
Los inversores ya no se conforman con el crecimiento de los beneficios y recurren a métricas más sofisticadas para determinar si el negocio es realmente sólido
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Moneyballes un modelo de gestión deportiva basado en datos complejos para detectar jugadores de alto rendimiento ignorados por el mercado. Esta filosofía se popularizó en 2002, cuando el equipo de béisbol Oakland Athletics cerró la temporada con 103 victorias -la cuarta mejor campaña de la historia de la liga- con una plantilla hasta tres veces más barata que la de sus rivales. Una hazaña eternizada en la película Moneyball (2011). Esa búsqueda de valor donde otros no lo ven ahora se abre paso en las Bolsas.
Ante el fuerte encarecimiento de las acciones de las grandes tecnológicas por la fiebre de la IA, un producto que además no ha generado lucros a ninguna gran cotizada, los inversores ya no se conforman con el crecimiento de los beneficios empresariales y buscan métricas oscuras para saber qué compañías justifican sus valoraciones.
“El mercado ha dejado atrás ‘el miedo a quedarse fuera’ y ahora exige a las empresas pruebas de la rentabilidad de sus inversiones en IA”, señala César Pérez, director de inversiones de la banca privada de Pictet. Un desafío en un sector que gasta billones en chips y centros de datos, cada vez más caros.

Como las inversiones no se descuentan de los beneficios y, además, crecen aún más rápido que ellos, la rentabilidad del negocio puede deteriorarse con el tiempo o incluso esfumarse si se popularizan los modelos de lenguaje de bajo coste. Pensarlo ya asusta a la Bolsa, como revelaron los desplomes del Nasdaq y de los fabricantes de chips en julio tras el lanzamiento de Kimi K3. O como ocurrió el 27 de enero de 2025, cuando DeepSeek borró en una sesión unos 560.000 millones de euros del valor de Nvidia.
La métrica más usada en el Moneyball de la Bolsa estas semanas ha sido el retorno sobre el capital invertido, o return on invested capital. Esta métrica, conocida por sus siglas en inglés, ROIC, mide cuánto beneficio, descontados los impuestos, genera una empresa por cada euro invertido en su negocio. “Las [cotizadas] ganadoras serán las empresas capaces de demostrar el retorno de sus inversiones, transmitir disciplina en el gasto de capital y preservar la calidad de sus beneficios”, argumentó Mike Wilson, director de inversiones de Morgan Stanley, en su podcast la semana pasada, y resumió: “El mercado está premiando un gasto más prudente”.
Según Wilson, ser más selectivos en la Bolsa se aprecia con claridad precisamente entre las grandes tecnológicas en la carrera de la IA (Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Oracle), centradas en proporcionar capacidad de computación vía centros de datos. La compañía fundada por Bill Gates es la que mejor ha proyectado su prudencia en ese negocio, con un retorno del 25% sobre sus inversiones, frente al 18% de media de sus competidores. La Bolsa luego ha premiado esa mayor rentabilidad y las acciones de Microsoft se disparan un 33% en los últimos 30 días, frente a la caída del 0,2% del Nasdaq 100 y una subida de tan solo el 7% de los proveedores de centros de datos.

Otra métrica valorada en el Moneyball de los mercados es el gasto operacional, u opex, por sus siglas en inglés de operating expenses. El opex refleja los costes recurrentes necesarios para mantener en marcha el negocio y permite distinguir, en plena carrera de la IA, entre las grandes inversiones puntuales y los gastos que seguirán pesando de forma continuada en las cuentas de las compañías.
“La clave es saber si las inversiones en IA son gastos esporádicos o no”, destaca Pérez. Un opex demasiado alto pasa factura en la Bolsa. Pese a mantener un retorno sólido sobre sus inversiones (un 20%), Alphabet arrastra un gasto recurrente de unos 28.500 millones de euros, casi el doble que Microsoft. Así, las acciones de la matriz de Google se han mantenido planas en los últimos 30 días. Meta también peca de exceso de gastos y, con un opex de unos 23.000 millones y un ROIC de apenas el 11%, se desploma en la Bolsa; la acción cae un 10% en el último mes.
“La ecuación para los proveedores de centros de datos es clara: demostrar que la demanda es suficiente para generar un retorno positivo sobre la inversión y hacerlo con la rapidez necesaria para no ejercer una presión excesiva sobre el flujo de caja actual”, concluyen los estrategas de la gestora de fondos de JP Morgan en un informe del pasado 15 de julio. En esta competición, las cotizadas aún tienen margen para mejorar sus métricas. De hecho, la banca privada de Pictet mantiene una recomendación de compra sobre todos los grandes proveedores de centros de datos. A diferencia del béisbol, cuya temporada dura seis meses, la de los mercados no se detiene.



