
Un entierro en el que faltaron viejos amigos
Sólo un centenar de deudos despidió los restos del empresario
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Una lluvia de pétalos de rosa, arrojada sólo por familiares y sus amigos más próximos, cayó desde el borde de la fosa como intentando cubrir de ternura el ataúd de un hombre que el día anterior no se había llenado de flores, sino de una lluvia de perdigones.
No estuvieron presentes sus viejas amistades políticas, ni los acostumbrados empresarios de relieve, cuando las cintas mecánicas, típicas de los cementerios parque, como lo es el Memorial, depositaron el "cofre redondo" -así se denomina a los féretros ovalados en la jerga funeraria- dos metros más abajo de la superficie. Yabrán ya estaba sepultado.
Eran las 11.45 y Melina Yabrán (21), la hija menor del muerto, se resistía, casi recostada en el piso, a abandonar la tumba de su padre. Se quedaba junto a la parcela cedida por Aldo Elías, amigo de Yabrán y propietario del hotel Presidente. No se quería ir de lo que dentro de una semana será una incipiente gramilla con un placa al ras del césped donde se leerá: "Alfredo Yabrán. 1944-1998".
No hubo palmas de flores para el entierro, sólo un centenar de deudos y muchos más periodistas que permanecieron en la calle, junto a la ruta ocho, sin que se les permitiera ingresar en el cementerio.
El cuerpo de Yabrán había llegado a la necrópolis cercana a Pilar poco después de las ocho de la mañana en un cajón de madera clara y con herrajes de metal plateado. Mientras adentro, en dos salas contiguas al crematorio, se preparaba la capilla ardiente, las rejas mantenían afuera a familiares, amigos y periodistas. Finalmente, cuando todo estaba listo, a las 8.40, se abrieron las rejas para que entraran los dos primeros grupos.
Previamente, el ex vocero de Yabrán, Wenceslao Bunge, había tenido un breve contacto con la prensa. Más que repetir sus acusaciones, puso énfasis en otra cosa:"Sólo les pido que respeten al muerto".
"Lo acorralaron"
Carlos "Coco" Mouriño, el amigo incondicional del empresario, fue mucho más duro: "Nunca hubiera esperado que Alfredo hiciera esto; lo que pasa es que lo acorralaron, son todos unas ratas. Son la misma gente que fajó y amenazó a López Echagüe, un colega de ustedes", dijo en voz alta.
Después, Mouriño fue quien más tiempo permaneció junto a la cabecera del cerrado féretro dentro del velatorio, al que solo accedió La Nación , cuyo cronista se mantuvo presente hasta el instante final, cuando un manto verde tapó la tumba y una rosa colorada quedó allí arriba.
Por la sala, durante casi tres horas, permanecieron los familiares y pasaron los abogados Pablo Argibay Molina y Guillermo Ledesma. También llegaron el publicista Gabriel Dreyfus y el automovilista Juan María Traverso, que supo llevar al campeonato de Turismo Carretera el color violeta de la empresa telepostal OCA, que perteneció a Alfredo Yabrán.
Varios advirtieron la ausencia de César Jaroslavsky, que en varias oportunidades manifestó tener una estrecha relación con el empresario.
Frente al ataúd, que tenía sobre su tapa dos ramos de flores blancas, había un sillón. Allí, la madre de Yabrán lloraba mucho. Sus nietos, Melina, Pablo, de 29 años, y Mariano, de 27, también. Había muchos más jóvenes compungidos, amigos de los tres chicos.
Eran las 11.15. El padre Raúl terminó con sus oraciones, los deudos se encaminaron tras el féretro y por las calles del predio se llegó hasta el sector A del parque, uno de los preferenciales y que se encuentra a menos de 150 metros de la capilla.
El mayor de los hijos se preocupaba y ordenaba que ningún periodista ingresase en el camposanto, otros miraban desde lejos, y con mucho más recelo, a los hombres de prensa, que, entre otras cosas, habían llevado escaleras y hasta dos grúas hidroelevadoras para tomar imágenes por sobre las ligustrinas del cementerio.
"No entiendo por qué se ensañaron tanto con Alfredo... Pobre Alfredo", dijo alguien sollozando.
Después llegaron el responso, el entierro, los pétalos. Bunge se mantuvo entero unas filas más atrás de quienes rodeaban la tumba. Traverso, el temerario corredor de autos, se dio vuelta para expulsar una lágrima.
Melina se arrojó junto a la tumba. Finalmente, se la llevaron entre varios y, de a poco, todos se fueron. Solo quedó el manto verde, la rosa y un cuerpo inerte.
Habían sepultado a Alfredo Yabrán.
Dos fieles empleados lo acompañaron hasta el trágico final
GUALEGUAYCHU.- Un joven chofer y su esposa, leales hasta el fin, fueron las dos únicas personas que se encontraban con Alfredo Yabrán en el casco principal de la estancia San Ignacio en el momento de su muerte.
Quienes acompañaban a Yabrán serían Leonardo Aristimuño, de 28 años, y su esposa, Andrea, de 25. Aristimuño trabajaba para el empresario suicida desde hacía siete años, y había sido el chofer que lo llevó a Dolores cuando fue citado a declarar, el 23 de mayo y el 10 de octubre del año último.
Desde hacía un mes, Aristimuño y su esposa habían empezado a trabajar como administradores de la estancia San Ignacio, y desde ese puesto colaboraron en la preparación del que sería el último refugio antes del suicidio.
Apenas si conocían la zona -a la que habían ido muy pocas veces acompañando a Yabrán- y se movilizaban indistintamente en una camioneta Cherokee azul con una franja plateada o en un Peugeot 205 bordó.
Los dos autos estaban en San Ignacio el mediodía de anteayer: la camioneta se fue por otra puerta cuando la comisión policial llegaba con la orden de allanamiento, y el Peugeot abandonó el campo en la madrugada del jueves.
Una salida misteriosa
La salida de la camioneta fue interpretada como un último intento de distracción para posibilitar la fuga. La policía no la vio -o le pareció innecesario detenerla- y siguieron hasta el casco donde se ocultaba Yabrán.
El último refugio en la estancia San Ignacio había comenzado a prepararse 40 días antes de que el juez José Luis Macchi librara la orden de detención del empresario.
En los primeros días de abril último, el casco principal del campo había empezado a ser restaurado bajo la dirección de un arquitecto de Buenos Aires, aunque los materiales se compraban en el único corralón del pequeño pueblo de San Antonio, y los albañiles eran traídos desde Larroque, el lugar donde nació Yabrán, 100 kilómetros al noroeste del campo.
Mientras duraron las tareas de refacción, en la estancia trabajaba una pareja con tres hijos, encargada de cuidar el casco, y otro matrimonio fue empleado para mantener el parque.
Las cuatro personas habían sido contratadas en negro por Leonardo Aristimuño, que les había prometido la firma de un contrato a futuro. Esto no sucedió, y en los últimos días de abril los caseros fueron despedidos y a los parqueros se les dijo el 4 de mayo que el trabajo había concluido. "¿Hicimos algo mal?", preguntaron angustiados. "No; son órdenes de arriba", fue la respuesta.
Un escenario perfecto
Para el 5 de mayo, entonces, la situación era la siguiente: una estancia a la que Yabrán había ido tres veces en cinco años, en menos de 30 días había sido remozada.
El pasto había sido cortado prolijamente, los caminos internos arreglados, el casco pintado -rosa por fuera, blanco por dentro- y todo se había limpiado a fondo.
Un pequeño ejército de personas había trabajado a toda máquina y cuando la tarea estuvo lista había sido despedido invocando "órdenes de arriba".
San Ignacio había quedado en condiciones de recibir a su dueño, y éste podía llegar cuando quisiera, sin ser visto por nadie.
Cuando el miércoles al mediodía el comisario Julio Seves llegó con sus hombres a la puerta principal del chalet de San Ignacio, Leonardo Aristimuño y su esposa Andrea lo recibieron con cierto nerviosismo. "Somos los parqueros", mintió el hombre, y volvió a mentir al decir que no sabía dónde estaba el dueño de casa.
Sólo faltaban unos minutos para que se detuvieran ante una puerta cerrada. Tras ella, Alfredo Nallib Yabrán, de 53 años, prófugo de la Justicia y sospechoso de ser el autor intelectual del crimen de José Luis Cabezas, manoseaba nerviosamente la escopeta calibre 12.70 que sería su pasaporte a la impunidad.
Parecido
En la Argentina de la conspiración permanente, donde todo parece posible, la muerte de Alfredo Yabrán aún no se ha terminado de creer. Ayer, entre las 1800 almas que habitan San Antonio circulaba el rumor de que una persona de Concepción del Uruguay, parecida al empresario suicidado, desapareció misteriosamente hace diez días. También ayer, la jueza y los peritos que trabajan en el caso se enredaron ante el reclamo de precisiones, porque todos querían saber si el muerto era realmente quien parecía ser.
La política, en una zona de alto riesgo
Tras la muerte de Alfredo Yabrán, la vida política argentina ingresó aún más en una zona de alto riesgo para todo el sistema.
Prevalece un generalizado sentimiento de desconfianza o de sospecha en sectores de la ciudadanía que coloca a la clase política en una situación delicada.
La línea argumental del Gobierno, con respecto al asesinato de Cabezas y la muerte de Yabrán, es sostener que "son causas judiciales que nada tienen que ver con la política", según el secretario general de la Presidencia, Alberto Kohan.
Dicho esto apenas 48 horas después de que el jefe de Gabinete, JorgeRodríguez, se refirió a la oposición calificándola de gangsteril y que Menem afirmó que "son unos miserables" quienes quieren politizar una causa judicial, las palabras del Presidente, del jefe de Gabinete y del secretario de la Presidencia tienen más que ver con un intento de defenderse atacando que con un razonamiento sólido.
No pueden ocultar de ninguna manera que detrás del asesinato de José Luis Cabezas y de la muerte de Alfredo Yabrán había una despiadada lucha por el poder entre Menem y el gobernador Eduardo Duhalde.
En el justicialismo, hace tiempo que se trazó una línea para separar a los menemistas de los duhaldistas. Es probable que se acentúe esa división con alcances difíciles de precisar.
Como telón de fondo de esa división estaba el interés de Duhalde para que se resolviera el asesinato de Cabezas, y el de Menem para que Alfredo Yabrán no quedara involucrado en la causa.
Nadie hizo más
Eso es lo que impulsa el Gobierno cuando afirma que no hay que politizar una caso que es policial y judicial. No es creíble la afirmación. Nadie hizo más que el propio oficialismo por politizar todo.
Lo hizo con un lenguaje cada vez más agresivo. La palabra, es sabido, es el primer paso hacia la violencia. Y, según un concepto de historia trágica, vale recordar aquello de que la violencia engendra violencia.
Si, además, en el centro de todo ello está la aspiración de Menem de perpetuarse en el poder, potenciada por sus más allegados colaboradores y por oscuros personajes, sin reparar en los métodos y teniendo como único concepto valedero que el fin justifica los medios, las perspectivas de un conflicto interno en el justicialismo que puede profundizarse no es una conjetura descartable.
El gobernador Duhalde optó por mantener el silencio,va a mantener el respaldo al juez José Luis Macchi para llegar al esclarecimiento del asesinato de Cabezas y tratará de que no le mezclen el caso Cabezas -y tampoco la muerte de Yabrán- con la campaña política.
Esto hace suponer que, por lo menos, tiene algún indicio de que desde el menemismo lo quieren hacer responsable de la muerte de Yabrán.
Sostener al doctor Macchi en su investigación y que se aclare el asesinato de Cabezas son, tal vez, las únicas cartas que le quedan a Duhalde. Las mejores intenciones pueden estrellarse contra un clima de sospechas múltiples.
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