
La biografía que Steve Jobs se merecía
Como dije cuando presenté la biografía de Steve Jobs aquí en Buenos Aires, junto con Charly Alberti, ni este ni ningún otro libro podrán revelar del todo el misterio del cofundador de Apple. Sin embargo, la obra de Walter Isaacson es la clase de retrato que Jobs se merecía.
Aunque, inevitablemente, hay una tendencia a mostrar el mejor perfil de este hombre y, en cierta forma, justificar sus bordes más filosos, Isaacson fue capaz de escapar a la irresistible seducción de Jobs para exponer los numerosos dobleces de una personalidad extraordinaria.
Debo confesar que no me lo esperaba. La imaginé más cerca de la apoteosis o, en todo caso, menos descarnada. Pero no fue así. Los aspectos geniales de Jobs están a la par, incluso entretejidos, con su lado más brutal. Sus visiones, que en la mayoría de los casos se mostraron certeras, no ocultan sus errores garrafales. Su obsesión por los objetos perfectos no eclipsa, en la obra, su facilidad para mentir sin escrúpulos. Esta consistente silueta de más de 700 páginas no omite las numerosas contradicciones de Jobs, todo lo contrario. El hombre brilló y, por lo tanto, proyectó sombra. No ha sido diferente con otras grandes figuras de las ciencias y las artes.
La biografía de Isaacson pinta, pues, a un hombre, no a un héroe ni un ícono religioso. Es, sin la menor duda, un gran trabajo documental, pero es asimismo una obra indispensable para comprender buena parte del mundo en el que vivimos.
Tierra fértil
Desde la prematura muerte de Jobs se han dicho sobre él muchas cosas. En general, se intentó clasificarlo. Que genio, que visionario, que mago; también se lo tildó de farsante y de adueñarse de ideas ajenas. Algunas categorías son demasiado vagas (como la de genio), aunque el sayo le queda como pintado. Visionario, sí, claro, vaya novedad. Llamarlo mago ya es quedarse sin adjetivos. Farsante podía serlo, Jobs, cuando le convenía, lo mismo que manipulador. Pero hasta donde sé, nunca se adueñó de ideas de otros. Las pagó, a veces de su propio bolsillo.
Pero hay algo más importante, que en general se pierde de vista con personas que, como Jobs, cambian paradigmas. Aunque era propietario de un número de patentes, la verdad es que las grandes ideas no se le ocurrieron a él. Sin embargo, decir que se las adueñó es un doble embuste. Primero porque, como dije, las pagó. Segundo, porque sin él muchas de esas ideas se habrían vuelto obsoletas sin llegar a ver la luz. La breve lista a continuación no hace sino confirmar que las ideas son como las semillas. Necesitan un terreno fértil para germinar, crecer, florecer y fructificar.
La interfaz gráfica de usuario languidecía en un almácigo escondido del Xerox PARC. El ratón resultaba cómico. Nadie creía en él. Jobs, sí. Y aunque la primera Mac era una mala máquina, lenta y cara, cambió la informática para siempre.
LucasFilms quería deshacerse de su división de animación, que habría de transformarse en Pixar en manos de Jobs. Pagó por ella 5 millones de dólares e hizo un aporte de capital de otros 5 millones. Veinte años después se la vendió a Disney por 7400 millones de dólares y, lo que es más, en esos veinte años la compañía creó películas estupendas, como Toy Story, Bugs, Buscando a Nemo y Los Increíbles. A propósito, hoy tenemos animación computada hasta en los avisos de detergente.
Gran parte de la industria del entretenimiento había ensayado la venta de música por Internet sin éxito, hasta que salió el iTunes Store. Se esperaba que la tienda vendiera 1 millón de canciones durante los primeros seis meses. Vendió 1 millón en los primeros seis días.
La genialidad de Jobs no estuvo en inventar ciertas tecnologías, sino en permitir que ciertas tecnologías se desarrollasen. Gran parte de los productos que hoy hacen de Apple una de las compañías más poderosas del mundo habrían sido cancelados en otros ecosistemas corporativos.
En mi opinión, y la biografía de Isaacson me lo confirmó, Jobs fue un hombre de un enorme coraje, una porción no menor de locura para embarcarse en proyectos aparentemente imposibles (imponer un teléfono celular, por ejemplo), un ego gigantesco y una voluntad de poder exacerbada, que sólo competía con su obsesiva atención por los detalles y por el control.
Lo bastante rigurosa y documentada para resultar verosímil, con algunos olvidos olvidables, sin los errores técnicos que podrían aguardarse, tratándose de asuntos tan abstrusos, esta biografía de Steve Jobs es, antes que nada, justa. Tratándose de un hombre que cambió muchas de las cosas que hacemos a diario, que se empeñaba en reescribir la realidad a su criterio, que veía a sus colegas y empleados en blanco y negro, discrecional, apasionado como pocos e irrespetuoso y desobediente como ninguno, el haber logrado un retrato justo es una verdadera proeza.
Digo todo esto, además, sin haber estado nunca de acuerdo con Jobs en su hermetismo –y el de Apple– frente a la prensa, su adhesión por los sistemas cerrados y su irracional costumbre de alterar la realidad para ajustarla a sus deseos. Los dos primeros asuntos podrían debatirse durante semanas, pero la negación de la realidad que en ocasiones inundaba la mente de Jobs, a la larga, según explica Isaacson, le costaría una muerte temprana. Pero, y él lo sabía de sobra, el alma es el destino.
Una mente brillante, una vida intensa
Hubiera deseado, en el libro de Editorial Debate (Random House), una traducción en español neutro. La visión maniquea de Jobs le hacía ver a todos en dos categorías: héroes (eso lo entiendo) y capullos (y ahí se pierde la magia de un texto que, por otro lado, es tan cautivante como una novela). Daré sólo este ejemplo, que se repite incesantemente en la obra, aunque hay muchos más.
También me hubieran gustado más fotografías. Isaacson dice en el texto, sobre el conmovedor final, que Jobs le mostró y le ofreció varias fotos para usar en el libro, una mañana en la que ya se encontraba prácticamente postrado. Al menos en la versión en español, una de esas fotos, en las que se ve a un Jobs niño en brazos de su padre, Paul Jobs, no aparece. Creo que es la primera biografía que he leído en mi vida que no muestra ni una foto del sujeto cuando niño.
En cuanto a lo demás, es la clase de libro que abrís hasta en el ascensor porque no podés parar de leerlo. Atrapan ambos: Isaacson, con su prosa sencilla, pero prodigiosamente coherente, y desde luego, Steve Jobs, cuya vida fue de una intensidad excepcional.
Me encantaría citar un montón de frases y párrafos. Detalles. Escenas. Es la tentación que uno siente cuando una obra le ha parecido excelente. Pero créame, Isaacson lo hace mejor.
Ah, y una cosa más… Steve Jobs nunca llegó a leer este libro.







