
Unos 2000 jóvenes porteños van a misiones católicas en sus vacaciones
Chicos de parroquias de la Capital llevan un mensaje espiritual a las provincias
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Unos 2000 jóvenes estudiantes secundarios y universitarios, pertenecientes a parroquias y escuelas católicas porteñas, utilizan sus vacaciones para llevar un mensaje de esperanza a la gente del interior.
Durante unos días (a veces una semana, otras dos) los chicos visitan los pueblos más humildes de la Argentina y realizan lo que denominan "misión".
Ellos aseguran que responden a un llamado de Dios, que los envía a anunciar a los demás sus palabras y su mensaje de amor.
Esta creciente inclinación comenzó en la década de los 70, pero pocos participaban.
No sólo aumentó de manera notable el número de chicos de la Capital que participan de las "misiones", sino que, también, muchos jóvenes de diferentes provincias brindan su tiempo libre para servir al prójimo.
La ayuda que los misioneros llevan a la gente no se centra en el ámbito social, sino, sobre todo, en el espiritual. Por eso, no regalan comida, ropa, útiles escolares o medicamentos, sino que su objetivo principal es compartir la fe en Jesucristo y transmitir "el amor que Dios tiene por ellos".
Actualmente, sólo en la Capital, los grupos misioneros, formados por jóvenes cuyas edades van de los 16 a los 30 años, son cerca de 120.
Los destinos son variados y alcanzan todo el extenso territorio de la Argentina. Algunos van hacia el Sur, a Río Gallegos, provincia de Santa Cruz; otros hacia el Norte, a Cafayate, provincia de Salta. Pero, en definitiva, ninguna provincia argentina queda privada de la visita de los misioneros.
El principal punto de encuentro de los grupos es la "misa de envío", que se realiza todos los años, en diciembre. La última celebración se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1998, en el santuario Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, con la asistencia de 900 jóvenes.
La misa, que tuvo como lema "Eucaristía, fuerza que nos envía a la misión", fue presidida por monseñor Raúl Rossi, obispo auxiliar de Buenos Aires, que alentó a los jóvenes para que misionar no sea solamente una tarea de verano, sino que se transforme en una actitud de vida.
En el campo entrerriano
Rincón del Doll es un pueblito del campo entrerriano, ubicado en el departamento de Victoria, a 360 kilómetros de Buenos Aires, en el que habitan unas 1200 personas.
Como desde hace dos años, este verano visitó el lugar el Grupo Misionero San Francisco Javier, de la parroquia Nuestra Señora del Pilar, de Barrio Norte. El grupo está integrado por 15 jóvenes y es guiado por un sacerdote y un seminarista.
Estuvieron casi dos semanas, del 2 al 15 de enero, durante las que pasaron la noche en la escuela del pueblo.
Esos días se levantaron temprano y, a pesar de la lluvia o del sol abrasador, recorrieron a pie las dispersas casas de familia.
"Misionar es dar testimonio del amor de Dios", dijo a La Nación la coordinadora del grupo, Victoria Alonso, que tiene 22 años.
Otra de las misioneras, Ana Sosa Cabrios, de 21 años, contó que lo que busca al visitar sus hogares es "escucharlos e interesarme por lo que les pasa, para compartir lo que viven, ya sea un gran dolor o una profunda alegría. En el fondo, lo que quiero es amarlos. Es la fuerza de Dios la que me llama a acercarme a la gente y hablarle de Jesús".
Además de dialogar con los lugareños acerca de sus problemas, los misioneros visitaron a los enfermos consolándolos por sus dolores y brindándoles fuerza para seguir luchando por su salud física y espiritual. También rezaron con los pobladores, organizaron reuniones y guitarreadas, celebraron misa y llevaron los sacramentos a quienes lo pidieron.
El seminarista que acompañó al grupo, Martín Rebollo Paz, de 23 años, aseguró: "La gente necesita un oído atento a sus dificultades. Ellos lo captan, por eso nos reciben con tanto cariño y nos abren su corazón".
A pesar de ser el tercer año consecutivo de misión, algunos de los habitantes de Rincón del Doll no alcanzan a comprender el generoso y desinteresado gesto de los misioneros, a quienes les preguntan si alguien les paga por lo que hacen.
El hermano de Victoria y el más chico del grupo, Matías Alonso, que tiene 18 años, comentó que empezó a participar de esta actividad porque su hermana había ido una vez a una misión. "Cuando volvió, la vi tan feliz que me dieron ganas de ir a mí también."
Un poco después, sostuvo con firmeza: "Hacer algo por Jesús es lo que más plenitud da, lo que más feliz me hizo en mi vida".
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