
El día en que el futuro empezó a cumplir años
Desde 1989, el 21 de octubre de 2015 es el aniversario más célebre de la ciencia ficción; y no necesitaba acertar para quedar en la historia
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Cuando era chico, no recuerdo si en el último año de la escuela primaria o en el primero de la secundaria, anoté en un cuaderno (¿o fue en la última página de un manual escolar?) los siguientes años y la edad que tendría en cada uno. Como ven, el futuro me subyugó desde siempre. Tal vez por lo inasible.
El caso es que consigné prolijamente cada aniversario hasta el 2000. Sólo hasta el 2000. Para entonces cumpliría 40 años, un número redondo, y en mi mente infantil eso ya era demasiado lejos. No había manera de formarse un concepto de como seríamos –el mundo y ese niño– tres décadas más adelante.
Coincidencia notable, y no será la primera, es que en noviembre de 1989, cuando el niño ya estaba cerca de los 30 y se estrenó Volver al Futuro II, la cantidad de años que Marty McFly y el Doc Brown viajan hacia adelante es de 30. Aterrizan en el porvenir, como todo geek está obligado a saber, el 21 de octubre de 2015, fecha que ha quedado como el cumpleaños del futuro.
Coincidencia no menor, aunque entiendo que muy personal, es que el 21 de octubre es también mi cumpleaños. Para alguien a quien el futuro lo obsesiona desde la infancia, no podría haber un natalicio mejor. O más adecuado.
Este año –que, tercera coincidencia, es el que se menciona en la saga más entrañable sobre el porvenir– he venido a cumplir 55 años. Otro número lindo, redondo, capicúa. Por cierto, varios amigos y lectores se ocuparon de recordarme este punto en sus mensajes de felicitación. Por Twitter, @xoulkat me hizo saber que existía todavía una cuarta coincidencia: el 21 de octubre es el cumpleaños de Carrie Fisher, la Princesa Leia de Star Wars. Cartón lleno, como quien dice, y tan sólo me estaría faltando algún 21 de octubre significativo en Star Trek.
Y así fue como, de nuevo, me puse a meditar sobre lo que vendrá.
Se ha criticado a Volver al Futuro II por no acertar en nada sobre como sería el mundo de 2015. Es un error. Se la ha también ponderado por sus aciertos. Es otro error. Una película escrita 30 años atrás estaba destinada a fallar en la mayoría de las predicciones, aunque no en todas, y en última instancia lo realmente terrible hubiera sido que adivinara con entera precisión nuestra realidad actual. Eso metería pánico.
En el film no parece haber Internet ni celulares. El único dron que se ve es uno que pasea perros. ¡Vamos, es toda una idea! Eso sí, todavía faxes y radios de dos vías; éstas siguen vigentes en muchos sectores productivos, como el de la construcción, mientras que los otros hace rato que son piezas de museo.
Las gafas inteligentes están en la película, pero sólo las calza el excéntrico Doc (diría que es otro acierto). Los autos, como en toda historia futurista, son demasiado modernos; ridículamente modernos. Peor, la película cae, otra vez, en lo que podríamos llamar la Falacia de los Coches Voladores. Aunque me temo que en este caso es menos una falacia que un guiño.
Los videojuegos son básicos, como los de los 80, sin los gráficos hiperrealistas y de altísima definición que tenemos hoy.
En 2015 el clima está, imaginan, programado; anotaré para la posteridad que, en lo hechos, el clima está hoy bastante fuera de control.
Y después está el tema de la patineta.
Es cierto, hemos llegado aquí y la dichosa patineta sin rueditas ya existe. Siempre y cuando nos mantengamos sobre una superficie de un material conductor no ferromagnético. Cobre o aluminio, por ejemplo. Así que no, no tenemos la patineta de MartyMcFly, y esto se debe a un problema que ya existía en 1985 y que todavía no hemos podido resolver: la energía. Una patineta es demasiado pequeña para albergar baterías capaces de propulsar motores que produzcan un flujo de aire lo bastante potente para hacerla flotar. La otra solución, hasta donde sé, es controlar la gravedad, que es lo que parece emplearse en la película; de otro modo, Marty andaría por ahí barriendo hojas y levantando polvo. Mucho polvo. Como saben, todavía estamos bastante lejos de controlar la gravedad. O de saber qué es exactamente.
Todo esto me llevó a pensar, como dijo alguien (creo que en Twitter), que el futuro distópico que se vislumbra en Volver al Futuro II es el que resulta más parecido a nuestro 2015. Eso duele.
En todo el debate sobre si la película acertó o no hay una confusión colosal. El futuro no funciona de la misma manera en el cine que en la realidad. O, para decirlo mejor, cuando el futuro llega ya es presente. Si en 1985 hubieran mostrado las cosas como realmente son ahora, en 2015, habrían ocurrido al menos dos cosas. Primera, el clima de comedia de Volver al Futuro II habría terminado arruinado. Segunda, casi nadie habría notado la diferencia con 1985 (o con 1989). No hay cambios sustanciales ni en los autos, los edificios, la ropa; es decir, en lo que se ve. Ese es el desafío que enfrenta el director de cine. Su futuro tiene que verse como futuro. Y, como dije, el futuro, cuando llega ya se ha vuelto presente, cotidiano.
Me pregunté también de qué depende el futuro. Porque hay allí una confusión más, y muy difundida. ¿Son los escritores de ciencia ficción los que guían el cambio en una u otra dirección? ¿O son los innovadores tecnológicos? Pensarán, claro, en Arthur Clarke, que en 1945 propuso la idea de una red de telecomunicaciones satelital. O en Apple o Google. Pero en realidad el futuro se crea en los laboratorios de investigación, especialmente en los que hacen ciencias básicas. Son esas ideas las que luego, llevadas a la práctica, nos dan los refulgentes LED que hoy abundan y que, sin embargo, no aparecen en Volver a Futuro II. Serán esas investigaciones sobre las que se difunde tan poco, esas que miran dentro de la mente de la naturaleza, las que ven no sólo lo invisible sino, como Einstein en 1905, lo inconcebible, esas son las que un día nos permitirán saber qué es la gravedad o producir energía infinita a costos irrisorios y, entonces, por fin, tendremos la patineta flotadora de Marty McFly.
Más aún, y aunque en la película esto parezca pan comido, aunque se lo de por sentado, aunque sea una de esas licencias poéticas que abundan en la ciencia ficción, como la velocidad Warp o los sables láser, el viaje en el tiempo es no sólo un sueño lejano, sino que es un sueño que se encuentra íntimamente entretejido con la trama última del universo.





