Un horizonte sin límites, clave para la humanidad

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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8 de diciembre de 2019  

A los astrónomos les llevó siglos darse cuenta de que la Tierra no está en el centro del universo y que los planetas giran alrededor del Sol. Pero un algoritmo digital inspirado en el cerebro humano acaba de descubrirlo a partir de cómo se ven desde la Tierra los movimientos del Sol y del planeta Marte. "Se trata de una de las primeras pruebas de una técnica de la cual se espera que ayude a descubrir nuevas leyes de la física, y, tal vez, reformular la mecánica cuántica a partir de grandes conjuntos de datos", afirmó la revista Nature al dar a conocer el logro.

Entrenadas a partir de miles de millones de datos reunidos automáticamente, las llamadas "redes neuronales" aprenden a reconocer caras, objetos, imágenes y sonidos, y pueden extraer características generales, codificarlas en nodos matemáticos que son algo así como el equivalente virtual de las neuronas, explica la revista científica. La diseñada por investigadores del Instituto Tecnológico de Zúrich llegó a las fórmulas copernicanas y redescubrió uno de los cambios de paradigma más importantes de la historia de la ciencia.

En los laboratorios se habla de geoingeniería (manipulación de los sistemas terrestres) para controlar el cambio climático, de minería espacial, de enviar astronautas -y, eventualmente, establecer colonias en la Luna y Marte-, de autos autónomos que harán innecesario que haya conductores

Avances como este, que desafían nuestra incredulidad, son cada vez más numerosos y se suceden día a día, minuto a minuto. Se dan en el terreno de la inteligencia artificial, que viene ofreciendo un sinnúmero de ejemplos igualmente desconcertantes, pero también en biotecnología, robótica, ciencia de los materiales y medicina. Los registran los medios tradicionales y transitan a velocidad de vértigo por esas autopistas de la información que son las redes sociales.

Frases que no hace mucho parecían producto de una imaginación afiebrada ya empiezan a aludir a realidades cotidianas. En los laboratorios se habla de geoingeniería (manipulación de los sistemas terrestres) para controlar el cambio climático, de minería espacial, de enviar astronautas -y, eventualmente, establecer colonias en la Luna y Marte-, de autos autónomos que harán innecesario que haya conductores.

La robotización está cambiando el escenario laboral, avanzan los ensayos para curar enfermedades modificando genomas alterados y se construye en el sur de Francia lo que podría convertirse en el primer reactor de fusión nuclear comercial. Si el experimento, en el que participan 35 países, tiene éxito, los problemas energéticos que hoy condicionan el desarrollo de los países podrían quedar en el pasado.

Grandes colaboraciones internacionales lanzaron programas para desentrañar los misterios del cerebro y ya hay quienes vaticinan que, merced a la medicina regenerativa y el cultivo de tejidos y órganos, será posible alargar ¿indefinidamente? la vida humana.

Estas hazañas de novela podrían ayudarnos a enfrentar los desafíos que tenemos por delante, desde el cambio climático y la degradación ambiental al hambre, la pobreza y la inequidad. Los beneficios podrían ser monumentales, pero los riesgos también son considerables. No hay duda de que el futuro de la humanidad está indisolublemente unido al de la ciencia.

Por: Nora Bär
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