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La noticia de la declaración de la independencia de 1810 llegó a la Puna de Atacama en forma bastante amortiguada. Solo el paso del Ejército del Norte llevó algún indicio de cambio a la región, que tuvo la desgracia de caer entre dos fuegos: por un lado los patriotas que venían desde Salta y Jujuy y por otro los españoles que bajaban desde el norte del altiplano, el Alto Perú.
El fin del dominio español y el surgimiento de Bolivia como país independiente no significó que las guerras terminaran. Hacia 1840, el territorio de la puna era compartido por la Argentina y Bolivia. La frontera pasaba por las Sierras de Incahuasi, Cobres y Pastos Grandes, y respondía sobre todo a los límites de las haciendas más grandes. El oeste (los departamentos de Susques en Jujuy, Los Andes en Salta y Antofagasta de la Sierra en Catamarca) pertenecía a Bolivia, que ejercía una soberanía muy tenue sobre estas lejanas tierras. La Argentina, por su parte, no dejaba de reclamar su posesión.
Como resultado de la derrota boliviana en la Guerra del Pacífico en 1884, todo el sector pasó a manos de Chile; quien a su vez aprovechó el estallido de cólera en las provincias del norte argentino para avanzar sobre ellas con la excusa de establecer un cordón sanitario.
Entre idas y vueltas, tratados y pactos, el litigio argentino-chileno se solucionó recién 1899 con un árbitro internacional, que dispuso que de los 75 mil km2 del territorio en disputa, 64 mil km2 (85% del total) quedaran para la Argentina, y 11 mil (15%) para Chile. Pocos territorios han tenido tantos conflictos, cambios de dependencia administrativa y de soberanía. Luego de años y años de reclamos y luchas por conquistar la Puna, ésta quedaba finalmente anexada al país. Pero tras clasificar la zona y archivarla con el nombre de Gobernación de Los Andes, los argentinos se olvidaron tranquilamente de ella hasta que en 1943 se decretó su disolución. El territorio se anexó a las provincias limítrofes: el departamento de Susques a Jujuy, los departamentos de Pastos Grandes y San Antonio de los Cobres a Salta y el de Antofagasta de la Sierra a Catamarca.
En los primeros 50 años del siglo XX fue atravesada por ferrocarriles y explotada por empresas mineras, pero ni uno ni otras cambiaron el destino de olvido de la puna que se fue despoblando poco a poco y sin remedio.
Volver a empezar
Si la ruta 40 se caracterizó siempre por su extensión y recorrido cordillerano tan próximo a la aventura, la porción norte del nuevo trazado sí que redobla la apuesta. En un intento por crear una vía turística que saque a los pueblos puneños del anonimato, la flamante 40 se desplazó varios kilómetros al oeste. Ya no corre desde San Antonio de los Cobres, en Salta, por las Salinas Grandes hasta fundirse con la RN 9 cerca de Abra Pampa. En 2006 se resolvió cambiar casi todo este último tramo para hilvanar y dar a conocer muchos de esos caseríos desconocidos, cementerios multicolores, ruinas abandonadas e iglesias antiguas. Y cuando de novedades norteñas se trata, ahí sale LUGARES a explorar.
Con este nuevo trazado como base, nos lanzamos a recorrer el camino. Convocamos otra vez a Federico Norte de Norte Trekking Expeditions, experto guía, conocedor y amante de la puna tanto como la revista.
Con la camioneta 4x4 cargada de bolsos, mochilas, agua, mate y manteca de cacao contra labios resecos, salimos a la aventura. A poco de andar, descubrimos que gracias a la sed de siempre querer llegar un poquito más lejos de LUGARES íbamos a tener que hacer algunos desvíos, aunque no quiero adelantarme?
I PARTE
De San Antonio de los Cobres a Cusi Cusi
El Mojón
Sobre la ahora ex ruta 40, a sólo 35 km al norte de San Antonio de los Cobres, hay un maravilloso paraje con museo y todo, creado especialmente para que los viajeros se aproximen a la vida en la puna.
Allí nos recibieron y guiaron Victoria y Sandro Llampa; padres de una de las cinco familias emparentadas que viven en el lugar. En El Mojón, los Llampa tienen horno solar y comedor (con muebles construidos con bloques de sal), iglesia, granja con ovejas y criadero de conejos, huerta e invernadero, regados a través de un sistema de 20 km de cañerías que traen agua de las montañas. No obstante, la estrella es el Museo de la Puna, en cuyas paredes colgaron fotos de fiestas y costumbres de la zona, más un glosario de palabras regionales. También guardaron vestidos de los abuelos, viejas tinajas de barro, piedras para moler sal y maíz, antiguos materiales y utensilios de hogar. En el centro de la sala reprodujeron además una típica vivienda puneña de hace unos 30 años: un pozo cavado en la tierra con espacio para el fogón, cercado con maderas y ramas secas, que servían a la vez de protección contra el viento y los animales.
Puesto Sey y Huancar
Desde San Antonio de los Cobres la nueva 40 toma la ex 74, pasando por debajo del viaducto La Polvorilla. El camino avanza por el fondo de un cañadón y zigzaguea entre enormes rocas caídas de lo alto de las montañas, subiendo más y más hasta sobrepasar los 4.000 metros, y sale luego a una gran meseta de pastos secos y amarillentos, coronada por el magnífico volcán Tuzgle.
Puesto Sey y Huancar son los dos poblados de calles de tierra roja y casas de adobe que la ruta literalmente atraviesa antes de llegar a Susques. En ambos encontramos la mayoría de las casas cerradas; en época de pastoreo, hombres, mujeres y niños salen al campo con la hacienda (ovejas, llamas y cabras) y no regresan hasta terminada la señalada, ceremonia en la que marcan a sus animales, agujereándoles las orejas y atándoles lanas de colores.
Susques
Es un nudo en donde confluyen varios caminos. El más importante ?hasta ahora? es la ruta 52, que se dirige al Paso de Jama al oeste (gracias a lo cual el pueblo está invadido de camiones que hacen trámites aduaneros), y hacia las Salinas Grandes y Purmamarca por el este. Sobre esta ruta están además los hoteles y restaurantes. Nos acomodamos en el agradable hotel El Unquillar, donde tras una rica cena nos fuimos a dormir temprano.
La pequeña iglesia de Susques es probablemente la más antigua de toda la región. La última vez que LUGARES pasó por aquí, don Fausto Cruz era el encargado de guardar las llaves de tamaña reliquia. "Pero don Fausto trabaja en el registro civil, ya es mayor y no puede atender siempre a los turistas", nos confió su sobrina, doña Matea Vázquez. Dicho esto y sin más ceremonias, buscó las llaves en su casa y nos abrió el portón de entrada.
La construcción data de fines del siglo XVI, y tiene techo de madera de cardón ?sostenida por tirantes atados con tientos de cuero crudo? sobre el cual se apoya la paja despeinada que se ve en el exterior. El piso es de tierra apisonada, y las paredes están decoradas con pinturas de santos y santas realizadas con pigmentos naturales de la zona. La patrona de la iglesia es Nuestra Señora de Belén, cuya imagen, cuentan, fue encontrada por los antiguos pobladores debajo de grandes piedras detrás de la iglesia.
El Toro
Para subir hasta Mina Pirquitas hay que seguir por la ex 74, pero nos avisaron que el primer tramo estaba casi intransitable, así que salimos por la 16 para retomarla más arriba, y de paso, apreciar la vista del Salar de Olaroz. De todas formas, algo antes del cruce nos tentó explorar un trayecto desconocido para la revista, y en lugar de dirigirnos a Coranzulí, nos desviamos al oeste, a El Toro, una pequeña población instalada en una hoyada entre los cerros, lejos de toda ruta transitada.
En el pueblo dimos con la vivienda de don Puca, descendiente de la primera familia que se instaló en la zona. Su casa se encuentra a unos siete kilómetros, al lado de las ruinas de una antiquísima iglesia de piedra. Nadie sabe a ciencia cierta de cuándo data esa construcción, aunque muchos arriesgan que es de memoria jesuítica. Él la utiliza como cementerio −donde entierra a los suyos− de lado de adentro, y como una de las paredes del corral de sus cabras del lado de afuera.
A don Puca poco le importó quiénes éramos ni qué estábamos haciendo, pero a cambio de $2 aceptó sacarse algunas fotos con su manada de ovejas ataviadas con pedacitos de celofán. Nosotros pensamos que se los ponía para no perderlas en las montañas; pero él nos desasnó: el celofán es su sistema para espantar zorros. Y dice que funciona.
De nuevo en la 40
A pesar del pésimo estado del camino alternativo que elegimos, valió la pena. Atravesando arroyos y riachos llegamos a la iglesia de Rosario de Susques, abandonado tesoro al costado de la ruta en un paraje de ranchitos igualmente abandonados.
Luego recorrimos una verde meseta a más de 4.700 metros, donde la ruta se bifurca hacia la laguna de Vilama, al pie del cordón montañoso fronterizo con Bolivia. Por esa vez decidimos mantener el rumbo. Una tormenta eléctrica nos andaba persiguiendo y no teníamos ninguna intención de que nos tomara desprevenidos en tremendo descampado. Así, nos acercamos a Mina Pirquitas, volviendo a aparecer sobre la 40. La ruta no entra al pueblo sino que pasa cerca, y continúa hacia Orosmayo y Liviara, donde está la bifurcación que lleva hacia Cusi Cusi, por un lado, y a Rinconada y Abra Pampa, por el otro.
Desde aquí el camino comenzó a descender y serpentear suavemente, bordeando montañas de distintos colores y texturas hasta que finalmente llegamos al Valle de la Luna jujeño. Versión reducida del sanjuanino, se trata de una gran hoyada formada por coloridos acantilados que van del verde al gris y del gris al blanco, predominando el rojo por todos lados. Acordamos que mejor le vendría el nombre de Valle de Marte, y que, tal y como lo indica su cartel de punto panorámico, es parada indefectible para fotos.
Con las últimas luces del día llegamos a Cusi Cusi, agotados pero felices y extasiados de tantos paisajes.
II PARTE
De Cusi Cusi a La Quiaca
Cusi Cusi
El pueblo actual tiene unos pocos años, aunque en el fondo de la quebrada existe, solitaria, una capilla muy antigua. El único alojamiento de Cusi estaba cerrado; el dueño, Hipólito Quispe, se había ido al campo (por eso es mejor siempre llamar por teléfono con anticipación a la cabina del pueblo para avisar de la visita). Por suerte, no tuvimos problema para acomodarnos en la municipalidad ?a pesar del tremendo ruido de la usina? y cenar en casa de Benita Llampa, simpática lugareña y excelente cocinera.
Al otro día resultó que no logramos sacarle la timidez a la gente y finalmente el único que se quedó quieto y firme para la foto fue el colorido busto de San Martín, ubicado en el centro de la plaza.
Para apuntar el dato, volvimos a pasar por el Valle de la Luna y nos encontramos con que todos los colores que maravillosamente brillaban la tarde anterior se encuentran absolutamente a oscuras y faltos de atractivo por la mañana.
San Juan de Oros y Misa Rumi
El siguiente pueblo fue Paicone, rodeado de coloridos cerros. Hasta aquí llega hoy la RN 40. Lo que sigue pertenece a una segunda parte que tiene, sí, un final anunciado: La Quiaca. Y si bien cuesta que a uno le suene Paicone como final del recorrido, es aquí donde hoy termina la ruta. Basta avanzar unos kilómetros para comprender que la desolación de la región hace difícil darle carácter de nacional a los próximos intransitados caminos.
Hasta hace unos cuatro años, San Juan de Oros era un pueblo fantasma con una hermosa capilla. Esta vez, en cambio, encontramos a un grupo de personas en plena esquila de ovejas, a la antigua usanza, cuchillo en mano.
Misa Rumi se encuentra a escasos cinco kilómetros. Esta pequeña población se hizo popular a principios de los 2000 cuando el programa de televisión Sorpresa y media les construyó la escuela. Por otra parte, Misa Rumi tiene la particularidad de ser un pueblo ecológico. Cuentan con grandes paneles solares que usan en cocinas y hornos, un gran tanque de agua de 50 litros y un invernadero con regadío, lo que les permite contar con productos caros y exóticos: verduras frescas.
Rinconada
Desde el acceso a San Juan de Oros y Misa Rumi, el trazado de la futura RN 40 coincidirá con el de la RP 65 para internarse en la Quebrada de Oros por un camino transitable la mayor parte del año. A la salida del valle se llega a un pueblo denominado Oros, rodeado de altos cerros, y luego la ruta asciende en forma brusca, sale a un abra y atraviesa Timón Cruz. Desde allí corre hacia el norte, a Oratorio, y sigue recto por una planicie hasta Santa Catalina, en donde hay que tomar al este por la RP 5 hasta La Quiaca, y así llegar al punto final del recorrido.
"Transitable la mayor parte del año" es sinónimo de "intransitable en verano, época de lluvias". Como nuestro viaje ocurría en febrero, en Misa Rumi tomamos un camino de huella hacia el sureste, a Rinconada, que por momentos se nos perdía entre piedras y pastizales. Finalmente como camino no resultó la mejor opción, pero los paisajes de cerros y formaciones rocosas no nos decepcionaron.
Rinconada es uno de los pueblos más altos de la zona (3.950 metros), y mantiene el aspecto de haber sido próspero alguna vez. No por nada se autodenomina rincón aurífero de la patria, según el cartel frente a la plaza del pueblo. Como reflejo de la riqueza de la región, muchísimos parajes de la zona llevan el mineral en su nombre: Rinconada de Oro, Orosmayo, San Juan de Oros? pero fue en Rinconada donde, en la década del 30, se encontró la pieza más grande del país. Pesaba alrededor de siete kilos y era del tamaño de una papa.
Las orillas de muchos cursos de agua en la comarca contienen oro aluvial que todavía lavan pequeñas empresas y esperanzados lugareños con fuentones. Los pobladores sacan del río algunas pepitas minúsculas que compran y venden en Villazón, Bolivia. Eso sí, antes de empezar a trabajar, nunca olvidan hacer una ofrenda de coca, vino o cerveza a la Pachamama. Doña Prima Esquivel, por ejemplo, conservaba hasta hace poco en su almacén la balanza que utilizaba en sus tiempos de próspera comerciante. Con un dejo de melancolía y un poco de frustración nos contó que ya no se saca casi nada, apenas unas chispas que se llevan directamente a la frontera boliviana.
Laguna de Pozuelos
La enorme cuenca de la Reserva de Pozuelos llega hasta el límite con Bolivia y alberga la conocida laguna declarada Monumento Natural, con sus más de 40 especies de aves. El ingreso está a pocos kilómetros de Rinconada, pero el camino para pasar con vehículo se corta mucho antes de llegar al espejo de agua.
Para aproximarnos tuvimos que dejar la camioneta y caminar unos dos kilómetros cruzando una pampa verde con llamas y vicuñas, que observaban cómo nos acercábamos. Acercarse es un decir: ya caminar en el pantanoso suelo no resulta nada fácil y a medida de que uno avanza los famosos flamencos disimuladamente se alejan más y más. Lo más recomendable es llevar binoculares para instalarse horas a disfrutar de la inmensa naturaleza del lugar.
Como a lo lejos amenazaba tormenta eléctrica otra vez, nos apuramos a llegar hasta La Quiaca por la ruta 69, bordeando la laguna. Nos alojamos en el Hotel de Turismo, y después de cenar abundantemente, nos fuimos a dormir, arrullados con el ruido de la lluvia.
III PARTE
De Yavi a El Angosto
Yavi
Sobre ruta de asfalto (¡al fin!), al cabo de 17 km al este de La Quiaca se llega al Histórico Pueblo de Yavi. El poblado de casitas de adobe tiene apenas unas cinco cuadras de largo y dos de ancho, y parece absolutamente detenido en el tiempo.
La llave de la iglesia la guarda Lidia, que vive enfrente y quien nos pidió expresamente respetar los horarios de visita (nos ganó el entusiasmo y llegamos 15 minutos antes de las 9). Se dice que la iglesia de Yavi es la más linda de la ruta 9, y cuando finalmente pudimos verla por dentro entendimos la razón. La construcción data de 1690, y tiene dos retablos de madera laminados en oro, además del de la capilla de la familia Ovando. En lo alto del retablo principal hay una imagen flamenca de la Virgen con el niño, la única proveniente de Europa y la más antigua (del 1500). Las paredes están decoradas con pinturas cuzqueñas y las ventanas, cubiertas con piedra ónix.
Frente a la iglesia se encuentra la gran casona colonial del marqués, convertida en museo con biblioteca, de donde hace algunos años robaron un antiguo ejemplar de Don Quijotede la Mancha. Allí también funciona una escuela de arte (ver nota aparte).
Pueblo chico, corazón grande, Yavi recibe cada año más visitas, y de a poco se va aggiornando. Sobre el boulevard se abrieron algunos nuevos alojamientos para jóvenes y mochileros. Tal es el caso de La Casona de Mónica y de Quetzal, de Mónica Calizaya y su hijo, respectivamente. La novedad es la hostería Pachama, en la entrada del pueblo, con restaurante donde sirven almuerzo y cena.
Santa Catalina, "cofre de virtudes y tradiciones"
Al oeste de La Quiaca, la ruta 5 corre casi en paralelo al límite con Bolivia, y de vez en cuando se atisban los hitos fronterizos. Santa Catalina es una encrucijada de caminos que irradian hacia El Angosto, La Ciénaga, Cienaguillas y Oratorio (la futura RN 40).
Es una población grande y antigua, ubicada en un lugar habitado continuamente desde el siglo XVIII, con cancha de fútbol y tribuna donde se organizan torneos contra equipos de todo el departamento. Se destaca también el paseo artesanal con el nombre de Mercedes Sosa, homenaje a la "embajadora cultural y máximo exponente del folclore argentino" (honor que le otorgaron tras el concierto del año 2000, que tuvo revolucionado al pueblo durante varios meses). Al lado está la hostería municipal que recibe turistas y sirve almuerzo y cena, si se avisa con antelación.
Frente a la plaza ?rodeada de un cerco de madera pintada de celeste y blanco? se encuentra la secretaría parroquial, donde se guarda la llave de la iglesia cuando ésta se encuentra cerrada, para no molestar a doña Pascuala, quien todavía conserva una copia. La iglesia es de alrededor del 1700 y su decoración impacta. Es diferente de todas las anteriores: el altar es rojo furioso, y los laterales están atestados de pequeñas imágenes que se tallaban en el pueblo y que lo abuelos de las actuales generaciones dejaron allí como donación.
El norte del norte
Después de días de andar y andar, todavía estábamos con ganas de un poquito más. Como la última vez que un equipo de LUGARES anduvo por estos pagos no se pudo llegar hasta El Angosto por el estado del camino; se nos ocurrió que esa era una excelente manera de completar el itinerario.
Volvimos a vadear arroyos y atravesar ríos, transitamos por un peligroso camino de cornisa con un precipicio que daba vértigo, otra vez trepamos a más de 4.000 metros, y desde allí, un inmenso paisaje nos mostró una cadena de altas montañas de distintos colores; atrás, Bolivia; al pie, se suponía El Angosto.
No había letreros, carteles ni indicaciones de ninguna clase, pero seguimos adelante hasta que del filo de la montaña, el camino comenzó a descender en curvas y contracurvas. Abajo se convirtió en una huella de tierra roja que se perdía entre los espinillos. Callados y algo nerviosos, decidimos seguir hasta que de la nada aparecimos en el pueblo, tan sorprendidos y contentos que casi gritamos de emoción.
Lo hicimos. Finalmente llegamos al último (o el primero), de los pueblos del país.
Nos recibió Javier Huallar, sorprendidísimo, quien nos contó que allí viven unas 40 familias, y que rara vez alguien entra o sale de allí. En realidad, los únicos forasteros que pasan por El Angosto son bolivianos con sus caravanas de llamas, acortando camino antes de volver a entrar a su país.
Asentado al borde del Río Grande, El Angosto es autosuficiente, tiene un microclima que le permite poseer algunas plantaciones como maíz, papas y girasol, y mantener la hacienda. Tras probar una deliciosa humita con queso de cabra, y con la promesa de un cabrito al asador para la próxima, emprendimos la vuelta.
Mas y más puna
De Santa Catalina a El Angosto hay sólo 30 km, pero el camino fue tan complicado que la visita nos robó más de tres horas entre ida y vuelta. Así y todo, quisimos exprimir el tiempo que nos quedaba y comenzamos a bajar nuevamente a la laguna de Pozuelos desde Cienaguillas, esta vez por la ruta 7, para dar la vuelta completa a la Reserva.
Pasamos por el puesto ?cerrado? del guardaparques y seguimos camino para salir a la ruta 9 por Abra Pampa y llegar ya con noche cerrada a Tilcara, donde nos esperaba Nourredine Zaouali en el hotel Cerro Chico.
Nourredine es "el francés" para todo el mundo; un claro ejemplo de los tantos extranjeros que se enamoraron de la zona, su gente y su cultura, y que decidieron quedarse para siempre.
En Tilcara construyó su hotel, que lleva el mismo nombre que el cerro en donde está ubicado, a dos kilómetros del pueblo. Las siete habitaciones están separadas y casi mimetizadas con el paisaje; todas son de adobe y piedra, con vistas maravillosas a la quebrada y con decoración regional, rústica, y acogedora.
Después de tanto viaje, en Cerro Chico nos instalamos finalmente a descansar, con un cielo limpio salpicado de estrellas.
El recorrido nos dejó a todos exhaustos, 100% agotados. Así y todo, la puna volvió a conquistarnos, su inagotable inmensidad y su mágico no sé qué se nos metió adentro, y la verdad, la verdad, nos daba mucha pena terminar el viaje. Tengo que confesar que, a falta de fuentes, tiré una piedrita en la piscina del hotel. A ver si me toca volver.
Por Lucía Jutard
Fotos de Santiago Porter
Publicado en Revista LUGARES 132. Abril 2007.






