La costa que Bolivia perdió

La pujante ciudad de Antofagasta, vista desde un alto.
La pujante ciudad de Antofagasta, vista desde un alto. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan
Cintia Colangelo
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1 de octubre de 2018  • 16:24

Los puertos chilenos de Antofagasta y Arica, Mejillones, Tocopilla y Cobija son parte de la histórica zona en disputa desde la Guerra del Pacífico. El reclamo de Bolivia para recuperar una soberana salida al mar acaba de recibir un fallo adverso en el Tribunal de La Haya .

Contemplación en el muelle de pescadores de Arica.
Contemplación en el muelle de pescadores de Arica. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Entre el mar y la montaña aparece Cobija. Es una franja costera deshabitada, sólo ruinas, pero cargada de simbolismo: fue el primer puerto boliviano, creado en 1825 por Simón Bolívar, como Puerto La Mar. Después de la Guerra del Pacífico Bolivia perdió su costa y quedó condenada a la mediterraneidad. Evo Morales nombra Cobija cada vez que se refiere al acceso al mar. Todos los bolivianos la lloran y añoran pero, por ahora, tienen que conformarse con ver el Pacífico en fotos.

La playa Hornitos, escapada selecta de los santiaguinos, a 40 kilómetros de Cobija, el primer puerto boliviano.
La playa Hornitos, escapada selecta de los santiaguinos, a 40 kilómetros de Cobija, el primer puerto boliviano. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Más adelante surge la playa Hornitos. Es el balneario top de la gente que vive en Antofagasta. Hay casas de veraneo, construidas contra un paredón de roca y separadas del mar por una ancha franja de arena. En Hornitos no hay electricidad, ni agua potable y es un lugar al que hay que ir cargado de provisiones. Así de rústico lo quieren mantener, más por exclusividad que por hippismo o ecologismo.

Le sigue Mejillones. Está la playa y el edificio de pino oregón de la Capitanía, con su torreón y el faro. Hay gente en el paseo costero, niños que juegan, algunos pescadores en el muelle. Y, aunque un chico revela que a la ciudad la llaman "Mejifome" (fome: aburrido, en chileno), así, a simple vista, parece simpática.

Capitanía del Puerto de Mejillones.
Capitanía del Puerto de Mejillones. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Vidriera patriótica en Mejillones.
Vidriera patriótica en Mejillones. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Antofagasta

Sobre la ruta que bordea el océano hay autos último modelo, edificios con reflectores que apuntan al cielo, joyerías, hoteles cinco estrellas, casino y todo está rodeado de palmeras. Mucha luz y mucho cemento que contrastan con la nada absoluta de alrededor.

Antofagasta podría ser la Dubái de Latinoamérica, pero cada ladrillo fue construido, no con petróleo sino con cobre. Aunque tuvo un primer envión como puerto salitrero, la ciudad creció gracias al boom minero. Lo confirman los números: torres de 30 pisos, más de 20 mineras, 19 vuelos diarios desde Santiago y un PBI per cápita de u$s 27.061, el más alto del país.

El Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, constituido en Londres en 1888 como Antofagasta Bolivia Railway Company, en la época del auge salitrero.
El Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, constituido en Londres en 1888 como Antofagasta Bolivia Railway Company, en la época del auge salitrero. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Muelle salitrero histórico, en Antofagasta.
Muelle salitrero histórico, en Antofagasta. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Lo más pintoresco se encuentra cerca del mar: el muelle histórico, el ferrocarril y la Plaza Colón, con una pequeña réplica del Big Ben londinense. Está La Portada, ese arco de piedra sobre el mar, el monumento natural de la ciudad. Y la terminal pesquera donde, entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde, se puede probar jaiba, camarones, ostiones, locos, erizo, reineta, pulpo y otras glorias acuáticas de esta franja del Pacífico.

La Plaza Colón, epicentro de la ciudad de Antofagasta.
La Plaza Colón, epicentro de la ciudad de Antofagasta. Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Tocopilla

Las casas están pintadas de colores chillones y contrarrestan el monocromo beige del desierto. Los tocopillanos también ponen su color. Como Tati, una drag queen vestida de fucsia, que sale por las calles con una canasta a vender dulces. Jura ser la estrella del lugar, que hasta los perros la conocen. Los autos le tocan bocina y ella les devuelve besitos con la mano.

Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

O Gregorio Chang, el peluquero chino fanático de Gardel que le cortó el pelo y "las chuletitas" (patillas) a tres generaciones. Por su sillón pasó alguna vez el escritor y cineasta Alejandro Jodorowsky, que nació acá. Él le pidió al señor Chang que actuara como extra en su película La Danza de la Realidad. El director buscó revivir su infancia en los años 30 y transformó las calles en un set de filmación: un almacén tiñó de negro su fachada y se tornó en funeraria; "reabrió" el viejo Cine Ideal y la Casa Ukrania, donde el padre de Jodorowsky vendía artículos de contrabando traídos en los barcos salitreros; surgió un imaginario bar La Urgencia y en otro local se instaló un enorme zapato rojo de charol… al punto que cuesta distinguir entre realidad y ficción.

Lo que no es parte de la escenografía son los carteles que anuncian un simulacro de tsunami. A cada rato tocan sirenas y evacúan los edificios. Nadie quiere revivir lo que dejó el terremoto de 2007, cuando hubo que reconstruir todo desde los escombros, arrancar de nuevo. Después, la gente aprendió a relativizar, a vivir con alegría, y eso se percibe en el aire.

Fuente: Lugares - Crédito: Cecilia Lutufyan

Aunque no parezca, se mueven unos cuantos billetes en Tocopilla, gracias a la central termoeléctrica que abastece a Chuquicamata, donde trabaja casi la mitad de la población. El mercado del puerto tiene su propia dinámica. La actividad arranca muy temprano y a media tarde baja el ritmo, cuando los pescadores amontonan lo que queda de la pesca del día. Salen mucho la cojinova, el congrio, la albacora y el tiburón.

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