
Hemingway Crónicas de una vida agitada
La obra del escritor norteamericano da cuenta de sus correrías por tres continentes. A cien años de su nacimiento, en la Web se rinde tributo a su espíritu aventurero
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La obra clásica es un libro que todo el mundo admira, pero que nadie lee
Con rostro barbiblanco y fama de aventurero y donjuán, su nombre quedó escrito en la lista de clásicos de las letras legados por el siglo que se va. Ernest Hemingway, en vida y después de su muerte en 1961, dio lugar a las más ríspidas controversias y las más incondicionales admiraciones. Entre sus lectores y entre aquellos que nunca lo fueron, puesto que el mismo autor se empeñó en desdibujar los límites que separaban su obra de su existencia real, su oficio de escritor solitario de la vida social en la que jugaba a construirse como una celebridad, el y Papa Hemingway que adoptarían los cubanos del viejo del mar que terminaría derrumbado por el alcohol.
Para los primeros, su estilo escueto y conciso, mordaz y profundamente poderoso, despojado de rebusques lingüísticos y alejado de la retórica vacía, con frases cortas y descripciones a trazos -resabios del ejercicio periodístico que ocupó a Hemingway en sus años de juventud-, resulta una suerte de compendio de normas del buen escribir moderno. "La dignidad del movimiento de un témpano se debe a que sólo una octava parte de él aparece en la superficie", enuncia el autor. Esta teoría del iceberg es la que querrá reflejar en su prosa.
Los otros, los que lo conocieron sólo a través del mito prolijamente construido por él y su tiempo, prefieren recordarlo por sus historias de trotamundos, su rostro de cualidades casi cinematográficas y su justificada fama de pendenciero, mujeriego y visitante crónico de bares y tabernas. O incluso por los tragos de ron creados a su pedido, famosos en Cuba, o los múltiples restaurantes del mundo en los que el escritor ha despuntado su sibarítica afición a la comida.
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Todos los buenos libros tienen en común que son más verdaderos que si hubieran sucedido realmente Si algún ingrediente condimentó la vida de Hemingway, éste fue la aventura. Sus relatos rebosan de la vitalidad del que, sin importar la cuota de ficción que agregue luego, ha vivido en carne propia la hazaña que cuenta. Sus buenos libros, por eso, exudan veracidad. Porque sucedieron. Aun a riesgo de contradecir así la máxima del autor.
Alimento para su ficción, las prácticas deportivas más rudas y las grandes guerras del siglo XX tuvieron al viejo Ernest como protagonista. La disciplina victoriana que marcó su educación en Oak Park (Illinois) cedió ante la fascinación adrenalínica que generaban las corridas de toros de Pamplona, el boxeo en improvisados cuadriláteros, la cacería de grandes animales en Africa, la pesca de mar profundo y los viajes sin itinerario fijo por islas de tres continentes.
La Primera Guerra Mundial le depararía un buen cúmulo de emociones a un Hemingway de 18 años. Se llevó marcadas a fuego las imágenes del horror de los combates y una colección de heridas sufridas en el frente ítalo-austríaco. Pero la guerra también le acercaría a Agnes, la enfermera norteamericana que se convertiría en la primera de sus cuatro mujeres, y le dejaría rondando impresiones suficientes como para dar forma a su primer libro.
Los años 20 lo encontraron en una París que era una fiesta. Allí, en un período de experimentación pura, conoció a otros autores bohemios de la generación perdida, como F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein o Ezra Pound, que dejarían vestigios de sus estilos personales en páginas hemingwanianas de años después. La novela Fiesta (1929) confirmará su lugar entre los hombres de letras de entonces.
Después, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial quedaron registradas por su pluma y validaron el título tácito de novelista bélico del siglo, incluso cuando muchos críticos auguraban que el tiempo de Hemingway había concluido. El les respondería más tarde con El viejo y el mar , la historia de un pescador cubano que le valdría un Pulitzer y le abriría el camino al premio Nobel, recibido en 1954.
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El mundo mata a quienes no se doblegan. Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo Años oscuros los de Hemingway después del Nobel. Los estados depresivos severos, sus prolongadas enfermedades y las bebidas espirituosas en dosis excesivas hicieron mella en su arte, y para el aventurero resultó devastadora la evidencia de que ya no podía escribir como antes. Sabía, también, que si no había camino de retorno para su obra, tampoco lo había para su vida. Su ajetreado viaje de aventuras tendría a Idaho por destino final, en 1961. Por propia voluntad acortó el tiempo que lo separaba de la muerte. Era preferible, antes que doblegarse. Así como la vida de Hemingway formó parte de su obra, sus libros construyen hoy la forma de vida eterna que quiso para sí aquel norteamericano salvaje.






