
Vivir entre el barro y las cloacas
Unas 50 familias habitan en un barrio sobre aguas contaminadas
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Está muy cerca: a poco más de 20 minutos del Obelisco. En el barrio Los Piletones, en Villa Soldati, en el sur de la ciudad, desperdicios cloacales confluyen en un asentamiento que ya tiene más de dos años de vida. Allí, bolsones de basura, desechos orgánicos y altos pastizales completan un escenario escalofriante: unas 50 familias viven en medio de una suerte de lodazal con aguas contaminadas que despiden un olor nauseabundo.
A pocos metros, la población de 5000 habitantes de Villa Soldati también sufre las consecuencias del colapso de la red cloacal y la contaminación del agua potable, que, por cierto, determinó un fuerte aumento en el índice de casos de enfermedades infecciosas, tal como denunció anteayer la Defensoría del Pueblo de la Ciudad.
Ayer, muchos vecinos de la zona esperaron con entusiasmo la llegada del jefe del gobierno porteño, Jorge Telerman, quien, junto con varios de sus ministros, concurrió al lugar para buscar una inmediata solución. "Es un muy lindo reconocer el glamour que tiene Buenos Aires, Recoleta, pero también hay que mirar para este lado, donde hay lugares que fueron abandonados durante décadas. Por eso hoy vamos a poner manos a la obra para encontrar una rápida solución al problema", dijo el jefe de gobierno porteño.
-Usted participó en anteriores gestiones en la Ciudad; ¿por qué no se hizo nada al respecto?
-Lo importante ahora es mirar para adelante. Acá hubo grandes olvidos y una empresa que no invirtió como debía; esto está a la vista. Ahora vamos a trabajar en conjunto para sanear el lugar y que la gente pueda vivir con dignidad, como se merece.
Poco después de que Telerman, parado a un paso de un cúmulo de residuos de alimentos -precisamente fideos en descomposición-, reconoció la crítica situación, indicó que no era necesario declarar en emergencia sanitaria el lugar.
LA NACION recorrió el asentamiento más afectado.
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"Vengan, señores, pasen a ver lo que es esto", invita Andrea, una vecina. Chicos descalzos juegan por allí; ríe, algunos y protestan otros, en distintas casas precarias, en su mayoría construidas con madera de rotos cajones de verdura y techos de chapa. Cada una es un mundo distinto.
"Mire, yo vivo aquí desde hace dos años. El agua nos llega desde una manguera pero, como verá, está rota y por eso se mezcla con el agua sucia que hay en el lugar. Acá hay muchos chicos con brotes por enfermedades que se contagian por el agua que toman. A una chica que vive en la otra casa se le cayó el pelo por un problemita de salud", cuenta María Olmedo.
El crítico escenario permite una sola lectura: las cloacas están al aire libre y su desborde provoca que los precarios pasillos de tierra sean intransitables. Sin embargo, los niños juguetean por allí, sorteando los escollos de una piedra a la otra. "Disculpe que no pusimos la alfombra, pero no los esperábamos" bromea María.
Es cierto, por aquí se ven niños y adultos con sarpullidos en los brazos. "A mi hija la tengo que llevar al Garrahan porque está brotada, ¿ve?", dice otra mujer, mientras sostiene el brazo de Micaela, una pequeña de siete años.
La caminata continúa por recovecos sinuosos, a la vera de casas de piso barroso y con faltante de techos. "Nosotros no hervimos el agua y la tomamos así, como viene. Pero no nos queda otra, por eso pedimos que el gobierno nos ubique en un lugar mejor. Mi hija está en silla de ruedas y todos los días la cargo para pasar por el agua empantanada y llevarla a la escuela, cuenta Silvia Chaparro.
Precisamente María, su hija de diez años, accede al pedido y abre las puertas de su casa, de tres metros por cuatro, construida con cartón duro, madera y chapas. Desde el interior puede advertirse la torre del Parque de la Ciudad, y eso que la vivienda no tiene ventanas.
"Buen día señor", se escucha a cada paso. Los vecinos del lugar saludan con cordialidad a estos visitantes ocasionales. "Mire, acá estamos desde hace dos años. Yo ya soy vieja, pero acá nos prometieron muchas cosas y nunca hicieron nada. No fui a ver a Telerman porque no sé..., qué se yo..., después se van y todo sigue igual. Pero espero que esta vez sea distinto", dice Margarita Villariño, de 79 años, que espera vivir hasta los 100, como su hermana.
"Otro lugar no tenemos"
A su lado, sentado en una vieja banqueta y sostenido en un improvisado bastón, su marido, Juan Antonio González, relata las dificultades que tiene para llevar adelante una vida digna. "Acá tomamos el agua como viene y hasta ahora no me hizo nada. Es cierto que hay ratas, pero nuestra vida es así; otro lugar no tenemos y uno ya no es un pibe, ¿vio?", dice el hombre, de 71 años, de voz ronca y hablar pausado.
"Venga señor -interrumpe otra vecina-, usted sabe que mi hija sufre de asma y acá nunca viene nadie. ¿Es posible que el gobierno nos dé una solución y limpie el lugar? Acá no se puede estar. Y alquilar un pieza de tres metros por tres en el barrio sale entre 120 y 170 pesos. ¡No sabe lo que es pasar el invierno acá!", le advierte a este cronista Mónica, que ofrece ingresar en su casa para constatar la precariedad de la vivienda, sin luz y con una manguera rota como único suministro del agua potable. ¿Potable? En fin...
A la distancia se ve cómo ocho operarios del gobierno porteño cortan los pastizales y ponen en marcha la primera etapa: limpiar el lugar. De todas maneras, se supo que la estrategia de los funcionarios es levantar en lo inmediato el asentamiento para evitar riesgos de salud mayores en las familias que viven allí.
"Mire, nosotros llamamos hace años a los legisladores, muchos de los cuales hoy están en funciones, pero ninguno vino a ver el lugar. Ninguno se interesó en el tema. A nadie le importó ver cómo vivimos. Sólo cuando vienen los medios se ponen en campaña", dice Mónica Ruejas, la coordinadora barrial de Los Piletones, y quien fue ayer la interlocutora entre los vecinos y Telerman.
Pasa el tiempo y el aire viciado se vuelve irrespirable. Sin embargo, los chicos sigue allí, como si nada. "Mirá que hay ratas gigantes que te van a morder el pie", le dice un niño a uno de los operarios del gobierno, que asiente con una sonrisa.
Mientras, otros pequeños juegan cerca de un desagote cloacal, desde donde fluyen los desperdicios como si se tratase del cauce del deshielo que baja de una montaña. Pero no, es agua contaminada. El único paisaje natural en Villa Soldati es un foco infeccioso que desde hace años estuvo en el olvido. Está ahí, a metros del Parque de la Ciudad, y a poco más de minutos del Obelisco. Cuesta creer cómo vive la gente en medio de los desperdicios.
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