
La amistad ya no es lo que era y otras fábulas modernas
Las redes sociales me han enseñado quiénes son mis verdaderos amigos. Son, por ejemplo, los que jamás se acuerdan de mi cumpleaños. "¿Cómo? ¿Ya es octubre?", me responden, cuando reciben la invitación para el obligado festín, obligación que, como todos saben, la vida a veces se encarga de cancelar. Y no hablo de la lluvia. En tales ocasiones, pasada la fecha, cuando me cruzo con algunos, me miran extrañados y me dicen: "¿Por estos días no era tu cumpleaños?" Puesto que mi optimismo es irremediable, respondo: "Oh, no. ¡Falta como un año!"
No digo que sea feo recibir saludos en Facebook, lejos de eso. Pero todos sabemos que no son de los más espontáneos. ¿Cómo puede una persona a la que nunca vi en mi vida acordarse de mi cumpleaños mejor que mis amigos reales? ¿Tal vez porque Facebook te avisa?
Mis amigos tampoco me dan likes. O sí, lo hacen a veces. Pero con mayor frecuencia me ofrecen un abrazo o, al revés, me dicen que lo que acabo de proferir es una burrada histórica. A todos nos gustan los likes, obvio, pero mis amigos verdaderos son los que, cuando me voy a lanzar a una aventura riesgosa, me dicen: "Vos contá conmigo, no importa lo que pase". O los que tienen el coraje de censurar mi proceder. "Estuviste mal", me reprenden. Y sí, estuve mal.
Pero aún en esos casos, cuando me mando alguna de las mías, mis amigos no me bloquean, ni me borran, ni me dejan de seguir, ni me reportan, ni filtran mis mensajes. Mucho menos me descalifican o insultan. Habrán visto que me peleo poco y nada en las redes sociales. Y eso es por un motivo: si alguien te descalifica no está hablando con vos. Está hablando consigo. Y tiene problemitas.
Otra cosa. Mis amigos me saludan siempre en los pasillos y por la calle. Incluso en el supermercado o en la playa, si llegamos a encontrarnos en tales lugares, y aún en otros más inusuales. Aunque no los siga en Twitter ni seamos de la partida de Facebook, me saludan igual. Esto es muy loco, me saludan en cualquier parte, al revés que muchas personas que te piden amistad en Facebook y después, en el ascensor, te ignoran. Les habrá pasado. Te empiezan a seguir en Twitter, pero en la oficina te pasan al lado como si fueras el matafuegos.
Otra cosa rara que hacen mis amigos es ocupar espacio. No sé qué es exactamente lo que esto pueda significar, porque he tenido amigos entrañables con los que mantenía una relación signada por la distancia y la virtualidad. Y con más de un amigo nos hemos dejado de ver por años, para luego reencontrarnos como si no hubiera transcurrido ni un día. Creo que a todos les ha pasado algo así. Pero, ¿cómo te reencontrás con alguien con quien nunca te encontraste antes? Lo tengo que pensar.
Quiero dedicarle unos minutos también a los grupos de amigos. En todos ellos, de vez en cuando, se cuerea a alguien, como decimos en la Argentina para referirnos a las consideraciones impiadosas vertidas sobre una persona ausente. Bueno, en WhatsApp no se cuerea. Se desuella.
En todo grupo hay a veces diferencias y alguna que otra rencilla. Por comparación, los de WhatsApp se parecen a El Padrino, pero sin las partes tiernas.
Además, estos grupos parecen ser muy adictivos, al punto que muchas personas son excluidas por sus amigos reales por pasarse todo el tiempo mensajeando en WhatsApp. Y cuando digo exclusión me refiero a algo mucho más suave que al ostracismo digital de las redes sociales.
Empero
Dicho todo lo anterior, sin embargo, no termino de entender por qué se hace tanto alboroto con eso de que los amigos de Facebook no son como los amigos reales. Si fueran como los reales no haría falta Facebook. O Twitter. O Skype. O Snapchat. O WhatsApp. Creo haberlo dicho varias veces, pero ahí va de nuevo: en tiempo de cambios paradigmáticos el fundamentalismo es una de las peores estrategias posibles.
Sí, los amigos reales son los que constituyen esa trama social sin la que buena parte de nuestra identidad humana se nubla. ¿Pero qué hay de tan malo en la, llamémosla así, Amistad 2.0? OK, cierto, no se acordó de mi cumpleaños, sino que le apareció un aviso. Pero podría haber optado por no saludarme. Optó, en cambio, por lo opuesto. Optó por saludarme. No está tan mal, la verdad.
Es un hecho que no me he encontrado cara a cara con la mayoría de las personas con las que me comunico por Internet, ¡pero esa es precisamente la función de Internet! Es también un hecho que sería un poco complicado reunir 3000 o 4000 amigos en tu casa, por pródiga que sea en espacio y prestaciones.
Estamos llegando a verdaderos abismos de sinsentido en esto de criticar las nuevas tecnologías. Para el caso, el libro debería censurarse porque, al revés de lo que ocurría cuando nos contábamos historias alrededor del fuego 200.000 años atrás, ahora hay un artefacto de papel y cartón que funciona como intermediario y deshumaniza la relación narrador/audiencia. Por favor.
Como dije, a todos nos gustan los likes. Si alguien comparte un comentario, una foto o un link en Facebook, Instagram o Twitter y detesta que le den likes, entonces debería hablarlo con sus analista. Cuanto antes.
Me dirán (sí, me han dicho esto) que el like es "una forma rápida de hacer algo que en el mundo real requiere de un apretón de manos, un abrazo o un aplauso". Sí, es exactamente así, y no sé qué tiene de malo. Tengo en Instagram una amiga 2.0. Es tailandesa. Pregunto: ¿qué es más razonable? ¿Que les ponga Me gusta a sus fotos o que me tome un avión y me vaya hasta allá –cada vez– para felicitarla en persona?
Y en cuanto a los que no te saludan en el mundo real, ¿por qué pensar mal? Sí, hay algunos que son sólo maleducados. De los que tampoco te dan las gracias cuando les mantenés abierta la puerta y cosas así. Pero creo que la mayoría son simplemente muy tímidos y por eso les resulta más llevadera la amistad virtual. ¿O acaso una persona tímida tiene que estar condenada al aislamiento? Bueno, sí, hasta hace poco era así. Las redes sociales han contribuido a reducir esa soledad.
Es raro. Se ve que queda bien criticar estas nuevas relaciones o algo así. De otro modo no me explico qué tiene de malo leer a un amigo que vive en Miami y matarme de risa con su barruntar, o qué puede tener de pernicioso o de inhumano el darle like a esos párrafos.
En un punto hay rechazo porque es nuevo y ya. Hablás de redes sociales y en algún momento aparecen, se los apuesto, las palabras "tradicional", "valores", "mundo real", "verdadera amistad" y otras por el estilo. Lo curioso es que nadie, salvo que sufra algún trastorno psíquico muy severo, ignora la diferencia entre sus amigos reales y los virtuales. Por "trastorno psíquico muy severo" me refiero a la clase de sujeto que le pone sobrenombres a sus pendrives.
Entonces, ¿por qué pontificar sobre la verdadera amistad? ¿Existe la sospecha de que Facebook ha de terminar con los valores de la amistad tradicional y verdadera? ¿En serio? Los que creen eso no entendieron nada desde más o menos el año 44 antes de Cristo, cuando Cicerón escribió De Amicitia. Lo malo de no entender nada es que aparta la mirada de los verdaderos riesgos de la virtualidad: la explotación comercial de nuestra privacidad, el acoso, las leyes que intentan restringir la libertad de expresión, y otras de esta clase.
Esta especie ha llegado bastante lejos, hay que reconocerle eso. Somos jóvenes todavía y los desafíos por delante son inmensos. Ya estuvimos próximos a destruirnos hace relativamente poco. Podría ocurrir de nuevo. Vivimos aún rodeados de horrores, intolerancia y violencia. Pero no puede decirse que no hayamos llegado bastante lejos desde que iniciamos nuestra larga marcha en el Este de África, y eso que nadie nos dijo cómo hacer las cosas. Pienso que si llegamos hasta aquí es porque tendemos a romper con el pasado y porque hemos ido adquiriendo niveles cada vez más altos de abstracción. Osea, no es que la amistad ya no es lo que era, como me ha dicho alguien hace poco. Es que hemos creado una nueva forma de relacionarnos, inaudita en muchos aspectos. Lo que, en otra vuelta de tuerca de la civilización, confirma lo único que importa. Que somos humanos. Que no tenemos un guión. Que lo vamos escribiendo.
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