De peluquero de los artistas a estilista en la Villa 31

Ruben Orlando fue uno de los coiffeur más famosos en la década del noventa, pero quebró y vivió varios años en las favelas de Brasil; hoy tiene un local en el barrio de Retiro
Mauricio Giambartolomei
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9 de agosto de 2011  • 13:18

El local pasaría inadvertido si no fuera por el cartel que cuelga en la fachada. Es diferente a los anuncios del resto de los comercios de la cuadra, la mayoría hechos en pizarrones o pintados en las paredes de las casillas. La nueva peluquería, que abrirá al público este mediodía, reluce entre una verdulería y un restaurante de dos mesas donde suena cumbia boliviana. Florece entre escaleras en espiral, rejas, bloques sin revocar, antenas de televisión satelital y una calle pantanosa.

Dentro reluce el piso blanco, un olor a pintura fresca, muebles rojos y negros, espejos y elementos para el cuidado del pelo. Parece una peluquería de Palermo o Barrio Norte. Pero está en la Villa 31. "Ella es Lidia, se corta el pelo conmigo desde 1972", dice el estilista. "¿Dónde vivo? En Santa Fe y Azcuénaga, pero voy a venir hasta acá porque lo sigo a todos lados", devuelve la clienta fiel. Seguirlo significará sumergirse en un ámbito poco conocido para ella, pero familiar para él que vivió varios años en dos favelas de Brasil donde se refugió para superar una crisis económica.

El oro y el barro. Durante la década del noventa Ruben Orlando fue uno de los estilistas más requeridos en el mundo del espectáculo. Tenía varios locales en Capital Federal y fue uno de los referentes en el ambiente de la moda. Hasta que quebró, se mudó a la Rocinha, el barrio de emergencia de Río de Janeiro donde viven alrededor de 700 mil personas, y se convirtió en un buscavidas: llegó a vender manzanas acarameladas. "Me levantaba a las tres de la mañana, les ponía caramelo, el palito y salía. Los fines de semana vendía hasta 800 manzanas", recuerda.

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Allí, donde vivió una parte de los once años que estuvo fuera del país, comenzó a darle forma al proyecto que se hizo realidad, mientras pasaba las horas en Café Cortado, la peluquería que instaló en Brasil. "Me marcó vivir en las favelas, me cambió la cabeza con un precio muy caro que pague", dice. "Pensé: si vuelvo a la Argentina voy a hacer algo en la Villa 31. Y empezamos con una escuela de peluqueros que hoy tiene 200 alumnas".

En la calle hay olor a comida a pesar de que ya pasaron varias horas después del mediodía. Se siente el aroma a tortilla de papas, pescado frito, guiso y pan. Una vendedora ofrece "churros y pan de yema" a los gritos, al lado de un puesto de especias. Los vecinos del salón, alquilado, salen a las ventanas de las casas, se cuelgan de las escaleras o se recuestan sobre las paredes para ver al nuevo vecino que habla con LA NACION debajo del cartel: "Ruben Orlando, un estilo. Casa central".

Un corte común saldrá 50 pesos y 30 para los chicos y una tintura o reflejos costará 90. El local será atendido por tres alumnas de la escuela y por Ruben que pasará más tiempo en la Villa 31 que en la peluquería que tiene en Caballito. "Cuando te pasan cosas como las que me pasaron, bajás a los orígenes Antes vivía con la fantasía del poder, del dinero y hoy, con todo lo que me pasó, me fijo en otras cosas", cuenta el estilista.

Las modelos de la 31. El tránsito por la autopista Illia es incesante y el ruido de los autos se disimula por la música ochentosa que se escucha en El Galpón, un ex depósito del ferrocarril que se convirtió en un salón de actos, una iglesia evangélica, una escuela de peluquería y una canchita de fútbol. Allí se pasean un puñado de chicas adolescentes vestidas y peinadas como para ir a una fiesta: son las modelos de la agencia Guido Models, que viven en la villa y que desfilaron antes de la inauguración de la peluquería.

Por la pasarela improvisada, por la que antes la caminaban los obreros, sale Melani López, alta y morocha, con un vestido negro y muy corto, que dejan a la vista sus piernas elegantes y estilizadas. Avanza y retrocede con seguridad y mirada desafiante. "Fui la primera de la escuela, estuve yendo un mes sola, éramos Guido y yo", recuerda.

Guido Fuentes García, el director de la agencia, les marca el paso a todas. Les hace señas, las orienta, ordena la salida y dispone el compás de la música. Fundó la escuela hace dos años para que las chicas puedan formarse y tener otra salida laboral. "Nos encasillan como villeros, delincuentes, pero hay gente decente, que trabaja y se hace ver que quiere salir adelante. Las chicas son hermosas y tienen todo como para no sentirse menos que nadie", afirma.

La moda y el cuidado del cabello van de la mano. Por eso se organizó la presentación previa a la apertura del comercio. El fútbol en la canchita anticipa la salida de las modelos y en la puerta de ingreso al salón se lo ve a Rubén Orlando coordinar la actividad junto a Chacho Mendoza, cooperativista del barrio.

Chacho es el referente de una cooperativa que maneja subsidios que entrega el Gobierno de la Ciudad para realizar obras. Se mueve por las calles y todos lo saludan. Cada logro es un triunfo personal, de él y de la gente que trabaja para el bien del barrio. "Que venga Ruben Orlando, una persona tan famosa, a poner algo así en la villa hace que la gente piense que es un barrio más como cualquier otro", reflexiona Chacho. "Me recibieron con un cariño inmenso. Acá están los verdaderos amigos porque los del éxito, los de la plata, casi todos han desaparecido", devuelve el estilista.

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