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Un mundo sin botones Me gusta, tan solo un sueño

Crédito: Shutterstock
6 de noviembre de 2018  • 11:56

En el principio estaba el botón Me gusta, y los usuarios lo cliquéabamos sin más. Pero el jardín se sentía vacío, así que el botón Me gusta empezó a estar en todos lados, y los usuarios cliqueamos aún más.

Desde hace algunos días se comenta que Twitter podría eliminar el botón me gusta de su plataforma. Jack Dorsey, su CEO, lo mencionó casi al pasar en un evento e internet hizo lo suyo y se iluminó con posturas a favor y en contra. Por supuesto que no hay nada que temer, fans de los corazones: desde la empresa aclaran que no hay planes de llevar a cabo el cambio en el futuro inmediato.

Pero la idea de que una de las principales plataformas sociales abandone el botón me gusta es sin duda intoxicante. ¿Viviremos para verlo? ¿Habrá manifestaciones en las calles pidiendo por su permanencia? ¿Será reemplazado por un botón ‘no me gusta’ más acorde a nuestros tiempos?

Quizá desde su invención el botón me gusta tuvo detractores, pero varias voces se alzaron aún más virulentas en el último año. "El botón me gusta debe morir", escribía Karissa Bell hace unos meses. "[El like de Facebook] junto a sus primos, los corazones de Instagram y Twitter, encapsulan todo lo que está mal de las redes sociales".

Ponen Me gusta, luego existo

Es cierto que la virtual ausencia de fricción que ofrece el botón me gusta le da su característica liviandad a las interacciones en redes sociales. Un me gusta por aquí, un me gusta por allá y nuestras obligaciones sociales están cumplidas. No necesitamos leer o mirar todo, más o menos vemos por dónde va la mano y ahí va el me gusta. "A Pepito le gustó esto", le aparece a los demás, y nuestra tímida contribución hace que los engranajes sigan moviéndose.

Pero esta dinámica es la que también devalúa nuestra experiencia. Si alcanza con un me gusta para qué entrar en detalles, podemos razonar. Así es como los esfuerzos de desinformación se dispersan, las conversaciones interesantes se vuelven más escasas y se enciende aquel programa en nuestras mentes que nos hace compararnos con los demás.

No por nada el icono del pulgar hacia arriba es el símbolo de las redes sociales. Nos mostramos al mundo dando pulgar hacia arriba y luego nos vemos a través de cuántos me gusta nos han dado. Volvemos al teléfono a cada rato para ver qué tanto valemos, es decir, cuántas veces esos corazones fueron cliqueados o tocados por nosotros. Ponen me gusta, luego existo.

Hace ocho meses y luego de una durísima enfermedad falleció mi gato. Durante aquel episodio, y durante el tiempo que resistió mi estómago, fui comentando semana a semana cómo iba todo. Eventualmente decidí dejar de escuchar tantas opiniones y cesé los posteos. Extrañado por la ausencia de mensajes de un amigo, con quien ya no hablo, opté por preguntarle si sabía que mi gato estaba enfermo. "Lo sigo por redes sociales", me dijo.

De Twitter a las conversaciones saludables

Preguntarle a nuestras amistades cómo están es mucho esfuerzo cuando podemos chusmearles su Instagram o pasear por su Facebook. Ni hablar de enterarnos con qué empresa se pelearon visitando unos minutos su perfil de Twitter. Si bien el ‘me gusta’ en Twitter comenzó como ‘favoritos’ y apuntaba a guardarnos algo para leer después, esa función fue mutando y pasó de la estrella dorada al corazón, más en línea con otras plataformas.

Pero tantos ‘me gusta’ pueden hacer mal, y esto obviamente las plataformas lo saben. De hecho, por ahí viene la mano del comentario de Dorsey: si la vara para nuestras conversaciones es el intercambio de ‘me gusta’, cuesta ver de qué modo podemos tener "conversaciones saludables", como se propuso incentivar desde la plataforma.

Al igual que en Facebook, desde Twitter reconocen que indicadores como el número de seguidores, de retuits o de me gusta hacen que los usuarios se esfuercen por hacer que estos números crezcan, a como dé lugar. Ni lo que tiene más retuits o me gusta es más relevante, ni las cuentas con más seguidores son necesariamente más importantes; pero es muy difícil concluir esto usando Twitter cotidianamente. El uso propuesto comienza en el diseño.

Facebook también lo sabe, y desde comienzo de año que busca cambiar las dinámicas de uso de la plataforma. En consecuencia de la intención de que el tiempo que pasamos dentro sea mejor aprovechado, vienen toqueteando sus algoritmos para priorizar aquellas publicaciones que abren conversaciones e " interacciones significativas entre las personas".

Claro que esto jamás implicaría quitarle su imperio al botón me gusta. Después de todo, Facebook funciona a base de armar mejores perfiles de cada uno de nosotros en torno a lo que ponemos pulgares arriba, corazones, estrellitas, comentamos, cliqueamos o lo que sea, y luego encontrarnos la pareja perfecta en forma de empresas que quieren exponernos a sus publicidades. Su ventaja competitiva está en que no tiene tanto que averiguar como otros competidores: se lo decimos explícitamente, un me gusta a la vez.

En un brillante ensayo publicado en The Atlantic, James Somers decía que el botón me gusta arruinó internet. Entre sus palabras Somers rescata el peligro de orientar lo que decimos en base a lo que otros indican con sus likes. Cualquier marco de referencia que pudiéramos tener se va al tacho y nuestra idea de lo que vale la pena se amolda a los caprichos ajenos.

Somers también cita a David Foster Wallace: "la gente tiende a ser extremadamente similar en sus intereses vulgares, lascivos y estúpidos, y terriblemente distinta en sus intereses refinados, nobles y estéticos". Guiarnos por los me gusta hace que lo que hacemos se parezca a lo que todos los demás hacen. Todos recibimos me gusta, todos contentos pero cualquier valor se evapora entre pulgares hacia arriba. Abrimos un diario, cualquiera, el que sea, y esto se hace insoportablemente obvio.

Pero como alguien marcó alguna vez que comenté algo así en Twitter, todo esto supone un interés subyacente por tener mejores conversaciones. Por poner al buen periodismo por encima del que genera clics. Por tener conversaciones saludables antes que acaloradas discusiones en las que no se cruza un solo comentario razonable.

Eliminar el botón me gusta podría hacer más difíciles estos mecanismos de validación externa a partir de todos estos numeritos, podría hacer más engorroso decirle a alguien lo que nos parece lo que hace, o bien podría hacer que nos volvamos más creativos al momento de interactuar con quien nos importa. Cuesta ver cómo esto podría ser algo malo.

Mientras tanto, parece que los rumores sobre la muerte del botón ‘me gusta’ han sido exagerados.