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Cada tanto pasa un tractor. O un camión que transporta hojas de tabaco. O un gaucho en bicicleta, escuchando su radio portátil. Chico es Chicoana, aunque registra algunos hechos con lustre de proezas, a saber: fue el primer lugar donde se dio una misa en suelo nacional, en 1536, escenario de batallas libradas por tropas gauchas al mando del coronel Luis Burela contra los realistas y, mucho antes de eso, tierra de indios chicuanas, venidos del Cuzco. La versión actual del prócer chicoanista tiene cara de mujer: es la campeona del tamal, Doña Julia Ortega, y la flamante campeona de la empanada, Patricia Cruz.
Todo luce genuino por aquí, desde las casas de piedra y adobe y las farolas de hierro, con el estilo colonial de antaño, hasta las tradiciones arraigadas en sus pobladores, tan adeptos a los festivales regionales, los rituales y las leyendas. Hace poco el pueblo se paralizó o, mejor dicho, se revolucionó, porque un grupo de lugareños aseguró haber visto un OVNI en la zona de la Quebrada de Tilián. Fuera de este acontecimiento extraordinario, el ritmo es el de un pueblo típicamente provinciano. Es decir, apacible, sin sobresaltos. El punto de encuentro a toda hora es la plaza Güemes, cercada para los animales y accesible para el resto por unos molinetes de madera que imitan unas tranqueras. La cita infaltable es la misa de los domingos, donde patrones de finca y peones asisten con sus familias y, más tarde, se mezclan a puro chisme en la puerta.
Chicoana resiste al paso del tiempo con su mayor valor: se muestra tal cual es. Será por eso que Tony y Roxana Street decidieron abrir hace tres meses Bo Hotel de Encanto & Spa, justo en la entrada del pueblo. Después de vender su B&B de Salta, Bloomers en 2006, buscaban un lugar tranquilo para desarrollar un proyecto de turismo ecológico. En una visita por Chicoana descubrieron, por esas cosas del azar, que la propiedad con la que alguna vez soñaron estaba en venta. Ahora o nunca, pensaron, y al poco tiempo transformaron la espléndida casona de 1890 en un hotel de seis habitaciones con detalles design, un regio jardín con pérgola y pileta, y un spa. Casi ni alteraron la estructura original, excepto por la cocina nueva y los baños que Tony dejó sin puertas, fiel a su admiración por los ambientes integrados. Una galería en ele, varios macetones pintados de colores vibrantes, muchas flores? y ya estaban listos para recibir huéspedes.
De París a Chicoana
Cuando le preguntan a Tony, mitad inglés y mitad francés, por qué decidió instalarse en este pueblo minúsculo, él contesta con tres argumentos: es sencillo, ecológico y la gente es auténtica. Quiso reflejar esa esencia en su emprendimiento y, entonces, lo bautizó Bo, a secas, que es la trascripción fonética de beau (bello, en francés). Tony y Roxana ?de nacionalidad peruana ella? se conocieron en París. Juntos abrieron varios restaurantes en Francia. Uno de ellos, Bapz (Toulouse), cosechó grandes críticas y muchos seguidores.
Esa pasión por la gastronomía se reedita en Bo, donde Tony les da a sus huéspedes clases de panes saludables ?su especialidad? y Roxana los deleita con recetas peruanas, como el ají de gallina y la causa con remolacha, palta, atún y papa. Otro lujo gourmet es la presencia de Pato, la campeona local de las empanadas, que también enseña sus secretos en el arte del repulgue. La idea es que ella esté a cargo del próximo proyecto del hotel: un restaurante de comidas regionales.
Las propuestas de Bo son tantas como ganas tengan los huéspedes: cabalgatas por los alrededores, tareas rurales en una finca, clases de danza criolla, pesca de truchas en Pulares, excursión a la Cuesta del Obispo o, simplemente, desparramarse en una reposera junto a la pileta. El spa ofrece masajes con productos naturales de la zona. Si la inspiración se despierta, también se puede pintar con óleos y acuarelas sobre unos lienzos.
La ideal es quedarse tres días, antes o después de recorrer los valles calchaquíes. Pasar a tomar el té debajo de los lapachos y frutales del parque es otra forma de conocer el lugar aunque, una vez allí, dan ganas de extender la estadía.
Tierra de tabaco
Pasar por Chicoana supone una aproximación al mundo del tabaco, que es lo que marca el pulso de la vida en este lugar. Tres meses ?entre diciembre y marzo? dura la cosecha y el secado de esta planta traída por los españoles desde Centroamérica. En esa época, las estufas humeando son la postal permanente y el aroma de las hojas impregna todo el pueblo. En los campos de los alrededores se pueden ver decenas de hombres encorvados, que cosechan hoja por hoja.
El proceso se puede seguir de cerca visitando alguna finca tabacalera, como Santa Rosa, una de las más importantes de la zona. Allí subsisten, cual monumentos, varias estufas de adobe a leña junto a las actuales?menos pintorescas?, que funcionan a gas. Colgadas en gavillas, las hojas van mutando de su verde original a un amarillo pálido. Después pasan al sector de la clasificación, donde unas 20 personas las separan según su calidad. Una vez empaquetadas, van directo a las empresas tabacaleras.
El pueblo le rinde tributo al cultivo durante la Fiesta Provincial del Tabaco, el 1º de agosto, que incluye desfile de maquinarias de trabajo y elección de la reina. A pesar del culto popular, pocos de sus habitantes fuman. Si de vicios se trata, se impone lo autóctono: aquí todos mascan coca.
Por Cintia Colangelo
Fotos de Xavier Martín
Publicado en Revista LUGARES 156. Abril 2009.



