
Una colonia de murciélagos que inspira miedo
Espeluznante: una verdadera alfombra de mamíferos alados tapiza el Dique Escaba; sólo comen insectos, pero originaron muchas leyendas.
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DIQUE ESCABA, Tucumán.- Verlos venir de frente, a sólo un par de metros de distancia, puede ser un espectáculo imponente para algunos. Y espeluznante para la mayoría de los hombres.
Quedar por un momento envuelto entre ellos, distinguir sus contornos, ver fugazmente sus ojos, oír sus chirridos y el veloz golpeteo de sus alas, resulta una experiencia que eriza a quienes no están acostumbrados a encontrarse ante una masa de estos animales.
Salen cuando llega el ocaso por las puertas de las cavernas y son como una catarata de agua negra que rápidamente se transforma en una nube oscura que no deja ver las estrellas.
Los murciélagos nunca contaron con la simpatía de la mayoría de la gente. Fueron convertidos por las leyendas y por el cine en animales de temer, y jamás tuvieron poetas que elevaran su trino para cantarles como lo hicieron con los pájaros.
Su cara de rata, la falta de plumas, sus alas cartilaginosas y su pequeña cola sólo inspiraron a artistas que en el lienzo o en el papel quisieron personificar el miedo mezclándolos con esqueletos o serpientes venenosas.
Nocturnos, pero inofensivos
Y aquí, debajo del Dique Escaba, ubicado a 25 kilómetros del pueblo de Juan Bautista Alberdi y a 130 de la capital de la provincia, se encuentra la comunidad más grande de mamíferos voladores de toda América del Sur.
Hay quienes dicen que llegan a los diez millones. Difícil saber. Pero sean cuantos fueren, de día duermen amontonados en los techos y paredes de las inmensas cavernas que deja el dique, convirtiendo las murallas de cemento en un gran tapiz peludo.
De noche, salen como chorros por las cuatro arcadas de dos metros por uno y se reparten hasta en 80 kilómetros a la redonda cubriendo toda la húmeda selva de lengas del cerro de la Virgen y en donde domina la cumbre de Narváez.
Vuelven como el hombre vampiro, cuando amenaza la luz del día, pero sin haberle mordido el cuello a nadie, sino con 7000 kilogramos de insectos en sus vientres. Eso es lo que realmente valoran los defensores del equilibrio ecológico.
Un admirador de la colonia
Uno de ellos es Juan Peluffo, un poblador de Alberdi que hace años dejó su escopeta calibre 16 para dedicarse a la pesca y a la observación de los murciélagos.
Peluffo habla con admiración, casi con cariño de los murciélagos, y recuerda: "En la década de los años 70, la hacienda de la zona sufrió una plaga de rabia y rápidamente muchos lugareños se la adjudicaron a las mordidas de los murciélagos, sin tener en cuenta que los que habitan en la colonia no son hematófagos (chupadores de sangre), sino insectívoros".
"Los atacaron con veneno y pastillas de gamexane. La colonia disminuyó perjudicialmente porque la zona fue invadida por los insectos", dijo.
Peluffo es como un baqueano de los murciélagos, pero apoya sus conocimientos en los estudios que realizaron los biólogos del Instituto Miguel Lillo.
Aliados de la ecología
"Ellos saben de la importancia ecológica que hoy tiene esta colonia recuperada. Estos murciélagos -explica- son del tipo Tedarida brasilenses, más conocidos como cola de ratón.
"Tienen, como el resto, un poder de sonido de alta frecuencia que les da un mapa tridimensional del entorno y de la presa. El patagio es la membrana cartilaginosa que forma el ala entre los dedos de la mano", asegura el hombre.
También habla de los otros tipos. Los hematófagos, los libadores, los que comen frutas y los pescadores, que cazan a sus presas con las púas de las alas.
Pero Peluffo advierte: "Estos son sólo insectívoros, muy favorables para el agro, por ejemplo, porque eliminan al gusano mariposa sin tener que utilizar químicos". Se esfuerza por encontrar el lado positivo del asunto.
Más allá de los beneficios que aportan, Peluffo sostiene, como si fuera un enamorado de los animales: "No me canso de mirarlos".
Leyendas que inspiran miedo
Pero si en todo pueblo hay leyendas, cómo no las iba a haber aquí con semejante colonia de murciélagos.
Unos dicen que, cada tanto, muchos de estos animales viajan hacia la zona de Tranza, al noroeste de la provincia, y se trenzan en combate con una colonia de hematófagos brasileños.
"Cuando esto sucede, se los suele ver llegar a destiempo, con la mañana avanzada y bastante averiados, como si les hubieran dado garrote", cuenta el observador.
Otros recuerdan la historia de un pordiosero que no era de la zona y a quien sorprendieron el frío y la tormenta mientras intentaba pescar algo junto a la laguna. Se trataba del "loco Aníbal", que buscó refugio en medio de la noche en las cavernas que deja el dique.
También cuentan que el hombre se despertó en la noche y que cuando se vio envuelto entre los murciélagos, pegó un feroz grito, corrió espantado y nunca más se lo volvió a ver.
De ser cierto, no era para menos.
Deben ser pocos los hombres que se animen a estar allí adentro, cuando estos individuos se despiertan para salir en la noche convirtiéndose en una masa que ocupa todo y lista para la voraz fiesta insectívora. Tan necesaria para la ecología, pero sin perder el matiz de danza espeluznante.
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