Un nuevo gran hotel divide a Punta del Este
Por Mariano Wullich Enviado especial
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PUNTA DEL ESTE.- La polémica se instaló en La Barra y de a poco se encamina a ser el comentario obligado del próximo verano. Como la misma ruta 10, después de atravesar el arroyo Maldonado se dirigió hacia Montoya para subirse a los médanos y desplazar al bosque.
Un día iba a llegar, porque el decreto estaba firmado e, inevitablemente, el gigante tomó posición en un perímetro de cuatro manzanas para modificar todo con un hotel casino que será, sin dudarlo, el tema de la temporada. Veraneantes, jugadores y curiosos desfilarán como cuándo se inauguró el Conrad, el hotel que desplazó el tanque de agua y la canchita de fútbol de La Pastora (Parada 3).
Lo que es seguro es que a partir de enero La Barra, Montoya y Manantiales cambiarán para siempre.
Es cierto que hace tiempo perdió aquellos cangrejales de la playa El Tesoro, como también que alguna vez el arroyo se llevó el puente de madera y otra mañana dejaron de aterrizar los hidroaviones. Pero ahora será el pavimento el que impulsará un movimiento desconocido para el viejo balneario de pescadores, que un día también fueron desplazados por las modelos, las marcas y la moda.
Ahora llegó el tiempo de Cipriani Resort, con inmensas estructuras amarillas, 100 habitaciones, cine, negocios, piletas, estacionamientos, un parador (Montoya) propio y otros sonidos, esos que traen las fichas que amontona el rastrillo un momento después de aquellas clásicas voces que cantan "¡no va más!"
Entonces, para muchos vecinos lo que no irá más es la tranquilidad, esa del bosque verde, dentro de poco superado por el paño verde.
Todo el entorno del hotel será pavimentado, como el acceso hacia la avenida Jaureguiberry, en una ruta que ya se ha ensanchando a lo largo de cuatro kilómetros en lo que los uruguayos llaman "doble vía".
Vecinos en alerta
Quien dio el primer alerta fue un grupo de vecinos integrado por Roberto Panelo, Luis de León, Tina Schirinian, María del Rosario Borges, Pablo Etchegaray, Mónica Bourdale de Acevedo y un prestigioso asesor amigo, el arquitecto Horacio Ravazzani.
Panelo juntó material, armó carpetas, pidió reuniones con las autoridades y disparó críticas por medio de decenas de correos electrónicos.
"El proyecto no respeta las características del entorno. Están repitiendo un modelo de rutas en vez de proteger las dunas, de cuidar el bosque", se quejaba.
Las críticas planteadas por los vecinos fueron las siguientes: la destrucción de las dunas; la priorización del automóvil por encima del medio ambiente; el avance sobre la playa, único recurso natural y comercial; la avenida de acceso, que provoca una agresión al bosque de pinos; las columnas de iluminación de cemento; la desaparición de las plantas fijadoras de médanos, como acacias y crucíferas, y la gran impermeabilización del suelo creada por la imponente estructura del hotel; la acumulación de agua junto a la ruta por los desagües pluviales que bajarán hacia el mar; el impacto visual; la contaminación acústica, y tantas otras cosas más que, suponen, traerá el gigante.
Enojos
"Nosotros -graficó Panelo- somos los dueños de la casa (por La Barra y Montoya) y no fuimos consultados, mientras Ravazzani agregaba: "Se aprovechó una vieja estructura y se le dio otra respuesta plástica, que además no tiene ningún valor arquitectónico. Mientras tanto, el agente inmobiliario Luis de León aseguraba: "Nos están introduciendo un estilo de vida que no es La Barra. Esto es un agresión a nuestra forma de vida".
"Claro -apuntaba Tina Schirinian- , los ruidos que queremos escuchar son los de los autos sobre el balasto, no una exhalación sobre el pavimento."
"Lo que sucede es que trajeron esto hasta aquí porque, por convenio, el Conrad arregló que no se podía construir otro casino a menos de siete kilómetros", recordaba Ravazzani.
En su momento, LA NACION adelantó que fue el propio presidente Jorge Battlle quien firmó el decreto. Algunas respuestas lograron los vecinos, como la reconstrucción de los médalos en la playa Montoya, una bicisenda, lomos de burro y el soterrado de los cables de electricidad.
Claro que el tema divide a todos. En principio, cuando LA NACION recorrió la zona, encontró que la doble vía no parece tener mucho sentido, puesto que sale del embudo del casco céntrico de La Barra y vuelve hacerse angosta en Manantiales.
Y hay otro punto. El movimiento de pasajeros hacia el nuevo parador de la playa y todas las noches de juego, cine y restaurante no dejarán descansar a los frentistas de esas calles.
Divisas y trabajo
Hay algo que sí se entiende que supera a los detractores y es que el juego va a estar administrado por Casinos del Uruguay, lo que traerá muchas fuentes de trabajo e importantes divisas para la comuna y el país.
Oficialmente, y ante la ausencia del intendente, Enrique Antía, fue el secretario de la Municipalidad de Maldonado, arquitecto José Luis Reale, quien salió en defensa del proyecto.
"Esto está aprobado desde 1999, y no salió la ley entre gallos y medianoche. La ordenanza de hotelería lo habilita perfectamente, es una construcción de buena categoría, y acá lo que estamos gestionando es una ciudad turística, no una reserva ecológica", sentenció Reale.
El arquitecto recordó otras obras: "Toda Punta del Este está lleno de dobles vías, que han venido muy bien y disminuido accidentes". Es cierto.
"Las quejas que recibimos son por una obra sucia, y eso ya se le advirtió a Higiene-continuó-. Además, estamos resolviendo una ruta costera con problemas disfuncionales. Las quejas también pueden tener lógica, pero eso sucede siempre cuando construyen una obra al lado. Les pasa a todos."
Luego pensó en el futuro: "Me imagino un paisaje urbano jerarquizado, en estética, jardinería y vialidad".
Finalmente, aseguró que la doble vía estaba "proyectada, aunque no hubiera existido el hotel".
En tanto, los vecinos siguen con sus consignas: detener la obra en la ruta, reconstruir las dunas, disminuir los estacionamientos playeros y no asfaltarlos, resolver los desagües pluviales, bajar la altura de las torres de iluminación, y tantas cosas más que difícilmente sean regresadas hacia atrás.
El impacto se verá en enero, cuando el imponente hotel comience a moverse y muchos se muevan alrededor del gran edificio, incluyendo los más de 600 empleados y sus típicas motonetas que llegan a diario desde Maldonado.
Recién entonces se sabrá la verdad de algo que, sin duda, será el tema obligado de conversación en bares y playas. Pero el resultado final sólo se verá en enero, cuando el plato comience a girar, alguien cruce el rastrillo y agregue el "¡no va más!".





