hombro derecho.
Y seguí así. ¿Por qué? Pues porque sí, como Cutini. Porque siempre envidié a los piratas de Stevenson y del cine. Muchachos desenfadados que paseaban por las arenas blancas del Caribe, repletos de ron y con el torso decorado por las agujas de las horas de mar muerto.
Más, como Vicent, por el desafío, por lo marginal y clandestino. El tatuaje es cosa de maleantes y de "gente de la mala vida", de contestatario, y de protesta y despliegue.
Puede que sea hedonismo, pero no lo sé. Nunca tuve demasiado tiempo para mirar dentro de mi ombligo.
A mis nietos les encanta tener un abuelo tatuado con animales, duendes y flores. A la postre, con sólo eso me basta como explicación.



