Experimentos en la Garganta del Diablo
Varias cosas. Primero, como correctamente señalaron algunos lectores, el microprocesador de la primera PC, el 8088, era de 16 bits, como su hermano mayor, el 8086, pero se le había reducido su pista de datos a 8 bits. Esto, para aprovechar la oferta que ya existía de hardware de ese tipo. Corrijo con esto el pequeño desliz de memoria que cometí en el video del modelo 5155 ( www.lanacion.com.ar/1397188-asi-eran-las-computadoras-en-1984 ).

Segundo, a causa del aniversario de la PC no tuve tiempo de agradecer la cantidad de recuerdos que compartieron aquí, en los comentarios, en ocasión de la columna sobre los cinco hitos que marcaron tu vida tecno. ¡Imperdibles! Estoy pensando alguna forma de convertirlos en una nota. De momento, pueden leerlos aquí: www.lanacion.com.ar/1395004-los-momentos-que-marcaron-tu-vida-tecno
Tercero, la semana última, aunque grabé el video y escribí la columna sobre el aniversario de la PC, se suponía que estaba de vacaciones. Es que era la única libre antes de que empezaran las clases, y caía justo cuando la IBM/PC cumplía 30 años. Nada, cosas del azar, con el que suelo llevarme bien, por así decir. No es ironía. Enseguida verán por qué lo digo.
Logré, no obstante, apropiarme de tres días para visitar las cataratas del Iguazú, no sólo con la pretensión de descansar, cosa que por supuesto no hice, sino también de alejarme de la tecnología, lo que, vaya novedad, tampoco hice.
No, nunca había visitado esta maravilla de la naturaleza, y el espectáculo me dejó sin habla, literalmente. Uno va dispuesto a que las Cataratas lo asombren, pero créame que no hay nada que lo prepare para semejante inmensidad. No incurriré en descripciones. Hay lugares donde el lenguaje no llega, y las Cataratas es uno de esos lugares. En un momento, mirando sobre la baranda hacia el abismo de la Garganta del Diablo, pensaba: "Esa caída de agua es veinte metros más alta que el Obelisco". Soy consciente de que este número, con todo y su contundencia, no reemplaza la experiencia de asomarse a despeñadero rugiente y todopoderoso.
(En rigor, la caída es 12,5 metros más alta que el obelisco de Buenos Aires. Las nubes de spray pueden elevarse a 150 metros, esto es más del doble de la altura del característico monumento porteño.)
Luna al azar
Eso sí, en Misiones es como si no hubiera invierno y uno no puede, ingenua, inocentemente, sostener la pretensión de descansar cuando hay tanto por recorrer a pie y acalorado. Por lo tanto, y como adelanté, caminé hasta que mis gemelos parecían quintillizos y los chubascos de los saltos eran bienvenidos para refrescar el cuerpo. No fueron jornadas de relax, precisamente. Pero ya descansaré alguno de estos días. Las cataratas del Iguazú valen todo ese esfuerzo y más.
Como dije, el viaje no fue planificado con previsión o alevosía. Lo encajamos como pudimos en dos agendas que parecen un cuadro de Kandinsky. Pero el azar nos ayudó. ¿Por qué? Porque esa semana hubo luna llena, así que pudimos visitar la Garganta del Diablo también por la noche. Otra experiencia increíble, onírica, inconmensurable y deslumbrante en la penumbra.
Lástima los que nunca leyeron el manual de sus cámaras de fotos.
Un flash
En la previa, los guías insistieron un número de veces (como veinte) en desactivar el flash. No porque a las Cataratas les moleste ni para evitar perturbar el sueño de los animales, sino porque lleva bastante tiempo acostumbrar la vista a la noche, y un solo lamparazo alcanza para reiniciar las retinas. Bueno, ¿adivine qué? Flashazos por todos lados.
Además, claro está, iluminar la Garganta del Diablo con un flash resultaba de una nulidad patética. Veía cómo ese pozo de 80 metros de espuma, spray y millones de toneladas de agua se tragaba la luz y no sabía si reírme u ofrecer in situ un curso veloz sobre fotografía nocturna. No hice ninguna de las dos cosas, desde luego. La primera habría sido ofensiva. La segunda no estaba incluida en el abono.
Pero aprovecharé este momento, porque éramos como 50 personas ahí (si no más; las dimensiones del lugar hacen bastante complicado cualquier cálculo, y más de noche) y no recuerdo haber visto a nadie que lograra tomas decentes. Los más, respetuosos de la oscuridad y las retinas ajenas, consiguieron unos manchones surrealistas; los de los flashes obtuvieron unas bonitas barandas sobreexpuestas en primer plano sobre un fondo #000000 ( www.color-hex.com/color/0000ff ). O sea, negro puro.
¿Aceptaría una sugerencia?
Hay una sola forma de obtener imágenes en esas condiciones, y no es difícil. Pero para eso hace falta saber cómo funciona una cámara, cualquiera, no importa si es de rollo o digital. Por desgracia, los dispositivos súper automatizados de hoy ocultan muchos detalles, lo que no está mal en la mayoría de los casos. Pero la Garganta del Diablo a la luz de la luna noqueó esa noche a todos los microprocesadores y algoritmos que intentaban someterla.
Es una pena que cuando las cámaras detectan condiciones extremas no sean capaces de decirle al usuario: "Mire, la verdad es que esto se va de escala. ¿Qué tal si apoya la cámara en un lugar firme (pruebe la baranda esa que ya retrató nueve veces), baja la velocidad de obturación hasta uno o dos segundos y abre el diafragma? Puedo hacer esto por usted, si quiere, excepto el temita de la baranda".
Bueno, ya llegará, tómeme la palabra.
Las fotos se hacen con luz. No importa para nada la emoción que usted siente cuando ve ese portento inefable de las Cataratas (o cualquier otro). Para el rollo de película, que ya casi no se usa, pero que en Iguazú todavía se puede comprar, y para el sensor de la cámara digital sólo vale cuánta luz reciben.
La cantidad de energía que incide sobre la película o sobre el sensor electrónico depende de dos factores: durante cuánto tiempo se mantenga abierto el ojo de la cámara, y cuán amplia sea la pupila del objetivo en ese momento. Más apertura, más luz. Más tiempo de exposición, más luz.
Ambos valores se controlan por medio de la velocidad del obturador y la apertura del diafragma, tanto en las cámaras analógicas como en las digitales. Dejando de lado cómo afecta la apertura del diafragma sobre la imagen (más sobre esto enseguida), uno se acostumbra a poner la camarita en Auto y nunca sale de allí. ¿Por qué? Porque en general hay luz de sobra y eso significa que la velocidad de obturación será tan rápida –en el orden de las centésimas o milésimas de segundo– que jamás obtendremos una foto movida.
De noche o en interiores, el equipo saca su as de la manga y dispara el flash. Hasta una distancia de tres metros, esto funciona. No salen lindas fotos, pero sirven, al menos, como recuerdo.
Cuando salimos de estas situaciones usuales, para obtener imágenes no ya pasables, sino para que las fotografías salgan hay que echar mano del modo Manual de la cámara. De hecho, es perfectamente posible hacer tomas en una oscuridad casi completa, si se le da tiempo suficiente al sensor o a la película de sumar fotones. Eso sí, tiene que estar completamente quieta.
Cuando usamos película la sensibilidad es un valor fijo (por ejemplo, 100, 200, y así). Cuanto más sensible, menos luz se necesita para obtener una imagen equivalente. Se puede forzar esto en el laboratorio, pero no es lo que solemos hacer con las fotos domésticas, y menos a color.
Con las cámaras digitales la sensibilidad se puede modificar dentro de ciertos límites; por ejemplo, entre 80 y 1600.
Dadme un punto de apoyo
En fin, ¿cómo saqué las fotos nocturnas de la Garganta del Diablo que se ven en esta columna? Puse la cámara, una Canon PowerShot SX210 IS, en modo Manual y aumenté la sensibilidad a 1600. Luego apoyé el dispositivo sobre la baranda y apunté a las Cataratas. Al principio la pantalla no mostraba nada. Abrí el diafragma al máximo y apareció algo. Empecé a aumentar el tiempo de exposición. Después de dos o tres pruebas tenía la velocidad de obturación correcta, algo así como dos segundos.
Idealmente, debería haber cerrado todo lo posible el diafragma, para obtener la mayor profundidad de campo, pero eso llevaba a tiempos de exposición para los que ni el mejor pulso alcanzaba. Además, dadas las distancias, la profundidad de campo no era vital. Enfoqué en infinito y dejé el obturador en 3.1, el máximo de que es capaz esta cámara.
El resto fue, de regreso en Buenos Aires, corregir un poco los niveles con un editor de imágenes. (Antes de que me lo pregunten, no habría servido el control de niveles de Photoshop o GIMP con una imagen muy pobremente expuesta. El software puede corregir la foto siempre y cuando haya algo de información. Si no, no hará milagros.)
Dado que no contábamos con la excursión nocturna, no habíamos llevado trípode. Con uno de estos accesorios podrían haberse hecho imágenes realmente extraordinarias. Será la próxima. Esta vez le dediqué cinco minutos a las tomas y más de media hora a disfrutar de la vivencia. Como debe ser.
Sé que no voy a ganar ningún concurso con las tomas que acompañan esta nota, pero demuestran lo que puede hacerse invirtiendo un rato en aprender a usar los controles manuales. Estas fotos, pese a su sencillez, capturan el panorama espectral de las Cataratas iluminadas por la luna, con su imperturbable caída borroneada por su propio movimiento.
Como pueden ver, me da trabajo mantenerme lejos de la tecnología. Lo digo, además, porque en Iguazú me enteré de que las Cataratas están compitiendo en la selección de las Nuevas 7 Maravillas de la Naturaleza. No conozco en persona la mayoría de las otras, pero sin duda el portento misionero merece estar entre las 7 ganadoras.
A tono con los tiempos, la elección es online. El sitio para votar por las Cataratas (y otros seis candidatos) es: www.new7wonders.com/vote-es?lang=es






