
Los nuevos horizontes de la conciencia en la Red
Hablando en serio, ¿qué es la Internet?
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Ya hemos probado casi todas las posibles definiciones para la Internet. La más difundida es aquella que dice que se trata de un nuevo medio de comunicación. Quizá la World Wide Web parezca algo así, pero muchos otros servicios no encajan en esta descripción, ni siquiera si tratamos de igualar el chat con el teléfono, lo cual es bastante fantasioso.
Bueno, sí, la comunicación tiene algo que ver con la Internet, qué noticia. La comunicación es una actividad tan entrelazada con la condición humana que es difícil encontrar algo que no tenga que ver con ella. Es una de esas palabras para la que ni siquiera se puede encontrar un sinónimo aceptable.
Cualquier netizen (en la jerga, ciudadano de la Red) sabe que la Red es mucho más que un medio de comunicación. En realidad, no va a encontrar muchos veteranos de la Red preocupados por dicha definición. Pero el desafío es interesante; porque, hablando en serio, qué es la Internet.
Cuentos de ilusionistas
Decir que se trata de una red amplia de redes locales no alcanza, porque las intranet de cualquier gran corporación podrían definirse del mismo modo. Y ya sabemos que hay una distancia sideral entre la Red y una red.
No insistamos. Cualquier definición va a fallar, si la intentamos por el lado técnico o si tratamos de emparentar la Internet con otros fenómenos que tienen algo de tecnología y de comunicación. Todo indica que hay que buscar en otra parte.
La clave, según parece, está en las personas, no en la tecnología. Sin embargo, si observamos sólo lo que los cibernautas hacen en la Red, las similitudes entre el teléfono y el Net2Phone , la cantidad de e-mail de oficio que solemos enviar y recibir, y esa naturaleza de escaparate que distingue a la Web pueden fácilmente borronear los límites entre la Internet y los medios de comunicación masivos u otras tecnologías para envío y recepción de mensajes.
Pero, de nuevo, sabemos íntimamente que allí hay algo más. ¿Qué es? Ese saber íntimamente puede constituir una nueva pista, así como las muchas imágenes topológicas a las que apelamos para hablar de la Red. Decimos que navegamos , que vamos a una página , que nos encontramos en el chat .
Ilusiones. En la práctica, la Internet sigue siendo una gigantesca trama de computadoras, ruteadores, satélites, cientos de miles de kilómetros de cable y una cifra escalofriante de bits en discos y CD-ROM. Nosotros no nos movemos, ni navegamos, ni vamos, ni nos encontramos en un lugar. No físicamente, quiero decir.
La virtualidad es una ilusión, pero también lo son las aventuras del Quijote. Ambas ocurren en nuestra mente. La diferencia entre la Red y una gran novela es que nosotros somos quienes la estamos creando y que, fuera de toda duda, lo que ocurre en la virtualidad es real.
Ningún juego de palabras. Desde la adicción al chat hasta un juego en línea, lo que nos ocurre en la Red nos pasa a nosotros y lo consideramos verdadero dentro de su alcance. No es menos virtual la voz reproducida por el auricular del teléfono que los textos que aparecen en las pantallas del chat. Entonces, ¿por qué considerar que una riña telefónica entre dos novios es menos real que la misma batalla en la Internet?
Hay una rama de la lingüística llamada Pragmática que se ocupa, entre otras cosas, de los hechos producidos por las palabras: la condena que dictamina un juez, el matrimonio que establece un sacerdote, la orden de invadir que emite un general y que puede cambiar el curso de la historia. Si uno lo analiza, son sólo palabras, se las lleva el aire, funcionan en nuestra mente y nada más. Pero tienen un correlato concreto.
Hemos tratado de definir la Internet fuera de nosotros, como si se tratara de otra tecnología interesante. Error. La Red ha estrenado una nueva forma de realidad, una con la que la humanidad ha venido coqueteando desde que el primer hombre relató cómo había cazado un animal salvaje en alguna oscura y fría caverna prehistórica.
La diferencia es que ahora, por fin, ese espacio es común y comienza a ser masivo. Lo es apenas, ciertamente, porque la inmensa mayoría de las personas ni siquiera tiene una computadora. Pero estamos asistiendo al principio no de un nuevo medio de comunicación, sino de un nuevo estado de conciencia. El verdadero espíritu de la Red nos permite percibir de una forma nueva, pensar con mayor eficiencia, colaborar sin límites, encontrar formas novedosas de resolver problemas.Apenas empieza, pero en el futuro se mostrará enormemente útil e instructiva.
Como cuando se escrutan las estrellas, los microbios o los átomos, necesitamos un instrumento especial, la computadora personal. Es cierto que un telescopio se puede usar para espiar al vecino, que un microscopio puede curiosear banalidades y que, con fines promocionales, el gigante azul utilizó el efecto túnel para escribir las siglas IBM a nivel atómico. La Internet puede experimentarse como algo parecido a la TV, el teléfono o el correo postal.
Pero a estas alturas ya ha cambiado tanto tantas cosas que, para no dejar las estrellas, se puede decir que produjo un cambio copernicano en nuestra forma de pensar, de ver el mundo y de crear valor.
Más allá del chat, los juegos en línea, los avatares y el hipertexto, la Red nos ha demostrado que podemos ser más inteligentes si cooperamos o, como se sabe desde hace mucho, que cuatro ojos ven más que dos. Hasta ahora, sin embargo, también se cumplía aquel otro refrán: muchas manos en un plato hacen mucho garabato. La Red, con sus foros globales, el chat, el e-mail y los mensajeros instantáneos, nos permite pensar juntos sin estorbarnos. Se llama a esto inteligencia colectiva y constituye la función más importante de eso que, en conjunto, llamamos Internet.
Internet es la unión de materia gris a gran escala. Nunca antes se había dado algo así.
Sí, también algunos de los crímenes más execrables han usado la Internet para su provecho. Pero tales lacras seguirían tan activas como siempre, si mañana desapareciera la Red. En cambio, para los que hemos encontrado en ella una nueva forma de crear, pensar y trabajar en equipo, tal privación sería tan brutal como la de regresar a las ciudades que no tenían electricidad ni agua corriente.
Pero la solución sería simple: construiríamos una nueva Internet, aunque fuese con instrumentos gastados. Ahora sabemos que podemos hacerlo.






