
Lavando la interfaz
Los electrodomésticos computarizados pueden confundir al usuario habituado a las PC
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Cuando era chico había en casa un lavarropas. Era cilíndrico y, para los cánones de hoy, enorme. Disponía de un solo control, un temporizador mecánico que ponía en marcha el motor y lo mantenía funcionando hasta que el período de lavado concluía. No recuerdo si centrifugaba. Supongo que sí. Pero no enjuagaba, ni calentaba el agua.
Bajo la carcasa -una chapa esmaltada que resistió el óxido impecablemente- se escondía una estructura de hierro de solidez ferroviaria. El motor no demandó una sola reparación. Y el día que dejó de marchar, bueno, había cumplido. Había durado 20 años.
Con esta idea en la cabeza, compré mi primer lavarropas. Pasé por alto los costosos automáticos y adquirí uno de los que, según mi experiencia, eran fáciles de manejar y extremadamente robustos. Pero algo había cambiado. Ya no había estructura de hierro adentro, la chapa se oxidó a las pocas semanas y el aparato, con una debilidad estructural intrínseca, agravada por el constante vaivén del motor y de unas palas no muy bien centradas, expiró en menos de dos años.
Definitivamente, había que comprar uno de los lavarropas automáticos de 500 o 600 dólares. Alguien me dijo que con uno de esos "tenía lavarropas para toda la vida". Ojalá.
La máquina tiene sed
Cuando entra en juego esta palabra, automático, siempre hay una computadora presente. Y donde hay una computadora, hay irremediablemente una interfaz, un manual de instrucciones y una serie de supuestos. Un caldo de cultivo para la más colosal de las confusiones.
Instalado el nuevo lavarropas en su lugar de trabajo, decidí empezar por el manual, por mi falta de experiencia en estas cuestiones. Allí se decía que tenía que conectarlo a una canilla. Lo hice. Luego había que encenderlo. El interruptor estaba integrado al selector de programas. Tirando se encendía. Me pareció un buen sistema. Tiré y esperé alguna respuesta del aparato. Nada. Una luz testigo en el frente debería haber cobrado vida. No, señor. Seguía apagada.
Leí todo de nuevo. Empecé a temer que el lavarropas estuviera fallado y la pesadilla del reclamo empezó a dibujarse en mi imaginación. Hasta que se me ocurrió una idea: el agua.
El manual decía que había que conectarlo a la canilla, pero en ninguna parte indicaba cuándo abrir el paso del agua. Una omisión suele decir más que mil palabras. Estaba claro que el tema de cuándo abrir la canilla era uno de esos supuestos típicos de las interfaces, como el hacer doble clic sobre un icono para abrir un programa. Se suponía que yo debía saberlo. "¡Vamos, hombre, todo el mundo sabe eso!"
Apagué el lavarropas y abrí el paso del agua. Después, con un poco de temor, lo volví a encender. La luz testigo se encendió alegremente. "Bueno, es sensible al agua", gruñí. No me pareció ilógico, tratándose de un lavarropas, pero el manual no aclaraba nada al respecto.
Ahora había que ver cómo controlar a la recién despierta computadora-lavarropas. Para elegir un programa había un selector giratorio. Descubrí que un programa era aquí algo así como una macro: lavar a 40 grados, enjuagar, centrifugar. O bien, lavar en frío, enjuagar, no centrifugar. Cada programa estaba identificado por un número. ¿Dónde estaba la clave para saber lo que significaba cada número? Inscripto en el frente del lavarropas, claro. Pero bien lejos del selector. La vinculación entre una cosa y otra no era intuitiva, y la lectura simultánea del dial y de la clave se hacía dificultosa.
Fue muy divertido verlo trabajar, cuando por fin le tomé la mano. Por ejemplo, al iniciar un programa de agua caliente, giraba el tambor una o dos veces y luego se detenía durante varios minutos. "Esto se rompió", me repetí varias veces, hasta que descubrí que el aparato simplemente estaba calentando el agua. Pero no daba ninguna indicación de esto.
Obviamente, nadie mira un lavarropas esperando encontrar señales de su función. Sirve para lavar, no para mirar. Pero si los fabricantes de electrodomésticos van a poner microprocesadores en sus productos, necesitan urgentemente buenos diseñadores de interfaces. Y necesitan una interfaz coherente para todos los modelos y marcas. Por ahora, no hay dos lavarropas automáticos que se manejen igual, aunque todos hacen básicamente lo mismo. En este sentido, las todavía jóvenes computadoras personales tienen mucho para enseñarles.
Y una cosa más: no volvería a los lavarropas manuales por nada del mundo. Aunque duren 20 años.
Por Eduardo Dahl






