Será muy inteligente, pero le falta personalidad

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
(0)
12 de octubre de 2019  • 00:10

Aunque la ciencia ficción ha tratado este asunto con más o menos suerte, es algo de lo que rara vez (si acaso) se habla en los eternos debates acerca de si la inteligencia artificial (IA) y los robots van a reemplazarnos en todos o solo en algunos puestos de trabajo. (Para que no queden cabos sueltos, la IA y la robótica vienen desplazando la mano de obra humana desde hace al menos medio siglo.)

Eso de lo que se habla poco, excepto en la ciencia ficción, es la personalidad. Como ocurre con la consciencia, la personalidad, al menos por ahora, constituye un obstáculo mayúsculo para que las máquinas nos igualen o nos superen en todas las áreas. No por los mismos motivos, pero tenemos de nuevo aquí una paradoja.

En el caso de la consciencia (no la conciencia, sino la consciencia) nos falta una buena definición, y por lo tanto nos vemos imposibilitados de programarla. La razón es simple: no se puede crear un algoritmo sin una buena definición de la tarea o el problema.

A medida

En el caso de la personalidad, aunque sería más o menos simple programar una (incluso una que se adapte y evolucione), el inconveniente es otro. Para explicar este punto recurriré al músico inglés Brian Eno. Eno contó en un reportaje, hace muchos años, que cuando alguno de sus sintetizadores exhibía alguna falla, no lo mandaba a reparar. Los defectos, sostenía, les otorgaban a sus instrumentos una personalidad única. No le falta razón; nuestras fallas y debilidades también constituyen eso único que somos. Pero, sin entrar en detalles, programar defectos y debilidades plantea un número bastante grande de inconsistencias para esta industria.

Porque hay algo más, que es obvio y que al mismo tiempo se obvia todo el tiempo. Las máquinas se fabrican en serie. Aunque sabemos que un ejemplar puede mostrar ciertos rasgos individuales, la idea y los procesos involucrados van dirigidos a que todos sean idénticos. Cuando mi primer auto pasaba por un charco de agua, se le encendía la luz interior. No había sido diseñado así; algún cablecito perdido allá abajo se ponía en corto o algo por el estilo y como resultado ocurría este hecho insólito. Pero era una rareza, no un rasgo de personalidad.

Viceversa, las personalidades humanas son el resultado de la interacción impredecible entre nuestros genes y el entorno. Ambos, el ADN y el entorno son, por otro lado, de una complejidad abrumadora. En suma, las posibilidades son infinitas. Pero hay dos cuestiones más.

La primera es que la personalidad cumple alguna función y que exclusiva de los humanos. Incluso los mamíferos superiores -y eso es fácil de advertir en nuestras mascotas- tienen rasgos y conductas únicos. Es poco probable, por lo tanto, que se trate de algo así como un residuo evolutivo. Si fuéramos más eficientes sin personalidad (como las hormigas, digamos), entonces seríamos todos iguales. Por el contrario, somos todos diferentes.

Esto lleva directamente a la segunda cuestión, que está relacionada con el trabajo. Algunos empleos se benefician de esta condición de seres únicos que caracteriza a los humanos. Es el caso de la investigación científica o la creación artística, entre muchos otros. A la vez, hay tareas que estarían mejor en manos de individuos con ciertos rasgos; por ejemplo, la conducción del transporte público. Es más o menos obvio que un psicópata impulsivo con pobre o nulo manejo de la ira no debería estar al volante de un colectivo, un taxi o un avión.

Me gustaría anticipar que solo quedarán en manos de la IA y la robótica aquellos empleos que requieren de una cierta personalidad, mientras que los que se basan en el carácter de único que tiene cada persona quedarán en manos de los humanos. Pero me temo que esto es una simplificación.

Me explico. Dejando de lado algunos problemas de percepción que todavía confunden a los sensores y a la IA, el mayor desafío de los coches autónomos es que deben funcionar rodeados de conductores humanos. Si todos fueran autónomos y todas las calles estuvieran perfectamente señalizadas, los incidentes casi se reducirían a cero. No solo por la ausencia del factor humano (impredecible, idiosincrásico), sino porque los vehículos podrían comunicarse entre sí y con semáforos y sensores de toda clase. El tránsito se volvería un mecanismo de relojería.

Mientras eso no sea así, y dejando de lado a los psicópatas, los impulsivos y los que ignoran la ley, al manejar en el mundo real -piensen nada más en Buenos Aires o, si quieren ponerse internacionales, en Roma- la personalidad marca diferencias significativas. Una anécdota ilustrará este punto.

En el nudo gordiano

El viernes de la semana pasada, a la hora pico, quedé atrapado (mala mía) en una de las encrucijadas que se producen a la hora pico en las bajadas de la Panamericana. Sin semáforos, con miles de autos intentando moverse en direcciones contrapuestas, pasé 45 minutos para recorrer algo así como 10 cuadras. Una lujo que los argentinos podemos darnos.

En estas situaciones, tarde o temprano se presenta un momento clave. Llegás a la encrucijada y tenés autos que vienen de la izquierda, de la derecha y de frente, usualmente en varias filas, y hay que estar muy atento al instante exacto en que podés incorporar la trompa de tu auto a ese nudo de hierro, vidrio, caucho y, sobre todo, otros individuos que quieren hacer exactamente lo mismo que vos.

Pues bien, ese viernes, se hizo un espacio suficiente para meter mi coche en el nudo, y avancé un metro y medio dentro del embotellamiento. Lo de "suficiente" es un juicio que solo décadas de manejar permiten evaluar con precisión, pero no sería difícil enseñarle tal cosa a la inteligencia artificial. Solo que en esta ocasión ocurrió algo más. Por mi izquierda apareció un individuo furibundo que empezó a acelerar y frenar, amenazando con chocarme. Fue realmente muy agresivo y sumó al cabecear intimidante de su auto toda suerte de gestos y gritos que, como estaba oyendo una sinfonía de Brahms, era imposible que oyera. Lo miré impasible. No estábamos en situaciones diferentes. Los dos éramos víctimas de la misma aberración del planeamiento urbano. Ambos llevábamos mucho tiempo en esa encerrona. Los dos buscábamos lo mismo: atravesar el nudo de coches. Yo había llegado primero y, en tales condiciones, es todo lo que cuenta. Esta persona habría hecho lo mismo en mi lugar. Además, una vez ganado ese metro y medio, ninguno de los dos habría tenido adónde ir; así es como funciona, se trata de ganar espacio palmo a palmo. La diferencia la hizo la personalidad. El que me tirara el auto encima no me preocupó en absoluto, porque sé de sobra que nadie va a chocar adrede, y en la suma final él lo pasó mucho peor que yo, que estaba oyendo música de la mano del maestro Barenboim.

Así que la cosa no es tan sencilla como diseñar una personalidad apta para cierto empleo. Las tareas 100% repetitivas y rutinarias no necesitan más que un poco de automatización. A medida que la tarea o el contexto se vuelven más complejos, la personalidad entra en escena. Sus sutilezas son tantas y su naturaleza es tan multidimensional que, sin una consciencia que la respalde, puede volverse un arma de doble filo. Esto es, tampoco estamos completamente seguros de querer otorgarle a la IA la capacidad de desarrollar una personalidad. Miremos de nuevo la escena en la encrucijada de la Panamericana.

Sí, cuando tuve la oportunidad avancé mi auto y logré el primer progreso en tan enojosa situación. Con un poco menos de coraje, no me habría atrevido, y entonces me habría apostrofado (conservemos las formas) el conductor del vehículo que se encontraba justo detrás. ¿Por qué? Primero, porque su avance dependía del mío. Segundo, porque habría juzgado que en ese juego me había faltado decisión, y habría tenido razón. Ahora, tal arrojo debía ir acompañado de un buen manejo de la ira, porque de otro modo el atropello del sujeto de la izquierda habría motivado una trifulca (vi varias ese día), lo que con entera seguridad no habría contribuido a descomprimir el embotellamiento. Todo lo contrario. No habría sido inteligencia, ni artificial ni de ninguna otra clase.

He puesto este ejemplo porque es prístino y también porque es básico. Ahora, imaginen lo que costaría definir todos los rasgos de la personalidad de un asistente social especializado en adicciones (es uno de los empleos que menos posibilidades tiene de ser tomado por las máquinas). Puesto de otro modo, esto único que somos está en la base de muchas tareas que, a veces con excesiva liviandad (y me incluyo en ese error), anticipamos que quedarán en manos de las máquinas. Con una vuelta de tuerca: todavía es temprano para saber si acaso la IA no traerá su propia definición de lo que es la personalidad.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.