
Travestis sonrientes y vecinos quejosos en Palermo Viejo
Cambio: La Nación recorrió la zona horas después de que la policía dejó de emplear los edictos que sancionaban la prostitución.
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Los vecinos de Palermo Viejo volvieron a vivir ayer, como están acostumbrados, una noche llena de risas desenfrenadas y visiones procaces. Los travestis que se ofrecen en sus calles se adueñaron del barrio. Pero esta vez sin el temor a la razzia policial, ya que los edictos que penaban su comercio carnal eran letra muerta.
Quizá por eso, cuando cayó el sol, Mariela, como dice llamarse "artísticamente" un joven, salió a trabajar como tantas otras noches, pero con la sensación de que había ganado una batalla. Desde la madrugada de ayer ya no tendría que esconderse ni escaparse. Seguramente, no dormiría en un calabozo.
Mariela es uno de los más de 30 travestis que ayer ofrecían sus servicios, para escándalo del vecindario, en el cuadrilátero que forman las avenidas Santa Fe y Córdoba con las calles Oro y Godoy Cruz.
Por la esquina de Godoy Cruz y Nicaragua pasaban coches sin cesar, a baja velocidad. Sus ocupantes observaban a los travestis, algunos por simple curiosidad; otros para elegir bien. Cada tanto, alguno se acercaba a negociar. Un viejo ritual.
También pasaban los patrulleros, y los policías miraban. Hace una semana hubiera habido corridas y gritos. Anoche, como la oferta callejera de sexo y el travestismo dejaron de ser pasibles de sanción, a lo sumo se podía ver algunas burlas hacia los agentes, que masticaban su bronca esperando reír últimos en un futuro no muy lejano.
"Antes, si nos atrapaban, nos pedían que les diéramos parte de la recaudación. Arreglábamos con 30 o 40 pesos, pero perdíamos la noche. Si no, nos llevaban a la comisaría y nos tenían un día adentro", relató Adriana, robusta, pelo largo negro, un metro ochenta de alto, saco blanco y tacos, en Godoy Cruz y Soler.
La "vidriera" ocupa no más de 10 cuadras de Palermo Viejo. Los travestis se agrupan de a dos o de a tres. Con las persecuciones policiales aún latentes, algunos todavía se escondían ayer detrás de los árboles. Como un acto reflejo.
"Hay que andar con cuidado. No nos podemos confiar", explicó Carla, que lucía minifalda gris y camisa negra, en Oro y El Salvador.
Estos trabajadores de la noche saben que si bien hay una tregua obligada con la policía, aún no vencieron la resistencia de otro flanco: los vecinos de la zona, que repiten que están preocupados, que la escandalosa actividad nocturna no los deja dormir y que no quieren estar expuestos a exhibiciones sexuales.
El intenso ruido de los autos estacionando y arrancando era innegable ayer; un poco menos, el exhibicionismo. "No vamos a ser tan estúpidas de salir sin ropa.Eso sería hacerle el juego a la policía, que nos podría detener por un delito penal", exclamó Mariela, al borde del cordón de la vereda, en Oro y Nicaragua.
A pocos metros de allí, Lilian, relató: "Hace un rato paró el patrullero, y un cana -de los que antes me pedía coima- me aconsejó que ahora que somos libres saliéramos en bo... Pero nosotras nos vamos a cuidar más que nunca".
Muchos vecinos se preguntan quién pondrá coto a esta situación que los saca de quicio. Por un lado, la policía no puede actuar, y, por el otro, a esta vieja lucha contra la prostitución masculina callejera se la quiere encuadrar bajo el rótulo de un Código de Convivencia.
Aún están frescas las batallas que tuvieron su mayor efervescencia el año último, en las que había baldazos de agua fría, insultos y pedradas como armas.
"Ahora se están repartiendo el territorio del barrio. Los chicos van a tener que ver este espectáculo todos los días. Ellos nos hacen preguntas y no sabemos qué responderles", se quejó Lidia Lugones, vecina de calle Gurruchaga al 1800.
Carlos Gorte, que vive en Soler y el pasaje Emilio Zola, explicó que las peleas y las discusiones a los gritos por precios están a la orden del día. "Los que nos quejamos tuvimos que sufrir que nos rompan las ventanas a piedrazos, por ejemplo. Ahora ya no tenemos a quién recurrir. Hay dos opciones: comprarnos un arma o hacernos travestis", expresó.
Aunque los vecinos no lo creen, desde el otro bando pareciera haber una bandera blanca. "No queremos que haya escándalos, ni peleas con los vecinos. Si la policía no nos persigue no tendría por qué haber inconvenientes. Sólo nos interesa trabajar en paz", explicó Adriana, de 30 años, que trabaja en Palermo Viejo desde hace 10, cuando llegó de su Córdoba natal.
A negociar
Un VW Gol azul paró cerca del cordón, en Godoy Cruz y el pasaje Zola. Dos jóvenes pidieron precio a uno de los travestis, que luego se identificó como Karina - "con K"-. "¡Shh!, hablá bajo", advirtió y pasó a recitar las tarifas de sus servicios.
Los muchachos dudaron. "Cualquier cosa dense una vueltita y si les parece vuelvan", pidió Karina, y se arregló sus cabellera teñida de rubio.
La "vueltita" significa recorrer Godoy Cruz, desde Nicaragua hasta el pasaje Zola, y volver por Oro, sin olvidar algunas calles intermedias como Soler o El Salvador. La enorme cantidad de coches que pasan por esas vías demuestran que el negocio es bueno.
La zona que más sufre el tránsito es el pasaje Zola. Es el lugar obligado para que los automovilistas que están de rotation por Godoy Cruz doblen a la derecha; si no deberían seguir hasta Santa Fe. Es una calle de sólo 100 metros de extensión y, de noche, se sabe que sólo pasan por allí los potenciales clientes de los travestis.
Quienes viven en el pasaje, como Raúl Pereyra, aseguran que su oscuridad lo hace apropiado para que la práctica del sexo oral en las veredas. Una forma de ahorrar el costo del turno en el hotel alojamiento.
En la madrugada de ayer, no se vieron tales demostraciones, pero sí un tránsito fluido.
A mitad de cuadra, Ana esperaba ansiosa que un coche se frenara ante ella. Vestía un sobrio tapado blanco. Cada tanto se lo abría y dejaba ver su ropa interior.
Una vecina pasó por detrás y entró en su casa apurando el paso.
Pocos minutos después, Ana ya no estaba en la cuadra: sinónimo de éxito.
Mientras en la comisaría 25a. aseguran que ahora respetarán el nuevo código, los travestis no se olvidan de sus antiguos perseguidores.
"Era una situación criminal. Nos corrían hasta con dos patrulleros a la vez. Si nos retobábamos nos encerraban en calabozos en los que sólo entrábamos paradas y salíamos un día después llenas de piojos", recordó Adriana.
La movida nocturna del martes sin edictos en Palermo Viejo terminó con la salida del sol. La controversia en la zona sólo parece empezar.
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