Una interpelación a la sociedad y al Gobierno

Juan María Segura
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4 de diciembre de 2013  

Los gobiernos de América latina están realizando el esfuerzo económico en educación más grande de su historia en términos de gasto como porcentaje del producto bruto interno, y a pesar de eso los aprendizajes de los chicos muestran escasos progresos en la comparación con otros países, como acaba de confirmar la prueba PISA.

Estas pruebas se insertan dentro de una tendencia mundial que en los últimos 15 años intentó establecer una correlación entre educación y progreso. Por supuesto que cuando se habla de educación se hace referencia a un concepto restrictivo y sobresimplificado que tiene que ver con algunas cosas que ocurren en algunos establecimientos del sistema educativo formal. La educación, en un sentido amplio, es mucho más que los informes trianuales de PISA, la repitencia o el abandono escolar. Sin embargo, estos rankings e informes, además de brindarle a la sociedad la oportunidad de discutir sobre educación con más elementos, permiten ir generando consensos alrededor de prácticas, formatos y abordajes vinculables con ideas de progreso.

Las evaluaciones PISA cubren las áreas de competencia lectora, matemática y científica con un énfasis puesto en el dominio de los procesos, el entendimiento de los conceptos y la habilidad de actuar o funcionar en varias situaciones dentro de cada dominio.

Es importante remarcar que el propósito de la OCDE con estas pruebas no fue, y no es actualmente, establecer un ranking de ganadores y perdedores, sino proveer evidencia empírica y, eventualmente, alertar a los actores principales del sistema educativo y productivo de cada país del nivel de dificultad con el cual los niños y adolescentes se van aproximando al mundo productivo, interpretado ello a través del grado de dominio de las competencias señaladas.

Por lo tanto, PISA no mide la calidad de un sistema, sino que lo interpela en términos de su relevancia y utilidad. Y lo hace a través del dominio de competencias específicas, concretas.

PISA no mira hacia atrás, sino hacia adelante. Deseando modelar un futuro emergente de una sociedad interconectada, pluricultural y digital, proyecta el grado de dificultad de integración de niños y niñas de 15 años. También interpela a un gobierno y a una clase directiva a partir de su mirada del futuro, en función de sus políticas, prácticas, discusiones y acuerdos.Esto permite concluir que PISA importa, pero no tanto en el sentido con que se trata, analiza y discute usualmente, sino como un catalizador de un espacio colectivo que de luz a una mirada y modelación del futuro y, en consecuencia, de un sistema educativo funcional.

El peor problema de cualquier sistema educativo no será ubicarse último en el ranking PISA, sino vaciarse de ideas que lo vinculen a un futuro novedoso, plagado de problemas y desafíos, pero también de oportunidades. En ese sentido, los formatos de enseñanza personalizados, los abordajes híbridos online-offline y los ecosistemas digitales de contenidos editados cobran una especial relevancia como puentes entre un sistema disfuncional y anticuado, construido alrededor del paradigma de la información escasa, y otro que emerge.

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