Una chance para pensar la enseñanza que pretendemos

Juan María Segura
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2 de mayo de 2013  

Hablar de educación y escuela (no son sinónimos, pero sí, primos hermanos) en el nuevo mundo de la cultura digital se ha convertido en una tarea compleja. Anticipar las conductas de los actores educativos (padres y alumnos incluidos) y predecir la relevancia y utilidad de sus "entregables" (aprendizajes) es, tal vez, uno de los grandes desafíos de la época de cualquier nación. Si a ello sumamos la complejidad de adaptar la discusión a las particularidades de un país tan errático e histérico como la Argentina, que cada vez invierte más recursos y obtiene peores resultados agregados, la encrucijada se presenta por partida doble.

El ánimo de esta columna no es encontrar un punto justo de aumento en el costo de la tarifa escolar en la Argentina, sea privada (vía matrícula) o pública (vía impuestos), sino más bien reflexionar sobre su legitimidad en el nuevo orden de cosas.

La escuela es una tecnología en sí misma. Representa un ordenamiento científico concebido y diseñado en determinado contexto que se propone habilitar a sus alumnos a adaptarse al medio y, eventualmente, modificarlo. A través de recortes curriculares, ordenamientos etarios y elección de didácticas de enseñanza, propone un mecanismo de transmisión de información, saberes, valores, prácticas y modos de vida.

El diseño de los bancos dentro de un aula, la utilización de la tiza y el pizarrón, del lápiz y el papel y últimamente de las tecnologías de la información y la comunicación son todos elementos constitutivos de un ordenamiento científico concreto, desarrollado y puesto en funcionamiento con un fin específico. La escuela como tecnología cumple un rol de gran trascendencia en una sociedad, colaborando con la integración social, transmitiendo ciertos valores por encima de otros y preparando a los niños para que se desenvuelvan con comodidad en la vida adulta.

Si el contexto dentro del cual la escuela opera varía en el margen, la escuela como ordenamiento puede y debe adaptarse. Si las variaciones son estructurales, difícilmente pueda adaptarse, así que deberá repensarse. Como diría sir Ken Robinson, deberá refundarse. Al final de cuentas, la legitimación de cualquier institución no la otorga su pasado, por más exitoso que haya sido, sino la creencia colectiva de que el resultado de su intervención generará beneficios futuros en sus actores, participantes y comunidades.

Los decisores de la educación argentina enfrentan una encrucijada histórica. Mientras conviven con los problemas cotidianos propios de un país que ha descuidado la seguridad, la infraestructura, el transporte público y el valor de la moneda, entre otras cuestiones básicas, deben generar un espacio en la agenda nacional que permita analizar el tipo de escuela que es necesario impulsar en un contexto de hiperconectividad, y que capture los avances en neurociencia y psicología cognitiva de los últimos 10 años, que han permitido reformular la teoría del aprendizaje.

Por ello, no celebro la variación de precios relativos por causas exógenas (definición técnica de la inflación, que tanto y tan injustamente golpea a todos, en especial a los que menos poseen) en la educación, aunque sí la posibilidad de que hablemos de la escuela que necesitamos, y no de la que tenemos.

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