Si querés que tus hijos lean, largá el celular

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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22 de diciembre de 2018  • 00:00

Somos capaces de afirmar con idéntica convicción (y todo a la vez) que ya nadie lee, que el libro impreso está muerto y que nunca nos perdimos una sola edición de la Feria del Libro de Buenos Aires. Feria que, a todo esto, es una de las cinco más grandes del mundo. Algo está pasando con los libros impresos, definitivamente.

Ya saben que, al revés que prácticamente todos los analistas, y so pena de ser juzgado de nostálgico, sigo pensando que la tecnología del papel cumple funciones que los dispositivos digitales no pueden emular. Esa es la razón de que exista algo como la Feria del Libro. Prueben hacer un Salón Internacional del Hacha de Pedernal y van a ver que no les resulta tan multitudinario.

Respecto de que el libro impreso está muerto, depende de lo que esta frase signifique. Si es que en un cierto plazo todavía indefinido y de límites bastante borrosos alguna tecnología va a convertir al acto de sentarse a leer un atado de páginas de celulosa con texto impreso en tinta en algo obsoleto, sí, bueno, supongo, no tengo idea. Por ahora, siguen publicándose y vendiéndose millones de libros por año. La Asociación de Editores de Inglaterra comunicó hace poco que la venta de libros de papel volvió a crecer en 2018, como en 2017 y 2016, y que los ebooks siguen en declive. Muy muerto no parece el libro impreso.

No obstante, parece más cercano a la verdad el que los más jóvenes, salvo excepciones, leen poco y nada. El primer día de clase, en una de las materias que dicto en la universidad, hago una encuesta rápida y pregunto cuánta literatura han leído. Son estudiantes de periodismo. Van a vivir escribiendo y hablando. Pero la respuesta es siempre decepcionante. Las cifras no pasan de 5 a 20. Suelen ser las obras que les dieron en la secundaria. Solo en una ocasión una alumna dijo que no sabía, pero que eran varios cientos; su pluma resultó intachable.

Gracias, Harry

Lógicamente, resulta obvio y evidente que para los chicos, que viven en un mundo audiovisual, los libros impresos parecen tan actuales como una diligencia. John Wayne incluido. Me preocupan un poquito las cosas tan obvias y evidentes. Así que me permitiré desarmar este razonamiento.

Harry Potter es la serie de libros más exitosa de la historia, con 500 millones de ejemplares vendidos. Empezó a publicarse en 1997. Pero solo en 2012 lanzaron versiones electrónicas. Es cierto que la serie es popular entre los adultos, pero su público natural son los chicos y los adolescentes. Que se supone que no leen libros de papel. Algo no cierra.

No sé, por otro lado, si vieron los mamotretos de Harry Potter. Quiero decir, se supone que los libros para iniciar a los chicos en la lectura tienen que ser más bien cortos, con coloridas ilustraciones. ¿Cómo es posible que J. K. Rowling haya tenido un éxito tan descomunal con un formato tan aparentemente hostil? ¿Habrán sido las películas de Warner Bros.?

Digamos que entre el cine y Potter hubo un círculo virtuoso, pero el círculo empezó con algo que, como ocurrió con El Señor de los Anillos y Duna, parecía destinado al fracaso. En los tres casos, las obras tuvieron un éxito legendario. En los tres casos los editores consideraron que eran libros demasiado extensos y complejos. ¡Todo ese texto, quién lo va a comprar!

Frank Herbert debió soportar que más de veinte editoriales le rechazaran Duna; hoy es una de las novelas de ciencia ficción más vendidas de la historia. El primer volumen de Harry Potter fue rechazado por doce editoriales. A Tolkien lo obligaron a dividir su obra en tres volúmenes; dudo mucho que una venta de 150 millones de ejemplares se haya debido a esta absurda fragmentación. Se la publicaron porque era un profesor universitario prestigioso. Para ampliar catálogo. Se convirtió en una de las novelas más populares de todos los tiempos. Puro texto. Como 1500 páginas.

Así que hay algo que no estamos viendo.

Objetos mágicos

Si un libro impreso –que en su primera edición inglesa tenía más de 300 páginas y la última fue de más de 600– logró doblarle el brazo a la supuesta cultura audiovisual, hay al menos dos posibles razones.

La primera, que tal cultura no existe. Sabemos que esto es falso. Gracias a las nuevas tecnologías, hoy tenemos muchísimo más material en fotos y videos que hace 30 años. Y, con entera honestidad, prefiero ver un video de YouTube para aprender la técnica para amasar el pan que leer una descripción. Cero nostalgia.

Así que la razón del éxito de Potter se esconde en otro lado, y para entenderlo hay que ser muy lector. Lo diré sin muchas vueltas: un libro impreso también es un dispositivo audiovisual.

Esta afirmación, que suena un poco tirada de los pelos, es fácil de demostrar. ¿Qué les ha pasado con nueve de cada diez versiones cinematográficas de sus novelas favoritas? Exacto. Salieron decepcionados. Parcialmente o muy decepcionados. La película no era lo que habíamos experimentado con el libro. Era un poquito menos. Qué se yo, diferente. Nos lo habíamos imaginado de otra forma.

La mente del lector es mucho más prodigiosa que la mejor adaptación a la pantalla grande. Dicho esto con el enorme respeto que el séptimo arte me merece. En todo caso, es una paradoja significativa que con presupuestos de decenas de millones de dólares no pueda lograrse un efecto tan profundo como el que se consigue con papel, una estilográfica y la insondable mente del lector. Cualquier persona que se haya vuelto adicta a la lectura sabe que un libro es un objeto en cierta medida mágico (Potter, de nuevo). Tan humilde y callado, sin ninguna fanfarria nos hace reír, llorar, sentir miedo o nos cambia la vida. O cambia el rumbo de la historia.

Campos magnéticos

Ahora bien, esta experiencia sensorial no la logra cualquiera. Rowling es, aparte de exitosa e imaginativa, una gran pluma. ¿Joyce no es mejor? Sí, y de hecho está en otras ligas. Pero prueben darle a leer Finnegans Wake a un chico de diez años.

Rowling, Tolkien y Herbert tienen una destreza narrativa magnética. Como Salgari o Kipling cuando mis padres eran chicos, cada generación tiene sus grandes narradores. Puede que no sean Gide, Shakespeare, Flaubert, Borges o Dante. Pero te hacés la película con sus libros, literalmente.

Ahora bien, la experiencia narrativa-sensorial del libro impreso debería poder replicarse de forma idéntica con el ebook, ya que se trata solo de texto. Creo que la respuesta es sí y no.

Esto es muy complicado

He leído obras de todo tipo en ebook, y sí, luego de casi 50 años de cultivar el hábito, me sumerjo en el texto electrónico de forma instantánea. Enseguida hago abstracción de la pantalla. La pregunta es, en este punto, ¿qué es leer?

Básicamente, transformar una hilera de dibujitos en escenas, diálogos, aventuras, reflexiones, personajes inolvidables, historias. Como leemos en idiomas que conocemos bien, no nos parecen dibujitos. Les decimos letras. Pero las letras son dibujitos. Traten de leer en coreano, japonés o ruso, si no conocen estos lenguajes, y verán que son símbolos incomprensibles.

Pero casi todos reconocemos los caracteres del cirílico, el japonés o el coreano, y de cierta forma los clasificamos como lenguaje. Ahora prueben con un texto en malabar y los dibujitos van a aparecer mucho más evidentes. El malabar es hablado por 35 millones de personas, debo aclarar.

Descubrí este fenómeno cuando estudié griego clásico en la universidad. En alrededor de un mes las series de simbolitos que sonaban a física y a química se convirtieron en palabras y oraciones. De cierto modo, volví a ser un chico que tiene que transformar dibujitos sin sentido en texto, en lenguaje escrito. Y eso al cerebro le da mucho trabajo. Es extenuante. Por eso hace falta el magnetismo de Rowling o Salgari para que un chico atraviese el esforzado entrenamiento que requiere el hábito de la lectura. Ningún voluntarismo ayuda aquí. O el chico se engancha con la historia o va a volver a YouTube.

Sí, también por esto se lee menos que antes. Porque el video no requiere tal entrenamiento. Para mirar YouTube no tenemos que adaptar varias partes de nuestro cerebro que no tienen idea de lo que significa leer para, bueno, leer.

Cosa curiosa, es poco probable que encuentren un lector consumado que prefiera Netflix a sus libros.

Por ejemplo

El otro gran sofisma en el que incurrimos es querer que los chicos lean mientras nosotros estamos tirados en el sofá mirando House of Cards. Un sofisma doble, de hecho. Primero porque los chicos son grandes imitadores. Es el único método que tienen para aprender a ser adultos. La vida no viene con manual de instrucciones. Segundo, porque a esa edad, cuando todavía no han desarrollado ese poderoso vínculo entre la hilera de dibujitos y la felicidad de la lectura, siempre va a ganar Netflix. O YouTube. O un jueguito.

¿Qué tiene que ver esto con el libro impreso? Simple. Cuando un chico te ve leer un libro sabe que estás leyendo un libro. Cuando te ve leer en el celular no sabe si estas leyendo o chateando por WhatsApp. O viendo una serie. Y ese es precisamente el ejemplo que no queremos dar.

No quiero explicar esto sobre la base de un caso particular, pero recuerdo perfectamente ver a mi padre sentarse con un té a leer durante horas, todos los días. No importaba demasiado si leía a Saer o algún policial de poca monta. La cosa es que ahí había un ejemplo. En la mente del chico quedó anotado que sentarse con un té a leer un objeto llamado libro formaba parte de las actividades cotidianas de un adulto. Como ninguna otra cosa se parece a un libro, era un ejemplo bien claro, del tipo que necesitan los chicos.

Creo que nadie alberga dudas acerca de la importancia de la lectura. Así que en lugar de exigirle al Estado que gaste dinero en campañas, aunque no estén de más, dejemos el celular y pongámonos a leer. Libros impresos. A la vista de nuestros hijos. Todos los días.

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