Terror en el "pabellón de la muerte"
Los reclusos temen ser objeto de venganzas; están virtualmente incomunicados
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CORONDA, Santa Fe.- Todavía se ven los manchones de sangre en el piso y en las paredes. Huele mal, además. Y se percibe un miedo atroz, casi contagiante. Los más de 90 rosarinos que el último lunes se salvaron de la masacre en el Pabellón XI de la cárcel de Coronda entienden que aún viven porque no estaban primeros en la lista de venganzas.
La cadena de asesinatos que liquidó a 13 reclusos en el penal de esta ciudad incluyó nueve muertos en ese pabellón, principal objetivo de una de las bandas internas integrada por reclusos santafecinos, según una de las versiones más aceptadas en la prisión. "Había odios que venían de mucho tiempo. Varios de los que estaban «sacados» el lunes y de los que murieron habían estado en máxima seguridad. Ahí ya tenían problemas", reveló a LA NACION Juan Chávez Castro, preso del Pabellón IX con más de diez años en Coronda.
El pabellón donde mora Chávez Castro, integrado por una mayoría de fieles evangelistas, queda a no más de treinta metros del que sufrió la peor parte de la masacre. Este último, el XI, es uno de los más bravos de la cárcel. "Ahora no van a hacerse los carterudos ("aguantadores", en la jerga carcelaria). Están muy asustados porque saben que, si siguen vivos, es por casualidad", aseguró otro preso evangelista que intentó frenar la locura el último lunes.
Los rosarinos del Pabellón XI no ocultan el temor. Pocos creyentes en su mayoría, ahora rezan para perder algo del pavor que les queda. "Estamos vivos gracias a Dios", dice uno de gorrita negra y buzo blanco, atenazado contra los barrotes que comunican las celdas con el pasillo principal de la cárcel. Se amontonan contra el pasillo. A los gritos y al mismo tiempo son como 20 los que piden por el pastor Oscar Sensini, quien por la tarde les llevó lavandina y cloro, que, dicho sea de paso, no pudo entrar, porque justo cuando llegó había tal clima de tensión en el cuerpo de guardiacárceles que a nadie le fue permitido ingresar nada.
Sensini no forma parte de la estructura carcelaria, pero igual tiene permitido el ingreso diario. "Queremos una tele y tarjetas para teléfono. Necesitamos hablar con nuestras familias. Estamos desesperados", le ruegan. Cada pabellón tiene un teléfono público, que funciona con tarjetas. Son los familiares quienes las traen de a cientos cada domingo. O los más novatos y débiles son quienes deben ceder las suyas a los más fuertes, de acuerdo con los códigos internos. También hay una TV que forma parte del "recreo" presidiario.
Rezar para tener fuerzas
En el Pabellón XI, sin embargo, durante la masacre se cortaron los cables y se rompió la televisión. Aunque anoche les llevaron una nueva, las dificultades eléctricas impidieron su instalación inmediata. Sensini prometió ayuda, pero la tele, los elementos de limpieza y las tarjetas de teléfono deberán esperar al menos hasta hoy, cuando se permita el ingreso de familiares.
"Recemos para no perder la fuerza", propuso el pastor. Los presos le hicieron caso y entonaron juntos un padrenuestro. Pero el miedo sigue.
"Los portones del pabellón se abren con una palanca y las puertas de cada celda pueden trabarse con un palo. El lunes, los asesinos lograron abrir el portón e inmediatamente trabaron todas las celdas. Después, fueron abriéndolas de a una, donde estaban los presos que ellos querían matar. Cuando terminaron con los que tenían marcados, fueron a otro pabellón. Al rato quisieron volver al XI, pero ahí ya habían llegado reclusos de otros pabellones que les impidieron el ingreso. Por eso no mataron más rosarinos", contó a LA NACION un allegado a los presos.
"Nos salvó Dios. Si no, hoy estaríamos todos muertos", pretende explicar, colgado de los barrotes de acceso al Pabellón XI, uno de los presos rosarinos. Claramente, a pesar del refuerzo de guardias y de la habitualidad con la que parecerían vivirse las peleas dentro del penal, el miedo se mantiene. En parte, ese temor se sostiene porque los internos rosarinos no terminan de confiar en los guardiacárceles. Ya fallaron una vez cuando debían impedir el ingreso en el pabellón (eso forma parte de la investigación: ¿cómo entraron los asesinos en el territorio de sus enemigos?) Y ahora, encima, trinan por el relevo del director del penal.
"Esto ya es difícil, pero ahora se va a complicar más. El mensaje que nos quedó es que estos tipos (por los presos) manejan la cárcel. Ellos son los que mandan", se quejó por lo bajo uno de los custodios, cuyo núcleo apoyaba la continuidad del titular de Coronda. "Va a haber problemas", vaticinó.
"Yo temo por venganzas. Sería lo lógico en este mundo", agregó el interno Chávez Castro. El panorama es complicado. Y en ese contexto sobreviven hoy los reclusos que, de milagro, se salvaron en la cárcel de Coronda.






