
Temen que haya más muertos por el tornado en Formosa
Hasta ayer se habían confirmado cuatro fallecimientos; 116 personas están heridas
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Justo Urbieta Para LA NACION
FORMOSA.– Por segunda vez en un período de dos años, la furia de la naturaleza se ensañó con Pozo del Tigre. Pero esta vez, la intensidad del tornado –que duró sólo diez minutos– y sus consecuencias fueron peores.
Hasta ayer, según datos oficiales, la cantidad de personas fallecidas eran cuatro, y otras 116 resultaron heridas, la mayoría con traumatismos de cráneo, fracturas múltiples y politraumatismos. Anoche, las autoridades temían que podrían aumentar el número de víctimas mortales.
Anticiparse a la llegada de este tipo de fenómeno y predecirlo con la suficiente anticipación no es una tarea posible en la Argentina. "Se necesita una red de radares denominados Doppler, que deben estar a no más de 150 kilómetros de lugar donde se produce el tornado. Y en el país hay sólo tres", explica María Luisa Altinger, doctora en Ciencias Meteorológicas de la UBA. De todas maneras, según señala la especialista, en lugares como Estados Unidos, donde la red es extensa y completa, "con suerte pueden llegar a detectarse unos 20 minutos antes, pero no más que eso".
Pozo del Tigre está 260 kilómetros al noroeste de esta capital, y llegar al pueblo hoy provoca una rara mezcla de sensaciones. El lugar está devastado, y sus habitantes, conmocionados hasta las lágrimas, pero se sobreponen de inmediato y plantean, optimistas, el desafío de la reconstrucción. "Pozo del Tigre, un pueblo con fe", reza el arco de bienvenida a esta ciudad, donde viven cerca de 10.000 habitantes.
Hoy, el 50% de sus vecinos sufrió las consecuencias de este fenómeno, que hace dos años había afectado a unas 900 personas, pero ninguna con heridas de gravedad. Sin embargo, esta vez hubo muertos: tres mayores y un bebe, de poco más de un año, que quedaron sepultados al derribarse los techos de sus casas.
A Damasena Córdoba, que hoy tiene su casa en ruinas, le habían informado que algunos de sus sobrinos nietos estaban en la nómina de fallecidos. "Vamos a rezar por ellos y agradecer a Dios por todos los que pudieron sobrevivir", manifestó resignada mientras reunía ollas y utensilios para organizar la comida para los más humildes.
El intendente Reymundo Castillo, visiblemente agotado, ratifica que las víctimas mortales son seis. Lo mismo informa el padre Marcelo, que trabaja para ayudar a los damnificados en el Ateneo parroquial, en el templo evangélico y en la delegación de Acción Social del pueblo.
Sin embargo, el concejal Milton Gómez aseguró que a las seis víctimas fatales se sumaron ocho aborígenes de las comunidades pilagá y wichí, que viven en tierras de la jurisdicción. Pero ninguno de esos datos fueron confirmados oficialmente.
Más allá de las cifras, hay una evidente actitud solidaria colectiva. Viejos adversarios políticos están juntos para ayudar. "No hay diferencias de credo, religión ni partidarias. El pueblo está unido para salir de esta encrucijada", dijo el cura Francisco Nazar, párroco de Las Lomitas, que se sumó a las tareas de auxilio.
La avenida principal, Comandante Luis Fontana, estaba repleta ayer de árboles arrancados de cuajo y postes de luz caídos. Los barrios más afectados fueron La Tuna y El Hornero, pero también hubo daños severos en las comunidades aborígenes de Cacique Coquero, Laká Wichí y Qompí, cuyos accesos se convirtieron en un fangal que complicó la ayuda de las brigadas de Defensa Civil.
Ayer amaneció con lluvia y hubo incertidumbre. Pero hacia el mediodía mejoraron las condiciones del tiempo, y muchos se lanzaron a la reconstrucción de sus casas. "Por diez minutos, creímos que estábamos en el infierno y nos preguntábamos por que razón Dios permite que esto ocurra –reflexionó Silvia Fornaris, que tiene seis hijos–. Sólo atiné a meterlos debajo de la cama. Y lo bien que hice, porque al rato se precipitó el techo de chapa de zinc", relató.
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