
Celulares que se comunican sin palabras
¿Qué sintió estos días la primera persona que prendió un encendedor en un recital cuando vio su obra convertida en una ceremonia ineludible de cualquier show multitudinario y, a la vez, en un rito que está cambiando de forma para siempre?
Me explico. El jueves pasado fui al estadio de River a ver a U2. Un recital excelente, no sólo por la banda irlandesa, sino por la fervorosa participación del público. Que es lo que hace la diferencia, claro. Sería más cómodo ver el DVD en casa, con mejor audio e imagen. Después de todo, en el estadio también hay intermediaciones, al menos para la mayoría: los músicos allá lejos en el escenario, el sonido con mayor o menor distorsión y las inevitables (pero vitales) pantallas para seguir sus movimientos.
Pero hay una diferencia: uno no estaría ahí, bailando, coreando canciones y aplaudiendo a rabiar junto a otras 70.000 personas. Y sintiendo en carne propia la entrada de lleno en el siglo XXI, tal como marcó el propio Bono el jueves antes de cantar One, cuando les pidió a los presentes que encendieran las pantallas de sus celulares y el estadio se inundó de estrellas.
Ya había notado antes el corrimiento de color en el ritual, del amarillo fluctuante al blanco azulado, de la llama a la pantalla. Pero nunca había visto tantos móviles encendidos al mismo tiempo.
Quizá salgo poco, no lo sé. Estoy seguro, sin embargo, de que es una situación que se repetirá, más ahora que confluye el crecimiento explosivo del uso de los teléfonos móviles con la baja en el número de fumadores y (en Buenos Aires, al menos) la entrada en vigor de la ley antitabaco.
De hecho, tiene la potencia de tener una masividad que el ritual del encendedor nunca logró: no todas las personas fuman, pero casi todas tienen hoy un celular, una tendencia que no parece que vaya a desaparecer en el mediano plazo, sino todo lo contrario.
Aunque un grupo de celulares es más seguro que varios encendedores prendidos entre tanta gente, a alguno podría entristecerle el alejamiento del fuego en un lugar así. Después de todo, su control es en buena medida el rasgo distintivo que nos definió como humanos. Su ausencia en los shows parecería indicar un distanciamiento de lo natural, de lo analógico, y la entrada en una sociedad más fría y artificial.
Nada más alejado. El encendedor y el celular son utensilios, pero también herramientas muy personales, que en muchos casos delatan los intereses de sus dueños, con colores, etiquetas y (en los móviles) ringtones y papeles tapiz. Que el celular sirva de vela digital es un signo de este siglo, sin duda. Pero también indica que la intención original del rito del encendedor, que es permitir al público aportar algo propio para crear una atmósfera distinta, compartida, sigue igualmente vigente.







