Vendrán lluvias suaves

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
Crédito: Shutterstock
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27 de marzo de 2019  • 09:48

Sucede algo muy extraño cuando nuestra casa empieza a actuar por sí sola. Vivimos en ella pero rara vez le atribuimos vida. Por eso es tan curioso lo que pasa cuando tratamos de volverla inteligente: en cierto sentido le estamos soplando vida.

En "Vendrán lluvias suaves", un cuento incluido en Crónicas Marcianas (1950), Ray Bradbury describe cómo funciona una casa cuyos habitantes ya no están. Temprano las paredes anuncian la hora de levantarse y la cocina se dispone a preparar el desayuno. Una serie de ratones mecánicos limpian y vuelven a sus metálicas madrigueras. Las rutinas se suceden sin pena y sin gloria.

Desde la entrada se escucha una voz que anuncia lluvia y sugiere tomar el paraguas. Afuera la puerta del garage se abre hasta que se aburre y se vuelve a cerrar. Nadie come el desayuno así que la propia casa lo descarta por las cañerías. En el jardín los regadores atienden lo que alguna vez fue césped delante de las cinco tétricas siluetas en la pared carbonizada de los antiguos ocupantes de la casa.

Al caer la noche, la voz de la pared se dispone a leer un poema, pero no recibe respuesta. Aventurada, elige uno de sus favoritos: "There Will Come Soft Rains", de la poetisa estadounidense Sara Teasdale. Aquellas líneas, publicadas en 1918, aludían también a la ausencia humana-"la misma primavera, al despertarse al alba, apenas sabrá que hemos desaparecido"-y al despliegue posterior de la naturaleza, indiferente a la extinción de la humanidad.

"La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros", escribe lacónico Bradbury. "Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles". Comidas preparadas pero no consumidas, juegos de mesa armados pero no jugados, poemas recitados pero no escuchados. El relato es testimonio de la falta de significado que la actividad de la casa tiene sin la presencia humana.

La elección del poema-tanto por Bradbury como por la casa inteligente que lo recita-no es inocente. En su tecnopesimismo, lo que el maestro literario denuncia es el absurdo de nuestras invenciones. La casa, programada para seguir rutinas, no es más que un esqueleto torpe al que le falta vida. Pero, en contraste, en el mundo pintado por Bradbury ya no hay siquiera naturaleza, solo torpes imitaciones mecánicas hechas por humanos.

Pensé en este cuento con la última incorporación que hice a mi humilde intento de casa del futuro. Desde hace algunas semanas, y luego de instalar un kit de luces inteligentes de Phips Hue, logré que la iluminación se acomode a mi antojo. Desde el teléfono, e incluso a kilómetros de distancia, manejo mi propio ensamble doméstico de robots: puedo anunciarle en voz alta a Google Home que llegué y sin titubear este pone alguna lista de música y prende las luces tenues. Al decirle que quiero leer, la música y las luces vuelven a acomodarse. Creo que hasta podría indicarle que habrá una fiesta y seguro sabría qué hacer. Si no pido más cosas es únicamente por falta de imaginación.

En apenas un año y medio de interactuar con un asistente digital desarrollé el reflejo de pedirle cosas en voz alta. Que cuál es el clima, que quiero escuchar cierta canción, que si tengo algo en mi agenda mañana, y así sucesivamente. A esa lista ahora le agrego la de pedir si sería tan amable de prender la luz del living o apagar la de la habitación, que ya me acosté y no me quiero levantar.

La automatización de nuestros hogares nos fuerza a entender la mecánica de nuestra cotidianidad. Si bien los dispositivos que hacen a las casas inteligentes están diseñados para adaptarse a nuestro día a día, suele resultar a la inversa: cambiamos la forma en que hablamos para que el asistente digital nos entienda, así como la forma en que interactuamos con la casa para que tenga más sentido automatizar sus funciones.

Recién ahora que puedo manipular algo tan fundamental para nuestra relación con el espacio en el que vivimos como lo es la iluminación, es que algo se siente distinto. El internet de las cosas acarrea consigo esa sensación entre lo encantado y lo embrujado: la casa que hace el desayuno aunque nadie viva en ella, o que prende las luces y pone música incluso antes de que cruce la puerta.

De lo que no me había dado cuenta hasta esta mañana viajando en colectivo es de que, al amoldarme a una rutina que yo mismo diseño y al enseñársela al cerebro mecánico que de la automatización se encarga, de algún modo le estoy mostrando a mi casa cómo vivir. Quizá algún día, entre que prende alguna luz, pone algo en el televisor y anuncia si va a llover, apenas sabrá que hemos desaparecido.

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