
Remedio automático para malos tipeadores
Mi torpeza me cuesta, a menudo, bastante dinero. Cuando no rompo algo lo estropeo. A estas alturas, no tengo remedio, es más que obvio. Excepto en un caso: tipear.
Cuando me siento a escribir –y tipeo algo más de medio millón de caracteres por año sólo para el diario–, mi legendaria capacidad para revolver las letras y exudar neologismos es contenida por la más maravillosa de las funciones jamás ideadas para las computadoras: la autocorrección.
Tal es mi incompetencia como tipeador que soy capaz de cometer más errores que letras tiene el término, y esto sin agregarle ni una. Incluso las palabras más sencillas –como con, pasa o que – terminan todas retorcidas cuando mis dedos atacan impiadosos el teclado ( ocn, apsa y uqe , respectivamente). Algunos de mis errores son tan cómicos ( mófuclos en lugar de módulos , por ejemplo) que ya figuran en la jerga equipo de Tecnología; es más, en ocasiones mis deslices son tan garrafales que la computadora no tiene ni la menor idea de qué quise decir y no puede ofrecerme sugerencia alguna. No les ganaré al ajedrez, pero en este terreno arraso.
Así que, como digo, la función de corrección automática es para mí una bendición. No sólo porque vivo de escribir, sino porque amo escribir. Mi falta de formación dactilográfica combinada con mi natural torpeza convertiría el trabajo cotidiano en un calvario de correcciones, si no fuera por este silencioso y servicial mecanismo. Se me aflojan las piernas toda vez que recuerdo los interminables años durante los que hube de trabajar con máquinas de escribir. Las páginas terminaban con tantas tachaduras que parecían documentos censurados en tiempos de guerra. Mis editores, pobres, ya no recordaban qué estaban leyendo cuando terminaban de saltearse las tachaduras. Alguno hasta me ofreció pagarme por mancha en lugar de por página; hubiera hecho negocio.
Lo malo de estas cosas es que uno las lleva puestas. Estoy seguro de que si hiciera un curso de dactilografía, conseguiría escribir sin mirar el teclado, pero jamás podría tipear correctamente la palabra centímetros , que ha sido en este caso oportunamente corregida por el programa. Es algo neurológico, creo.
Neurológico o no, hubo de traerme más de un problema durante el servicio militar. Es que también tipeo muy rápido, así que el primer día de la conscripción ya estaba destinado a ser el escribiente del jefe de regimiento. Para qué. Debía controlar con cuatro ojos el que ninguna de mis burradas llegara a la firma del coronel. Pero un fin de año se filtró uno de mis típicas permutaciones en una tarjeta de felicitaciones destinada al comandante en jefe del Ejército. Por fortuna el coronel advirtió a tiempo la palabra mal tipeada en la consabida frase de remate Sin otro particular. No diré cuál, para no ofender sensibilidades.
Así que el invento de la autocorrección figura para mí junto al de la silla, la mesa, la rueda y el fuego, poco más o menos, y cuido los archivos de corrección automática como si fueran piedras preciosas. Están entre las primeras cosas de las que hago backup cuando cambio de máquina, y a diario un programa copia automáticamente este valioso fichero a otra unidad de disco sin mi intervención. (Y no vaya a creer que soy capaz de escribir palabras como unidad o intervención de una vez y sin equivocarme.)
Añadiré esto: si existe un motivo para que haya elegido hace mucho tiempo usar OpenOffice.org ( http://es.openoffice.org ) en lugar del Word de Microsoft, aparte de que creo en los estándares abiertos y el software libre, es que es mucho más fácil exportar un archivo de autocorrección de una computadora con el primero que con el segundo. Es más, estos fundamentales ficheros son compatibles entre un OpenOffice.org de Linux y otro de Windows.
Todo en uno
Pero todo puede mejorarse y en estos días caí en la cuenta ( cuenta, no cuneta , como suelo tipear) de que tenía un kilométrico corpus de correcciones en casa y otro igual de grande, pero levemente diferente, en el diario.
Cada uno de estos dos archivos de autocorrección –que se crean a mano mediante botón derecho> Autocorrección – enmendaba más o menos los mismos errores. Pero como en casa escribo sobre todo literatura y en el diario, notas, ambos se podían complementar muy bien. ¡Soy muy variado equivocándome!
Así que se me metió en la cabeza la idea de que ambos archivos de autocorrección del OpenOffice.org tenían que poder combinarse de una forma más o menos fácil. No contento con buscarme más problemas de los que de suyo nos ofrece la existencia, me propuse usar estos masivos ficheros, cosechados durante años de tipear como un chimpancé y editar como un orfebre, en LibreOffice ( http://es.libreoffice.org ).
Paso 1
Lo primero es conocer la ubicación del archivo donde OpenOffice.org guarda las correlaciones. Es decir, la lista en la que se consignan las palabras mal escritas y las que el programa usa para reemplazarlas. Por ejemplo, la línea de reemplazo para acsotumbrado se ve así:
En Windows 7 el archivo de autocorrección se almacena en X:\Users\{cuenta}\AppData\Roaming\OpenOffice.org\3\user\autocorr
( X : es la letra de la partición y { cuenta } es el nombre de cuenta de usuario en Windows.)
Como AppData es una carpeta oculta, hay que decirle a Windows que muestre los archivos y directorios ocultos, por medio de Organizar> Opciones de carpeta y búsqueda> Ver
Si alguna vez usamos la función de reemplazo automático de texto, encontraremos dentro la carpeta autocorr un archivo etiquetado acor_es-AR.dat ; acor es por autocorrección; es viene de español y AR de Argentina. Así que podría tener un acor_es-ES.dat , si eligió como idioma para los documentos el español de España.
Paso 2
Ahora había que ver qué clase de archivo era éste. Porque eso de dat es bastante vago en computación, una extensión comodín que se le pone a muchísimas cosas. Así que lo abrí con el excelente editor PSPad ( www.pspad.com ) y noté que el fichero empezaba con PK. Esto es característico de los archivos comprimidos tipo Zip. Empezaba a gustarme.
Hice una copia ( Ctrl+arrastrar y soltar ) en el Escritorio y le cambié la extensión a .zip. Luego intenté abrirlo y ¡funcionó! El archivo de autocorrección era en realidad un zip con varios archivos dentro. (En rigor, con el 7-Zip – www.7-zip.org – se los puede abrir sin cambiar la extensión.)
Paso 3
Era hora de investigar un poco el contenido del .zip . Lo primero que noté era que los archivos allí contenidos eran diminutos, de 200 a 500 caracteres. Salvo uno, que ocupaba más de 34.000. Me reconocí enseguida: allí estaban almacenados años de pifiarle a las teclas.
Ese archivo en particular, dentro de acor_es-AR.dat , se llamaba DocumentList.xml . Lo abrí y, en efecto, era como mirar viejas fotos. Ordenadas alfabéticamente estaban todas las palabras mal escritas junto a las que debía inscribir el OpenOffice.org cada vez que las detectaba.
Hice lo mismo con el archivo de autocorrección que me había traído del diario y, en efecto, había términos que coincidían y otras que no. Entonces pensé que alguien ya habría resuelto esto, una regla de Internet que nunca me falla. Y así llegué a la siguiente etapa.
Paso 4
Se ve que no soy el único demoledor de palabras, porque enseguida di con un foro donde otro angustiado usuario de OpenOffice.org se hacía la misma pregunta: ¿cómo combino dos DocumentList.xml ?
Bueno, la respuesta era bastante obvia, como suele serlo cuando la ves impresa: se los combina como cualquier otro par de archivos. En el foro recomendaban usar el WinMerge ( http://winmerge.org ) , un programa de código fuente abierto que no conocía, así que fue bueno por partida doble. Lo sumé a la lista de software para mi blog ( http://blogs.lanacion.com.ar/freeware ).
No es el único, claro. También encontré el TKDiff ( http://sourceforge.net/projects/tkdiff/ ) y JDiff ( www.qarks.com/web/en/downloads.html ) . A propósito, el PSPad tiene la función de comparar dos documentos de texto.
WinMerge es muy fácil de usar, para ser una aplicación que la mayoría de nosotros nunca empleará en su vida. En el presente caso resulta, sin embargo, vital; de otro modo habría que comparar los archivos a mano, algo muy aburrido y propenso a errores.
El cuadro de diálogo Archivo> Abrir se usa para cargar un fichero a la izquierda y otro a la derecha. Hecho esto, un gráfico muestra dónde se encuentran las diferencias y por medio de los menús el cursor va saltando a las discrepancias para ir unificando las dos copias. Básicamente, se copia a derecha o a izquierda, según sea el caso, lo que no figura a diestra y siniestra. Hasta que el programa emite el mensaje de que ambos archivos son ahora idénticos. Eso fue exactamente lo que hice, tomando nota previamente de algún término de referencia para luego probar si el experimento había funcionado. Elegí una de las varias maneras extravagantes que tengo de tipear Argentina.
Guardé una de las dos copias de DocumentList.xml , lo añadí a acor_es-AR.dat , reemplazando el que existía previamente, luego copié este archivo a la carpeta correspondiente del OpenOffice.org y abrí un nuevo documento. Tipeé ese mamarracho que me sale a veces cuando intento escribir el nombre de mi país y automágicamente se transformó en Argentina. ¡Sí! Lo había logrado. Pero faltaba algo.
Paso 5
Quería usar el mismo archivo de corrección automática en LibreOffice , ¿era posible? De momento, esta suite no da soporte a variaciones del español, sino sólo a español de España. Había hecho muchas pruebas y no conseguía activar la autocorrección, y ahora usted sabe lo que esto significa para mí.
Pero por mucho que revisé el acor_es-AR.dat no encontré ningún marcador de idioma. De pronto, justo cuando no estaba pensando en nada, se me ocurrió la solución. "No puede ser tan fácil", dije, pero no costaba nada probar. Hice una copia de acor_es-AR.dat , le cambié el nombre a acor_es-ES.dat , ¿y adivine qué? Sí, ahora tenía todas mis malas palabras corregidas automáticamente también en LibreOffice .
Estas cosas con la pluma de ganso no pasaban.







