Trabajar en el subte

Muchos son los que trabajan en los subterráneos y soportan temperaturas de entre 5 y 8 grados más que la que se registra en superficie
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1 de mayo de 2003  • 00:30

Entran a trabajar por la mañana, pero a poco de bajar los primeros escalones que los conducen a cada puesto, olvidan si el día está nublado, si hay sol, si llueve o si el viento sopla fuerte. Exactamente eso es lo que más olvidan, el viento y el aire fresco.

Para conmemorar este Día del Trabajador, LA NACION LINE entrevistó a un grupo de gente que desempeña su tarea diaria bajo tierra en los subterráneos de la ciudad de Buenos Aires para conocer cómo pasan la jornada laboral entre el ruido de las formaciones, el bullicio y el escaso aire puro.

La mayoría de los consultados dijo ser privilegiada por tener trabajo en estos tiempos. Sin embargo, muchas veces las condiciones ambientales que deben soportar hacen que la tarea de todos los días no sea una cuestión fácil de sobrellevar.

“Yo trabajo en el Caribe”, ironizó Gustavo, empleado de un local de venta de controles remotos y accesorios de televisión de la estación 9 de Julio, mientras acomodaba su turbo ventilador para que el único aire circundante le llegue a la cara.

“Cuando salís a la calle te duelen los ojos”, agregó. Claro, debe ser como esa sensación que sólo casualmente percibe el común de la gente en los días en que la resolana no deja ver. “Para mí es una situación constante, cosa de todos los días”, explicó.

También Roberto Tachetti, empleado en un comercio de venta de juegos de azar de la misma estación, coincidió: “Yo sí que no sé que es la luz del día..., pero no me quejo, por lo menos acá no me detiene ninguna manifestación callejera”.

Tachetti entra cada día a las 7 de la mañana y se va a las 9 de la noche. De lunes a sábados, y entre boletas de lotería y apuestas, El dice que lo que más le molesta de su trabajo subterráneo es la falta de aire puro, renovado. “Por lo menos gracias a este trabajo dejé de fumar. Llegaba acá y ya no aguantaba más, no podía ni respirar”.

Aprender a acostumbrarse

Todo es una cuestión de costumbre, dicen. Y quienes trabajan bajo tierra asienten, como lo hace Carolina, empleada de un local de venta de accesorios de moda. "Para nosotros prender el ventilador es cosa de todos los días, en cualquier momento del año. De todas maneras, lo peor es pasar el verano", se quejó.

Según un estudio de la Defensoría del Pueblo de la Nación, realizado en 2001, allí abajo se soporta entre 5 y 8 grados más que la temperatura que se registra en el exterior.

“Como un pastor de ovejas del sur se acostumbra al frío y viento extremos, a mí no me quedó otra opción que aceptarlo así”, ejemplificó Héctor Estigarribia, instructor de tráfico que desde hace 21 años trabaja en los subtes.

El inició su experiencia bajo tierra como maquinista, similar a trabajar de noche, pero durante el día. “A pesar de la oscuridad del túnel, por lo menos nosotros no estamos expuestos al estrés que sí padecen los conductores en la calle. A mí no se me cruza un vehículo o una persona, y eso es realmente una ventaja”, comentó.

Para Sergio Iglesias, diariero de la estación terminal Leandro N. Alem de la línea B no fue fácil comenzar a trabajar en el subte. “No me puedo acostumbrar a la falta de luz natural", reclamó. El pasó de ser cadete, lo que significa transcurrir gran parte del día de un lado para el otro, de vereda en vereda, de ómnibus en ómnibus, a estar sentado vendiendo diarios y revistas.

Por lo menos, tiene para entretenerse con las consultas de la gente, aunque no es lo que más le agrada, según dijo. "Si me pagaran 10 centavos por cada pregunta que me hace la gente me haría millonario", bromeó, para luego girar la cabeza e indicarle a una joven dónde se hace la combinación con la línea C.

Los ruidos son muchos y variados, entre ellos, el trajinar diario de las cerca de 800.000 personas que circulan por día por las cinco líneas de la red de subtes, según datos suministrados por el departamento de prensa de Metrovías. También el giro violento del molinete se siente, como el bullicio de los usuarios que conversan entre sí o la constante frenada de las formaciones.

Sin embargo, la mayoría de estos trabajadores subterráneos cree que, al fin, y sea en las condiciones que sea, el trabajo es salud, y por ello aún están agradecidos, como lo demuestra Tachetti, con la lectura de un pasaje de un clásico nacional, el Martín Fierro: El trabajar es ley, / Porque es preciso adquirir; / No se expongan a sufrir / Una triste situación: / Sangra mucho el corazón / Del que tiene que pedir.

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