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Es el Impenetrable, como se conoce a esa zona de monte bajo y enmarañado que abarca los departamentos de General Güemes y Almirante Brown. El Impenetrable fue y es tierra aborigen, donde tobas y wichis conservan su etnia intacta y sus costumbres ancestrales; es el antiguo Territorio Indio del Norte sometido en los mismos tiempos y modos que impuso la Conquista del Desierto; es una inmensidad forestal virgen que padeció la tala indiscriminada a fines de 1800, y hoy, dos siglos más tarde, se propone al viajero como un excelente escenario para el turismo de aventura.
Hacia el oeste se abre "el desierto", formado por la mata pinchuda del vinal, los espinillos y el cardo. Por el este, la selva en galería se difunde cerca del cauce del Bermejo con una perseverancia de frondas que mitigan las altas temperaturas. Algarrobo, brea, tartané, timbó, jacarandá, Francisco Álvarez (así se llama el árbol) y aromo. Del reino animal, conviven monos, coatíes, yaguaretés, pumas y osos hormigueros, víboras venenosas y aves tan coloridas como los tucanes. Un lugar de aquellos.
El viaje ?el primero de LUGARES al Chaco? arrancó en Castelli, una pequeña ciudad a 300 km de Resistencia, puerta de entrada oriental al Impenetrable. Llegamos un domingo a la tarde y el único acontecimiento interesante, a esas horas, era un partido televisado entre Boca y River. Por lo demás, el calor de junio era tan agobiante como un enero porteño, y el entorno, sólo desolación.
Buscamos sosiego en el Hotel Florencia, sobre la calle principal. Por la puerta se escabullía una brisa caliente; Caro y yo, traspuestas por el cansancio y el brusco cambio de clima. Pero la noche vino rápido y el aire acondicionado de la habitación veló nuestros sueños de un tirón.
Amanecimos temprano, desayunamos frugal con mate cocido y bollos de harina fritos, y a las 8 en punto, Carlos Schumann, nuestro anfitrión, nos pasó a buscar para iniciar la expedición. ¡Ah, bueno! ?dijimos con Caro cuando lo vimos con el camioncito todo terreno. ¡Igualito a los que se ven en los safaris sudafricanos!
Hacia El Impenetrable. Nuestro destino iba a ser Villa Bermejito, una villa balnearia a orillas del río homónimo y uno de los lugares de veraneo preferidos por los chaqueños, a casi 70 km de Castelli. Haríamos base en el complejo turístico ?a cargo de Carlos? allí ubicado. Rumbeamos hacia el norte y al dejar el asfalto, la cosecha del algodón se nos reveló en plena actividad. De lejos, las níveas hilachas brillaban entre los pétalos amarillos de la flor del algodón; ya de cerca, esa imagen quedó más definida y apreciamos la nitidez de un fruto con forma de capullo que explota en suaves hebras, entre las que se esconden las semillas, negras y delgadas como granos de arroz. Después le siguió el horizonte llano, un palo borracho solitario rompiendo esa monotonía, y a unos metros, el camino devolvía la certeza del monte, con arbustos espinosos y árboles que superan los 20 metros de altura. La tierra seca y la polvareda nos cubrieron de tal forma que parecíamos camuflados; yo me sentía parte indisoluble del desierto y nada más quería tomar litros de agua. Cada vez que algún norteño ?o criollo? pasaba a caballo, nos deteníamos: iban tan prolijos que no los queríamos arrastrar a nuestra misma suerte. Pasamos, y visitamos, escuelas rurales y una comunidad aborigen, cuyos integrantes odian que se los llame indios.
La tarde ya declinaba y, aprovechando los últimos dorados, estiramos las piernas en una caminata por la costa de la Laguna del Yacaré; acá suelen verse yacarés, carpinchos y lobitos de río, pero no tuvimos la suerte de verlos. Detrás de este espejo corre el Bermejo.
Los tobas. La mayoría vive en el monte, y no todos tiene título de propiedad, a pesar de estar reconocidas las 365 mil hectáreas que se les destinaron. Reunidos en comunidades rurales o urbanas, con líderes elegidos por ellos, viven pobres y marginados, dependientes a nivel político y económico de la sociedad dominante. Apenas si cultivan y trabajan ocasionalmente como peones temporarios; otros trabajan en alfarería, cestería y tejeduría. Se los puede localizar distribuidos en Resistencia, Quitilipi, Machagai, Sáenz Peña, General San Martín, Castelli, Miraflores y Pampa del Indio.
Fue en Pampa Argentina que saludamos al cacique-pastor Camilo Juárez. El hombre nos hizo pasar a la iglesia, dándonos la bienvenida tímidamente. Alrededor, los ranchos de las familias que componen su grupo, mantienen la tradición de construir sus viviendas con barro, hacer el alero de paja y el fogón al ras del piso. El culto evangelista es el predominante en la zona y los jefes de la comunidad también ofician de tales en la iglesia; se reúnen los domingos y cantan sus canciones en toba.
Hemos visto muchas escuelas que sirven de hogar en los meses de clases, porque así los niños además de educarse, comen. La más llamativa es la CEREC (Centro Educativo Rural El Colchón); es bilingüe intercultural ?hablan castellano y aprenden toba?, y van chicos entre 13 y 25 años. "Durante marzo, abril y mayo, la gran mayoría trabaja en la cosecha de algodón, pero luego las aulas están completas", nos explicó Ricardo Charolé, el maestro aborigen que los instruye.
Al segundo día fuimos a La Peloré ?pozo que no seca, quiere decir?, otro barrio aborigen sobre el Bermejito. Teníamos que cruzar el río, y para eso hubo que dar señales de nuestra presencia a grito pelado. Una vecina que nos escuchó tomó la balsa, hecha con tambores de lata, y con un cable a modo de pasamanos que une ambas costas ?y además evita moverse tanto con el viento, nos hizo pasar del otro lado. ¡Toda una experiencia! Nuestro plan de hacer una cabalgata por los alrededores no resultó (fue imposible conseguir caballos), pero ganamos el afecto de los niños de la escuela cuando repartimos los chupetines que sacamos de las mochilas.
Carlos insistió en llevarnos hasta el Cristo del Impenetrable, pese a la lluvia que amenazaba, y allá partimos. Hicimos varias paradas previas, entre ellas, en el Puente de la Sirena, portal de la reserva aborigen; visitamos a la enérgica Tita Montes, que teje en telar, y con su nuera también hace canastos de palma blanca. Pasamos raudos por El Espinillo, el único pueblo dentro de la Reserva; hasta Nueva Pompeya, a 180 km, no hay otro. Nos sorprendió ver autos, porque desde que abandonamos Castelli no pasó ni uno. La enorme escultura de Palo Santo nos recibió con los brazos abiertos. Chaco es la provincia de los escultores y saben trabajar como nadie la madera.
El final del final. No lo íbamos a dar por terminado sin disfrutar del agua: agarramos el bote de madera y salimos desde el Puente de la Sirena por el Bermejito, hacia el complejo. No queríamos perdernos el detalle de cruzar ese brazo, que por momentos parece imitar al Amazonas con su vegetación de vinales hundidos y cubiertos por enredaderas, con isletas que aparecen de golpe y camalotes indecisos, flotando de aquí para allá a merced de la corriente. Al atardecer, fue soñado tomar el té en el catamarán, hasta llegar a la confluencia con el Bermejo y pisar sus costas con lame, o arena "que chupa", casi casi movediza.
El cierre llegó con broche triunfal en tres partes. 1) En la radio local FM ADQAIA ?hermano espiritual?, que cumple una importante función social en 150 km a la redonda y en la que fuimos invitadas de honor. La radio cuenta con un par de personajes que le ponen onda a la Villa Bermejito: un asturiano, Alfonso De Avilés y Hubert Oswin Arkwright, nieto de inglés y santiagueña. 2) El pacú a la parrilla que Jorge ?encargado del buffet de las cabañas? pescó y preparó con especial dedicación para nosotras. 3) El concierto de armónica y chamamés que nos dio don Robles, mano derecha de Carlos en el complejo.
El Chaco es un destino sólo apto para quienes estén dispuestos a ver, más allá de la dureza del paisaje, la belleza espiritual de sus habitantes. Un mundo ausente de lujos, más bien hecho de carencias y muchas voluntades.
Por Julia Caprara
Fotos: Carolina Aldao
Publicado en Revista LUGARES 91. Julio 2003.






