La austeridad en la batalla contra el cambio climático

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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8 de febrero de 2020  • 07:00

Estos días se cumplieron siete años de un hecho aparentemente insignificante, pero que me servirá para echar luz sobre un punto del que hablamos poco, y, cuando lo hacemos, el tema se diluye en solventes ideológicos de muy diversa composición. Hace más de siete años que uso el mismo reloj. Eso es bastante, en esta sociedad habituada a descartar lo que todavía sirve. Pero además mi reloj es un Seiko de la línea Kinetic que utiliza un balancín para cargar su batería de iones de litio. Es decir, aprovecha el movimiento para producir energía. En el respaldo, que es transparente, se ve el balancín, y es un alivio para los que tenemos consciencia ambiental. Uno de nuestros mandamientos es evitar el despilfarro, y sobre todo el de la energía. Ya saben, hay una ley universal acerca de eso.

Dos hechos hasta aquí. Primero, este reloj es mucho más sustentable que los que usan una batería convencional; no tanto como el reloj de mi abuelo, al que había que darle cuerda (eso sí que era eco friendly), pero el caso es que durante más de 2500 días he prescindido de consumir baterías descartables. Tampoco perdí tiempo en ir hasta los locales donde les cambian las pilas, y, lo más importante, no consumí energía (combustible, básicamente) yendo y viniendo de esos servicios.

Siete años después, la batería todavía goza (cruzo los dedos) de buena salud. Para saber eso, se aprieta un botón ad hoc, y si el segundero recorre 60 segundos, significa que le quedan seis meses de autonomía (el máximo posible), incluso cuando el reloj permanezca quieto. Cuando sus baterías se agoten -y eso es inexorable, porque ninguna es eterna-, averiguaré si es posible reemplazarlas o compraré otro reloj sustentable.

OK, aplausos, ¿pero adónde voy con esta nimiedad?

A la austeridad. Por si el Amazonas no fue lo bastante elocuente, supongo que lo de Australia (¿o ya nos olvidamos de Australia?) debería habernos convencido de que la crisis climática es terminal. No tenemos un resfrío. Esto no se arregla con vitamina C y reposo.

Es el trago amargo que nadie quiere afrontar. Además de todo lo otro que hemos estado haciendo mal, creamos una cultura de consumo que es incompatible con la crisis ambiental. Nos hemos convencido de que es necesario tener un montón de cosas que son por completo innecesarias. Esto no sería malo por sí, excepto porque a la larga se traduce en una mayor producción de gases de efecto invernadero (GEI) y en una demencial cantidad de desperdicios arrojados pudorosamente donde no los vemos (pero donde siguen causando daño).

Aunque la economía circular está muy bien, no es suficiente, como se pretende, para resolver el desastre medioambiental. Lo dice alguien que recicla todo y que defiende la economía circular a capa y espada, al punto que me arrepiento de no haber instalado un sistema de recolección de agua de lluvia y la de los aires acondicionados. Pero no alcanza. Y creo que es más o menos claro que sin un medio ambiente no vamos a poder seguir consumiendo como locos. De hecho no vamos a poder existir. No, Marte no es la salida, por mucho vapor que haya en torno a esa posible salvación. E incluso si lo fuera, ¿de verdad tiene sentido destruir un planeta habitable? Magnífico legado, si llegamos a eso.

Aparte de lo que podamos hacer como individuos (reciclar, no derrochar agua, gas, electricidad) el problema de fondo está en manos de los Estados, y algunos de los que más contaminan se han mostrado de lo más irresponsables. Hay dos argumentos en general, para que una nación adopte esta política. Una, el negacionismo. O sea, sostienen que el calentamiento global es un ciclo natural del planeta. Genial. Y ahí vamos nosotros y lo aceleramos de todos los modos posibles. Aplausos de pie.

El otro argumento es que la población necesita trabajar, que esa es la prioridad. Otro excelente razonamiento. Cuando el ecosistema terrestre ya no sea apto para la vida de la población vamos a ver qué dicen. Además, es un sofisma. Trabajar y producir bienes y servicios no tiene por qué ser sinónimo de contaminar. De hecho, el problema ni siquiera es contaminar. El problema es contaminar más allá de lo que el clima actual de la Tierra puede tolerar.

Ser o tener

No tengo claro por qué, pero la austeridad es una de mis obsesiones. No compro algo si no lo necesito. No reemplazo un equipo si no es económicamente más rentable que reparar el anterior. Se puede ser igual de feliz en la austeridad, si no acaso más. Supongo que es en parte generacional y en parte formativo. En mi casa nunca sobró el dinero, y mi madre nos inculcó una cultura muy sabia respecto de los bienes. Por ejemplo, como mamá sospechaba que las gaseosas azucaradas no podían ser buenas para nuestra salud, un día nos propuso que si tomábamos agua o soda, nos daría el dinero que de otro modo gastaría en gaseosas. No solo fue un gran arreglo, sino que aprendimos que era gracias a un sacrificio (para un chico de 7 años lo es) que se obtenía el dinero. Fue una lección clave que no podría haberse transmitido con sermones.

El problema es cómo se adapta una economía global habituada a los actuales niveles de consumo a un modelo más frugal. Los obstáculos son numerosos. Por ejemplo, ciertos componentes (los de este reloj o los de tu smartphone, sin ir más lejos) solo pueden ser producidos en escala. En grandes cantidades. De otro modo sus precios serían exorbitantes.

Pero también es cierto que una parte de la población humana nunca accede a esos bienes. De hecho, y aunque esto suene disparatado en pleno siglo XXI, una parte sustancial de la humanidad pasa hambre (790 millones) y no accede al agua potable (663 millones); otro tanto ocurre con las vacunas y los servicios médicos esenciales. Para completar el cuadro, un tercio de la comida que producimos va a parar a la basura. Iniciativas como la de Nilus son notables y loables, en este sentido; en su momento, hicieron la prueba piloto con el Banco de Alimentos de Rosario, una ONG que no depende de ningún gobierno. Cero Estado. En fin, vuelvo a mi punto.

El eje del debate sobre cómo podríamos evitar destruir nuestro ecosistema apunta a reducir los GEI, emplear energías renovables, no derrochar agua y usar el plástico de forma responsable, entre muchas otras cosas. Además, y como siempre, insisto en algo esencial: la investigación básica. De ahí van a salir muchas de las soluciones; si no logramos resolver este dilema con nuestra inteligencia y nuestra curiosidad, nos quedamos sin cartas.

Todo lo anterior está muy bien. Pero no queremos admitir que quizá nos estamos dando ciertos lujos que no están a la altura de la crisis climática. Un ejemplo vistoso: son una belleza los grandes edificios de las megalópolis iluminados de noche. Pero son un derroche salvaje e innecesario. Cierto, promueven el turismo, que es una fuente de divisas esencial y legítima para muchas naciones. Ahora, los turistas duermen. Y lo escaso vale más. ¿No sería prudente que a la 1 de la mañana esas luces se apaguen? ¿Que se apague al menos el 50% del total? Son, literalmente, cientos de millones de luminarias. Aunque fueran todas LED (y no lo son), de todos modos es un derroche de energía demencial.

De hecho, donde uno mire ve despilfarro y descarte. No tengo toda la respuesta, pero tengo una pregunta: ¿alguien ha visto a la naturaleza gastar recursos y energía en algo que no necesita?

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