
Una ciudad se moviliza contra una amenaza de salud persistente: los mosquitos
Brasil ha adoptado nuevas técnicas para combatir los brotes de dengue; la ciudad de Belém, junto a la selva amazónica, podría ofrecer lecciones a otras ciudades alrededor del mundo
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BELÉM.― Han pasado 10 años, pero Paulo Gomes todavía recuerda vívidamente el terror que sintió ante la posibilidad de que su esposa, Lucirene, quien padecía fiebre y dolores atroces, nunca regresara del hospital y muriera debido al dengue que contrajo por la picadura de un mosquito.
Lucirene regresó a casa después de 15 días y se recuperó por completo luego de varios meses. Pero la experiencia cambió para siempre la percepción que su marido tenía de los mosquitos. Gomes, ahora de 65 años, es un participante entusiasta en una agresiva campaña de Belém, la ciudad del norte de Brasil donde vive, al borde de una selva tropical, para reducir la población de mosquitos y los riesgos para la salud que representan.
Los trabajadores municipales le han advertido que los mosquitos se reproducen en agua estancada y proliferan en espacios mohosos y húmedos. Todos los viernes, llena la piscina en el patio trasero para sus nietos que viven cerca, pero la vacía sin falta todos los domingos después de que se van. Él y su esposa mantienen su veranda escrupulosamente limpia y despejada; solo hay un triciclo en una esquina, una hamaca en otra y, desde el verano pasado, un balde de plástico que es la pieza central en la estrategia multifacética de Belém contra los mosquitos.

Del tamaño de un bote de basura pequeño, ofrece justo el tipo de cavidad oscura y acuosa que un mosquito hembra podría buscar para poner sus huevos. Pero contiene larvicida, un químico que mata a los mosquitos jóvenes, y cuando la hembra se posa en el interior, queda cubierta por esa sustancia. Al volar, lo esparcirá a otros lugares de reproducción, típicamente dentro de un radio de 400 metros. El año pasado, Belém distribuyó 5000 unidades en las partes de la ciudad más afectadas por el dengue.
En este momento, los mosquitos son una amenaza mayor en Belém y el resto de Brasil que en Estados Unidos o Europa, pero el calentamiento del planeta está expandiendo su alcance. La mayoría de los casos de dengue, malaria y chikungunya en esas regiones se contrajeron durante viajes al extranjero, pero los casos de transmisión local son cada vez más frecuentes. En 2024, Estados Unidos registró casi 3800 casos de dengue, más de 100 de ellos transmitidos localmente. Alrededor de un tercio de los pacientes fueron hospitalizados y seis murieron.
“La crisis climática es una crisis de salud pública”, dijo en una entrevista Alexandre Padilha, el ministro de salud de Brasil.

“No es una coincidencia” que durante su presidencia del Grupo de los 20, Brasil promoviera nuevas iniciativas para combatir enfermedades impulsadas por el clima como el dengue, dijo Padilha. “Tenemos mucho que aprender y también que enseñar a muchas regiones en Estados Unidos sobre cómo enfrentar el impacto del cambio climático”, señaló.
Forjado por la amarga experiencia, Brasil ha adoptado nuevas técnicas para combatir a los mosquitos. La mayoría de ellas son respetuosas con el medio ambiente, lo que incluye la construcción de la “fábrica de mosquitos” más grande del mundo, una instalación que produce mosquitos que contienen Wolbachia, una bacteria que bloquea el dengue y otros virus. Los mosquitos portadores de Wolbachia luego son liberados en las comunidades para reproducirse y transmitir la bacteria a la siguiente generación.
Lidiar con los mosquitos requiere más que una ciencia deslumbrante. Los departamentos municipales tendrán que reforzar sus divisiones y presupuestos de control de vectores, los médicos deben estar capacitados para reconocer y tratar las enfermedades, y el público en general necesitará educación sobre cómo protegerse.

“Es importante que otros países se preparen para la posibilidad de tener cada vez más casos, y que capaciten a todas las capas de la sociedad”, dijo Luciano Moreira, director ejecutivo de Wolbito do Brasil, una empresa conjunta entre la organización sin fines de lucro World Mosquito Program y el gobierno brasileño. “No se trata solo de que el gobierno vaya allí y fumigue —dijo—. Es parte de un movimiento”.
Una ciudad se defiende
A los lugareños les gusta decir que Belém solo tiene dos estaciones: una en la que llueve todos los días y otra en la que llueve todo el día.
La ciudad es una puerta de entrada a la imponente Amazonía y está bordeada por una selva tropical exuberante y fangosa. Los árboles de mango y su fruta caída bordean las calles, lo que atrae insectos con su aroma dulce y pegajoso. Pequeños charcos de agua —en las aceras, en neumáticos apilados y en botes de basura— ofrecen a los mosquitos los criaderos perfectos para engendrar a millones más de su especie.
Durante décadas, los residentes de Belém han estado bajo el ataque del Aedes aegypti, el tipo de mosquito que transmite el dengue, el zika y la chikungunya, a tal punto que en 2018, un parque de la ciudad instaló una gran estatua de fibra de vidrio del insecto.

El cambio climático ha permitido que estos mosquitos se multipliquen más rápido, lo que intensifica las amenazas que portan. En 2024, el dengue infectó a más de 10 millones de personas en Brasil y mató a más de 6000. Podría haber habido aún más muertes si los médicos en Brasil no supieran cómo reconocer y tratar la enfermedad a tiempo, dijo Moisés Silva, un microbiólogo de la Universidad Federal de Pará en Belém.
La cifra de víctimas de Brasil ese año fue casi cuatro veces superior a la anterior, y en Belém, fue aproximadamente siete veces mayor, lo que inundó los hospitales de la ciudad y obligó a replantear la situación. Los funcionarios de la ciudad adoptaron un sinfín de métodos en respuesta, desde aumentar las soluciones de sentido común como la recolección de basura y el tratamiento de aguas residuales hasta colaborar con científicos académicos como Silva.
Fue Silva quien solicitó al ministro de salud que incluyera a Belém en la lista de las 10 ciudades que probarían las cubetas especiales dispensadoras de larvicida, y que financiara la capacitación y el equipo para los trabajadores de la ciudad.
Silva y sus colegas analizaron la distribución de los casos de dengue por toda la ciudad. También tuvieron en cuenta los datos del laboratorio de entomología de la ciudad sobre las trampas para larvas y huevos de mosquitos con el fin de calcular el tamaño de la población en esa temporada.
Con base en esas dos fuentes de información, identificaron las áreas más vulnerables, hasta el nivel de la calle, muchas de ellas en barrios de bajos ingresos y favelas, que se beneficiarían con las unidades.

A diferencia de las trampas para mosquitos que matan a las hembras, las unidades de larvicida, que cuestan menos de US$2 cada una, usan a las hembras para esparcir el químico a lugares de reproducción que serían difíciles de encontrar para los humanos, dijo Silva. “Usamos al mosquito contra el mosquito”, señaló. “Eso es lo inteligente de la trampa”.
La ciudad también capacitó a los trabajadores para educar a los residentes en las áreas de bajos ingresos sobre formas de mantener a raya a los mosquitos, reconocer los síntomas del dengue y dirigirse al hospital ante los signos de una enfermedad grave. La fiebre alta, el dolor de cabeza y los vómitos pueden confundirse con signos de muchas otras enfermedades. Pero el dengue también produce un dolor muscular y articular intenso, lo que le valió a la enfermedad el apodo de “fiebre rompehuesos”, y puede provocar la rotura de vasos sanguíneos e incluso la muerte si no se trata.
“En el pasado, había mucho enfoque en el área más rica, es decir, el centro de la ciudad, así que expandimos eso”, dijo Igor Normando, el alcalde de Belém, en una entrevista. Debido a estos esfuerzos, dijo, las enfermedades transmitidas por mosquitos en la ciudad disminuyeron un 70 por ciento en la última temporada.
“El éxito de este programa fue el resultado de que no nos enfocamos únicamente en una cosa en específico”, dijo Normando. “No nos enfocamos solo en la educación, ni solo en la recolección de basura, ni solo en esto o en aquello”.
Controles casa por casa
Una parte fundamental de la estrategia de Belém es su trabajo comunitario. De los más de 1000 trabajadores del departamento de salud de la ciudad, alrededor de un tercio están enfocados en limitar las poblaciones de mosquitos. (En contraste, el condado de Bay, Florida, un área costera de tamaño comparable, tiene 15 empleados a tiempo completo en su división de control de mosquitos).
Muchos de los llamados agentes de control de vectores de Belém van puerta a puerta para recordar a los residentes las formas de mantener sus propiedades libres de insectos, de mantener los contenedores de agua cubiertos y de secar las zonas húmedas después de las inevitables lluvias del día. Las casas que tienen las unidades de diseminación de larvicida reciben una visita mensual para reponer suministros y para garantizar que los contenedores no hayan sido transformados en macetas o para lavar la ropa.
En un día sofocante el mes pasado, los trabajadores en sus rondas puerta a puerta descubrieron que el nieto de un propietario había tirado a la basura el contenedor al limpiar, sin darse cuenta de su propósito. Otra familia ocultó el contenedor detrás de dos bicicletas, para evitar que sus perros lo alcanzaran.
Mientras Gomes, sin camisa, intentaba mantenerse fresco ante el calor implacable, Elizabete Reis, la agente de la ciudad, inspeccionó la cubeta en su veranda en busca de larvas de mosquitos —no había ninguna—, luego vació el agua y la volvió a llenar. Después, agregó una tira de malla nueva cubierta con el larvicida, el cual se adhiere a los mosquitos hembra cuando aterrizan en la tira para poner sus huevos.
Gomes dijo que estaba “fascinado” al escuchar que Belém estaba por delante de muchas ciudades estadounidenses en la adopción de este enfoque. “Imaginamos que esto sería algo que ustedes ya tendrían, y siempre esperamos que estas soluciones vengan de Estados Unidos, no que nosotros las estemos exportando”, afirmó.
La mayoría de las ciudades en Estados Unidos todavía dependen de la fumigación aérea o con camiones para controlar a los mosquitos; despachan los camiones después del anochecer y advierten a los ciudadanos que se queden en casa. Los pesticidas pueden causar mareos, náuseas e irritación de la piel en algunas personas, desencadenar convulsiones en algunas mascotas y aniquilar insectos beneficiosos como abejas y mariposas. Brasil también dependió en gran medida de la fumigación al principio, pero para principios de la década de 2000, los mosquitos habían comenzado a mostrar signos de resistencia a los productos químicos. Ciudades como Belém ahora recurren a la nebulización —que produce una fina niebla en lugar de las grandes gotas de los rociadores— solo durante los brotes.
“No podemos simplemente prohibir el uso de insecticidas, pero necesitamos usarlos de una manera más racional”, dijo Moreira de Wolbito do Brasil. Idealmente, los insecticidas se convertirían en parte de una estrategia más amplia, para utilizarse principalmente durante los brotes, dijo, “así que eso es lo que hace Brasil”.
En 2016, en medio de una resistencia generalizada a los insecticidas, el Ministerio de Salud de Brasil convocó a expertos para idear nuevas soluciones, incluida la cría de mosquitos que contienen la bacteria Wolbachia. Wolbachia es una solución inofensiva para el medio ambiente, presente de forma natural en aproximadamente la mitad de todos los insectos. La maravilla tecnológica aquí consistió en introducir la bacteria en el Aedes aegypti.
Ahora el enfoque forma parte de la estrategia de control de mosquitos del país en 16 ciudades, pero el gobierno planea expandir ese número a casi 80 para finales del próximo año, dijo Moreira.
Belém aún no está en la lista para liberar mosquitos con Wolbachia; es posible que lo haga después de reducir primero las cifras con otros métodos. Pero para algunos residentes, la estrategia de la ciudad de distribuir unidades de larvicida ya ha traído de vuelta una magia inesperada.
Filipe Borges, de 63 años, recordó que cuando Belém enviaba camiones para fumigar su vecindario hace décadas, las mariposas amazónicas de color azul eléctrico de su infancia desaparecieron. Pero ahora, dijo, hay notablemente menos mosquitos en su jardín, y sin embargo, “las mariposas han regresado”.
Por Apoorva Mandavilli
Fotografías de Alessandro Falco
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