
Un altar en el desierto
En la zona de Lavalle -nordeste mendocino- a Leoncio Fernández lo conocen por su oficio de rezador; antes se desempeñaba en otras capillas de la región, pero ahora se comprometió con la comisión de "Lagunas del Rosario" para rezar la novena
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Antiguamente el campanario se miraba en la laguna. Ahora el espejo de agua no está, se lo bebió el desierto. Sin embargo, la llaga húmeda dejó su marca en la piel de la llanura
En el departamento de Lavalle, en el nordeste mendocino y a casi 50 kilómetros de la Ruta 40 se encuentra Lagunas del Rosario. Unas pocas familias viven en ese paraje. Allí todo tiene el color de la arena; las casas, los rostros que van y vienen y hasta los árboles.
Las lagunas de Huanacache -tal el nombre del viejo complejo lacustre- recibían aguas de los ríos San Juan y Mendoza que inundaban la zona. Indios y cristianos cultivaban y pastoreaban allí sus animales. A fines del siglo XIX esas lagunas se secaron por múltiples causas y las tierras del caserío, antes preñadas de aguas, terminaron cercadas por desiertos.
La flor del arenal. Al mediodía el sol se acerca ardiendo, pero la capilla es un alivio, una sombra blanca en el desierto, un altar con mantel de arena. Posee una nave única, larga y angosta, y sus paredes son anchas y frías. A la izquierda del altar una silla antiquísima de madera se mezcla con objetos muchos más modernos. Las aberturas son macizas, como decididas a soportar el estremecimiento sísmico de la tierra y de la historia. Al coro y al púlpito ya no se puede subir. Es peligroso hacerlo por posibles derrumbes.
Al mediodía el sol se acerca ardiendo, pero la capilla es un alivio, una sombra blanca en el desierto, un altar con mantel de arena
Fue construida por primera vez en 1609 entre jesuitas e indios huarpes. Creció como un junco al lado de la laguna y en su edificación se utilizaron ramas de algarrobo y barro. La segunda construcción fue de adobones, en 1753. Años más tarde, en 1861, la capilla fue parcialmente tumbada por un terremoto y tres años después se volvió a reconstruir.
A esta humilde capilla ni se le ocurre ser iglesia. Sin embargo, es catedral, o como la nombran los laguneros: "la catedral del desierto". Allí se venera la imagen de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Mendoza.
El rezador. A Leoncio Fernández todos en la zona lo conocen por ese oficio. Antes se desempeñaba en otras capillas de la región pero ahora se comprometió con la comisión de "Lagunas" para rezar la novena. Don Leoncio anda perfumado. Cruzando sus brazos de algarrobo disimula una secreta dignidad mientras lo acompaña una postura gallarda.
Su modo de decir expresa una forma de ser, que es un modo lento, como de plegaria. Leoncio habla bajo la sombra negra de su sombrero y con voz de salmo: "Toda la vida fui muy devoto, desde muy chiquito". En sus años mozos fue promesero. Es decir, caminó en largas peregrinaciones por lo que le había jurado a la virgen a cambio de alguna petición.
Cuenta que hace un tiempo llevaron a "componer las campanas" a un taller y asegura que una de las que devolvieron no es la original que ellos dejaron para reparar. "Sólo hay que hacerla sonar para darse cuenta, esa que nos entregaron canta distinto", explica.
Luego da unos pasos, se acerca al atrio y con mucha lentitud se desprende de su sombrero. Por las tardes de estos días se dirige a los primeros bancos de la capilla y allí reúne los ruegos de los fieles: "Ellos se acercan muy sintiendo (sic), porque todos somos gente religiosa".
Su modo de decir expresa una forma de ser, que es un modo lento, como de plegaria
Un desierto atravesado de historia. La capilla es memoria viva, como un recuerdo presente. Su identidad es sencilla y rica a la vez y en sus campanas repiquetea la historia. Ingresar es su nave es un viaje hacia el pasado, es bucear en la idiosincracia americana. Su origen indígena y español, representa un encuentro, un mestizaje cultural. En ese desierto, en ese mar sin agua, convergen dos ríos diferentes y en su sangre late la identidad argentina, como si fueran las venas de la historia. Allí se reúnen las huellas de paisanos y evangelizadores, arrastrando errores y aciertos, seguramente, pero que a pesar de los terremotos del devenir es lo que el tiempo de los hombres levantó.
Hoy, como todos los años en cada segundo fin de semana de octubre, se realizan las fiestas patronales. El pueblo lagunero se viste de fiesta y abre sus brazos para recibir a los visitantes. Una fe cristiana popular que integra el mundo de Dios, el de los santos y el de las supersticiones se reúne durante tres días.
Las manos duras que sostienen la vida en los corrales llegan a buscar la bendición. Los promeseros, devotos y jinetes vienen de lejos y entregan sus ofrendas a La Virgen del Rosario.
De noche se encienden fogones y la escena se vuelve pagana mientras el vino mendocino anima las guitarras. Cómo diferentes ríos llegando a la Laguna, los mismos pies que caminaron lentos desde sitios lejanos, bailarán la noche con ritmo americano.
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