Cuatro estancias correntinas

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11 de noviembre de 2009  • 00:00

Tienen santos propios y deidades que ninguna iglesia reconoce. Fueron políticamente indómitos y aún hoy sostienen principios de flagrante anacronismo: los liberales usan pañuelo celeste al cuello y el de los federalistas es colorado. Sus mitos y leyendas impregnan el aire en los territorios rurales como el único oxígeno posible. El guaraní es su lengua y el chamamé, una expresión de identidad regional que se sintetiza en ese grito viril llamado sapukay. Los correntinos son la encarnación de la ley aparte, una bandera de talante independista que flamea orgullosa en el corazón de la Mesopotamia. Por una vez, la rectilínea división fronteriza establecida por voluntad de los hombres ?con Misiones al norte y Entre Ríos al sur?, coincide con una realidad geográfica y cultural específicas.  



Compendio de historia argentina y de realismo fantástico, así es Corrientes. Tuvo revoluciones de comuneros ?en el siglo XVIII? que derivaron en operativos antijesuíticos; en sus fueros brotó Curuzú Cuatiá, primer pueblo argentino post mayo de 1810;  fue, además de base mitrista en la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), cuna de un hombre grandioso, don José de San Martín, hijo pródigo de Yapeyú. También lo fue de algunos anónimos honorables que ganaron idéntica inmortalidad, como Juan Bautista Cabral, nacido en Saladas, granadero ascendido a sargento (1813) y catapultado al otro mundo cual soldado heroico cubriéndose de gloria al dar su vida por el general. Y cuna de otros, que por razones muy distintas pero igualmente consideradas patrióticas, se añaden a la lista de personajes correntinos. Empezando por Antonio Mamerto Gil Núñez, también mentado Curuzú Gil y conocido por todos como Gauchito Gil.



A poco que se escarbe en la idiosincrasia popular, aflora el culto a este tipo de héroes; gauchos también ellos, de talante robinhoodiano, aunque de alcance más doméstico, sus nombres perviven en la memoria de la gente. Es el caso del autonomista Olegario Alvarez ?el gaucho Lega? y del liberal San Antonio María, que además de repartir entre los pobres bienes que no le fueron propios, se hizo predicador de la fe cristiana en los pagos de Concepción. Este detalle piadoso, sin embargo, no lo salvó de morir decapitado, al estilo Gil.



Del otro lado de las gestas históricas y las razones de los mártires populares están las fuerzas protectoras de San La Muerte, Santa Librada, del Santo Madero, de Itá-Pucú... Y está ese sedimento de creencias guaraníes que derivó en una numerosa y fantástica prole mesopotámica, integrada por un ser mutable (E-Yara se transforma en flamenco para seducir doncellas), animales de bizarras fusiones (una víbora con cabeza de perro ? Mboi- yaguá? que habita en los esteros; un pez con cabeza de caballo ?Pirá-nú? que ataca las embarcaciones), otros medio humanos (el Yaguareté-Abá, feroz hombre tigre), un gigante antropófago llamado Caá-Porá (que además fuma pipa hecha de un cráneo), un enano perturbador que anda desnudo (el rubio y barbudo Yaspí-yateré, raptor de niños y mujeres) y puede hacerse invisible gracias a un bastón ¡de oro! (Cabría preguntarse de dónde conocerían este metal precioso los guaraníes...). Tampoco falta el visitante de la siesta, un hombre peludo ? Curupí? que tiene la manía de andar en cuatro patas y es capaz de enlazar a féminas e infantes ?una vez más? con su desmesurado miembro. Y así sucesivamente.



En nuestro largo viaje no nos topamos con especimen sobrenatural alguno ni en el más solitario de los recodos palustres. Nada hubo que alterara la profunda serenidad de las noches, ni el letargo de las tardes, ni las incursiones en los restañados esteros. Será porque esos encuentros improbables exigen requisitos que la mera curiosidad intelectual no puede suplantar, y nosotras, salvo mostrar fascinación por tales mitologías, no pudimos aspirar a más. Rescatamos, sí, la grandeza de ciertos momentos vividos junto a los menchos en sus horas de trabajo a pleno campo, y al anochecer en alguna matera donde, amargos mediante, el fuego solía incitar a la palabra; entonces los aspectos mágicos de la existencia aparecían como al pasar, pero sólo después de haber transitado la conversación por todos los aspectos concernientes al estado del tiempo y la familia.



De esa y otras conversaciones, además, surgieron las peculiaridades de una lengua pluralista con palabras como bendito (techo de paja a dos aguas, así llamado por las manos unidas en el rezo), tapera (un argentinismo que, sépalo, es la casa deshabitada del tape, aborigen del lugar), caracará (indígena preguaraní que habitaba en Corrientes), mencho (hombre ?peón? de campo), y mariscador (cazador furtivo de los esteros que desaparece una vez promulgada la Ley 3.771/83, que declara el Iberá Reserva Natural), entre otras.



Aquí los hombres de campo hacen sus manualidades ?trabajo necesario? cuando la lluvia impide asomar la nariz afuera. Largo rato soportó un paisano que lo miráramos mientras tejía una cogotera (o fiador) para su caballo. Primero cortó de un cuero una tira larga y ancha, y después la hizo flecos de casi la mitad para una punta. Retorció la parte no cortada y la ablandó golpeándola con una mazeta ?pieza de madera? de un lado y del otro; la pasó por la sobadora (otra pieza de madera con una hendidura profunda) para estirarla, y luego se puso a trenzar los tientos, tensándolos en cada vuelta: para hacerlo usó unos protectores de cuero tipo mitones pero sin dedos, que le cubrían palma y dorso de la mano, de manera que pudiera estirar con fuerza sin cortarse. Por último hizo el nudo, que formó con ayuda de una lezna (alezna, decía él) para ir pasando los tientos, y una tenaza para emparejar la forma y apretar.



Así fue que con sabor a chipás recién horneados, sabrosa mandioca frita, guisos camperos, y algún escabeche de carne prohibida, cumplimos con un itinerario que arrancó en Yapeyú, junto al río Uruguay, siguió rumbo al norte para torcer a la izquierda en Virasoro e ir directo a los esteros; tras hacer una segunda escala en los esteros, en Loreto, el recorrido continuó descendiendo por el oeste hasta Esquina, a orillas del Paraná. En cuatro etapas, que se midieron en otras tantas estancias, cubrimos 2.200 generosos kilómetros. Fue una semana intensa en la que Corrientes se nos reveló tierra prometida, a la medida de los espíritus viajeros; una tierra inusual, hecha de agua y fauna salvaje, con pobladores la mar de cordiales y siempre dispuestos a posar encantados para la foto, sin temor a perder el alma ni la compostura.





Yapeyú



Esta nueva tranquera que se abre al turismo a tiro de piedra del pueblito homónimo, marcó el feliz inicio de nuestro itinerario. La propiedad, de 2.500 hectáreas, la compró Jorge Monti hace seis años, quien además se encargó de reciclar la antigua casona; ésta supo ser almacén de ramos generales, de ahí las dimensiones de sus dependencias. Con patio incluido, ocupa 850 m2. La sala de estar con chimenea se abre a la derecha del hall, no bien se traspone el umbral. A la izquierda, es la galería y su holgura las que se adueñan del espacio, al que dan algunos de los cuartos. El comedor principal es amplio y concluyente: más allá está el afuera, una franja de parque y el quincho con asador. Al aludido comedor se conecta otro más pequeño y éste, a su vez, se vincula a una habitación con baño privado, con lo que este conjunto redunda en un ámbito ideal para hacer rancho aparte desde la hora del desayuno, en bata y pantuflas.



Un patio interior ?rectángulo amplio y descubierto ribeteado de tejas antiguas, prácticamente todas originales? es el marco para las tertulias y comidas del nocturno estival. Un placer bajo las estrellas.



En las proximidades del casco destaca una prolija huerta, cuyas frescuras vegetales aparecen más tarde en el plato.



En la estancia atienden Margarita, virtuosa cocinera, y su marido, Fabián. Esta joven pareja tiene el don del buen trato y la discreción; ambos lucen impecables a toda hora y da gusto verlos, en sus ratos libres, con su niñito de dos años, Sebastián.



Recorrer el campo es parte del quehacer del visitante y aquí se encontrará con que en los bajos ya brotan los arrozales, un orden verde y quieto que se aprecia con plenitud en febrero; para los terrenos altos, en cambio, Jorge está pensando en la soja, cultivo en alza. El ítem fuerte de la estancia es la ganadería (cría e invernada), con dos mil cabezas que componen una cruza de británico con índico, esto es, Brangus ?mezcla de Aberdeen Angus con Brahman (cebú)? y Braford ?Hereford con Brahman?.



Yapeyú llega hasta la costa del Uruguay; el paseo arrima a la desembocadura del Estingana, uno de los dos arroyos (el otro es el Aguapey) que tributa sus aguas a ese río después de pasar por la propiedad. La costa está jalonada de cina cina y en el suelo blando se van quedando varados incontables caracoles, enormes, alimento dilecto de las gallinetas. Una galería de selva subtropical de especies nativas sigue la línea del Estingana, inspiradora de merodeos a caballo entre la intrincada trama de lianas y troncos. El arroyo, que desagua angosto, aguas arriba se estira muy ancho, invita a remontarlo en canoa canadiense.



Actividad fundamental en Yapeyú es, en palabras de Jorge Monti, la pesca. Oficia de guía Angel Bartlett, robusto encargado de la estancia, todo simpatía y mejor predisposición.



Al día siguiente de nuestra llegada, la mañana había arrancado con lluvia y ésta no amainaba; no se había podido ensillar caballos ni preparar sulky, ni pasear en cuatriciclos y menos aún salir en lancha por el río. Así que decidimos ir a Yapeyú y Angel, orgulloso nativo de esa localidad, se ofreció a acompañarnos, y de paso, haría las compras para el asado de ese mediodía pasado por agua. Minutos antes de salir, bajo ese diluvio y por lo tanto calado hasta los güesos, había llegado el joven Salvador Sampallo, empilchado en sus coloridas polainas a rayas y en patas, como está mandado en el campo correntino. Salvador es hermano de otros 16, todos hijos de una madre a la que más tarde visitaríamos en su rancho, en un alto de la propiedad. En las proximidades hay un pequeño cementerio que fue privado; ahora es usado por familiares y amigos. Allí, dicen que dicen, está enterrada Rosa Guarú, la supuesta verdadera madre de San Martín.



San Lorenzo



Con los Vizcaychipi, José padre e hijo, nos encontramos en la estación de servicio de Virasoro, y de entrada José I nos desalentó para salir esa misma noche hacia la estancia. "El camino está imposible, un lodazal tremendo, no habrá manera de pasarlo... Y menos con un vehículo como el que ustedes tienen... Mejor partimos mañana a primera hora, con luz de día es otra historia", dijo el hombre casi como un ruego. Pero nuestra insistencia se radicalizó,  no aflojamos un tranco de pulga y al final partimos. José y su mujer, Marta Dassori, en la camioneta de ellos; José II, Kiki y yo, en la saeta del asfalto. Si en la cancha se ven los pingos ?dijimos?, a ver cómo se porta la X3 en el barro correntino. Porque éste era el punto (y aquí lo confieso con todas las mayúsculas del caso): BMW nos había ofrecido semejante joyita sin sospechar a qué exigencias la someteríamos. Nosotras tampoco.



Ahora imaginen una argamasa mórbida y resbaladiza pero a la vez consistente, mezcla de arcilla colorada con clara de huevo sin batir. Fue pisarla y ladearse; fue querer enderezar las ruedas y deslizarse peligrosamente a la cuneta. En segundos, Marta y José se perdieron en la noche, mientras nosotros, con la súper automática X3 no hacíamos más que patinar de costado, sin lograr que la doble tracción se accionara. Kiki, ni corta ni perezosa, largó el volante y dijo: "Josecito, agarrala vos, con estas cubiertas lisas no voy ni para atrás ni para adelante". Nunca mejor dicho. "Es como si quisieras caminar hacia una dirección y tus pies te llevan para el otro lado", se decía Kiki en voz alta. Josecito, feliz. Desde que habíamos dejado Virasoro, no veía el momento de pilotear la situación.



Al rato, la camioneta de sus padres reapareció en el camino y desde ese momento no nos separamos más; ellos precediéndonos y nosotros tratando de avanzar, a lo cangrejo y haciendo trompo, haciendo trompo y a lo cangrejo. Y cada dos por tres, un banquinazo a la izquierda, otro a la derecha. Para hacerla corta, diré que cubrir un tramo de 73 km nos tomó casi cuatro horas. Con frío, bajo una lluvia quieta y una noche sin luna, los José palearon, empujaron y se dejaron las botas enterradas en los huellones una y otra vez. Hubo un momento en el que José I casi claudica; harto de no avanzar más que meros centímetros en cada desatascada, dijo que "así no es posible seguir, hay que volver a Virasoro y mañana se verá". Claro que tal como lo dijo, siguió insistiendo. Terco el barro, terco el hombre.



El campo y el agua




La X3 no estará hecha para fangales, pero gracias a la buena muñeca de José (h) y su conocimiento del camino, resistió sin descalabrarse. Y llegamos. Los Vizcaychipi exhaustos, los vehículos enlodados hasta el portaequipajes, y nosotras aliviadas. Mientras José recuperaba la sonrisa y Marta preparaba una cena de urgencia, su hijo, orgullosísimo de haber salido airoso del trance, abría una botella de vino tinto a tiempo: todos necesitábamos un trago reparador.



La mañana nos regaló la ilusión de unas horas claras y decidimos ir directo a observar animales salvajes. Daniel Leguiza, el capataz, estaba aplicado a algunas tareas de la huerta; su mujer lo observaba y  se paseaba junto al surco cultivado con Araceli ?la última nieta? en brazos, una criatura celestial de pelitos rubios, piel blanquísima y ojos claros. Viven ahí mismo, patio de por medio, con dos hijas. Cristina es la más pequeña y ayuda a Marta en la cocina; Isabel, la mamá de Araceli, también suele prestar servicios a la casa y hace queso, una artesanía estacional que los huéspedes suelen tener en el desayuno y nosotras comimos de copetín.



Oriundo de Santo Tomé, Daniel es pastor evangelista y los domingos da los discursos en la iglesia; no hay momentos de ocio para este hombre: esa misma tarde, a la vuelta de los esteros, lo encontraríamos haciendo una cogotera (como lo expliqué más arriba), mientras caía una pertinaz llovizna que se nos antojó eterna.



Al llegar a la costa donde concluye el campo, la claridad del día ya viraba al claroscuro de la tormenta; embarcamos en una lancha para recorrer dos kilómetros de un estrecho canal abierto en un extenso embalsado, una trama perfecta que entretejen plantas acuáticas y raíces hasta tomar consistencia de gruesa alfombra. José clavó el remo entre la enmarañada vegetación para mostrarnos que ese aspecto de tierra firme es falso, que debajo de lo aparente todo es agua: el embalsado se hunde con la presión y cuando ésta cede, la alfombra se reacomoda. Nos acercamos a la boca del canal que de tan angosta casi no la vimos. Estaba todo lleno de papiros... ¡Y de arañas! Nubes de ellas. Viven en comunidad y hacen unas largas telas para cazar; es fácil que obstruyan la salida, pasándolas de lado a lado, detalle que a la vuelta nos obligó a echarnos en el fondo de la embarcación para no llevárnoslas puestas.



El canal se hizo cuando se intentó, hace 40 años, plantar arroz sin éxito y quedó esa brecha que los Vizcaychipi aprovechan para conectarse con la Laguna Galarza. Este es el único acceso a la misma, privilegio que saboreamos mientras nos deslizábamos muy lentamente para ir observando el hábitat y sus criaturas. Nos dimos panzadas de yacarés overos (el más perseguido) a los que hubiésemos podido acariciar de tan cerca que los teníamos, pero nos abstuvimos de esa insensatez; se mira y no se toca el yacaré. Hasta vimos una madre con sus crías recién nacidas, tamaño llaverito. Comprobamos que la jacana (gallito de agua) es capaz de pastorear sobre unas pocas varas de junco seco sin hundirse; vimos un Martín Pescador chico que hizo honor a su nombre en una eficaz demostración; no faltaron las garzas que aparecían y desaparecían en silenciosa bandada, y hasta la llamada garza bruja desplegó su plumaje en un vuelo que nos dejó sin habla.



El estrecho pasaje concluyó e ingresamos naturalmente a la laguna, respiro ancho y sereno. Después de cruzarla, nos adentramos en el arroyo I sirí, otra maravilla ubérrima de flora silvestre; el pehuajó, una planta de hojas alargadas, está por todas partes y comparte territorio con otras como la curupí, la ambaí (de la que se hacen pastillas para la tos), la sangre de drago (cuyas hojas verdes y coloradas tienen forma de corazón) y vaya usted a saber cuántas más. Dimos una vuelta entre manchones de islotes flotantes sobre los que crecen cantidad de árboles, y navegamos el I sirí hasta conectar con la Laguna de Luna, inmarcesible extensión de agua dulce que se pierde en su propio horizonte lacustre. Fuimos bordeando la orilla, pespunteada de matas de caraguatá, bromelácea de hojas aserradas y filiformes; no dijimos ni mu durante el trayecto, por temor a romper el sortilegio difundido sobre la meditación acuática. Pasó un biguá en vuelo rasante, y más alto, una garza mora aleteó en el aire gris de la mañana que ya concluía.



Kiki no perdonó un pájaro. Un federal por aquí, un varillero congo en contraluz, otro federal pero pálido (el plumaje rojo de la cabeza era, en este caso, amarillo anaranjado) y hasta el pájaro lavandera (negro muy negro, de cabeza blanca muy blanca), así llamado porque lava los insectos antes de comérselos. Madre Natura nos regaló la aparición esquiva del ciervo de los pantanos, y por supuesto, la de algún que otro carpincho, no menos arisco.    



La vuelta a la casa la consumamos piponas de flora y fauna



Mientras devorábamos el guiso humeante con que Marta nos había esperado, nos dedicamos a hablar de la estancia y sus circunstancias. Supimos así que la compra del campo data de 1977, que pertenecía a los Sychosky (los dueños de yerba Amanda y el Museo del Mate que está en Apóstoles, Misiones) y que entonces se canjeó campo de yerba (700 Ha) por éste, a portón cerrado, con mil cabezas. Ubicada sobre el flanco noreste de los esteros, la propiedad tiene tres mil hectáreas. Uno de los potreros es el que está junto al canal de acceso a la Laguna Galarza, y dentro de este potrero está el Paraje Galarza, donde viven alrededor de 40 personas. La Fundación Ecos Iberá presta ayuda a este paraje que cuenta con escuela, la iglesia evangelista (en la que oficia el capataz de la estancia) y una estación de guardaparque con Centro de Interpretación.



Desde hace cinco años Marta y José reciben huéspedes en San Lorenzo. Aquí, la sencillez y el buen trato son valores primordiales; sus anfitriones se muestran como son, transparentes en su modo de ser y voluntariosos, decididos a que nadie se vaya con otras ganas que no sean las de volver.  José (h), por su parte, no disimula el entusiasmo que le provoca esta actividad; es una máquina de generar ideas tendientes a enchanchar el abanico de programas que pueden ofrecer en los esteros vecinos.



Marta tuvo bisabuela germano-brasileña (por parte de madre) oriunda de San Borja, quien estuvo en la refundación de Santo Tomé. Los ancestros de José Vizcaychipi también son brasileños por vía materna, y por el lado paterno, uruguayos de origen vasco. Marta y José se casaron jovencísimos: ella 18 y él 23 años. Tuvieron tres hijos ?el mentado José (ingeniero agrónomo), Marta Inés (diseñadora gráfica) y Pablo, todavía en la secundaria? y viven en Virasoro.

Cuando nos fuimos de San Lorenzo, el tiempo no había mejorado demasiado, sólo lo justo como para tomar coraje y desandar el barro. Era domingo a la mañana y ya estábamos a punto de empezar con el temible estilo trompo-cangrejo-cuneta, cuando divisamos a don Esteban ....., en sus pilchas de día de ocio y rumbo a alguna parte. Nos cruzamos el saludo de rigor, se dejó fotografiar y cuando le alabamos la yegua que montaba, casi se diría que se sonrojó el hombre. "Se llama La Paloma" ?dijo, y siguió su rumbo al trotecito lento.   



San Juan Poriahú



Sin contar el borde de los esteros, la estancia tiene 12.276 hectáreas. En sus campos se llevan a cabo las tareas de cría e invernada, y hay una considerable tropilla integrada por muy buenos pingos, disponibles para las cabalgatas. Ana María Meabe, perteneciente a una tradicional familia de la provincia, es la propietaria, y su hijo Marcos García Rams es quien la atiende y administra. Un abuelo de Marcos, don Ernesto, recibió el casco de regalo con cinco mil hectáreas, inesperado legado de su gran amigo Angel Fernández Blanco cuando éste falleció. Marcos está instalado en la estancia hace añares; venía aquí de vacaciones y tanto se le metió en el alma el embrujo del lugar, que no concibe otro destino en la Tierra para vivir.



La historia de San Juan Poriahú arranca con los jesuitas, en el siglo XVII y a tiro de piedra de Loreto, antiguo pueblo depositario de algunos tesoros de la fe cristiana. Parece ser que los descendientes de los indios de las reducciones tuvieron en custodia las imágenes sacras que quedaron en los templos después de la expulsión de la Orden, quienes terminaron por cederla a su parroquia; de ahí tanta riqueza insospechada ?incluidas una grandiosa Virgen de Loreto y otra de la Candelaria? en un enclave donde los habitantes ni arriman a 1.500.



De la estirpe jesuítica de la estancia da fe el casco de adobe, tres veces centenario. Este espacio donde se reparten casas y dependencias, es tan generoso como las sombras que lo envuelven, y tan intensa el aura de melancolía que el viajero juraría haber retrocedido al pasado colonial por un encantamiento. Añosas arboledas, el sopor húmedo que prodiga la proximidad de los esteros, imán impostergable llenos de misterio; el aullido ronco de los carayás (monarcas absolutos de las tupidas copas), la polvareda que en las mañanas deja el ganado en cada arreo, los perros y sus ladridos, un lobito de agua a toda carrera por las galerías, las lagartijas en la cal de los muros, los aleros habitados por pájaros... Y Coquito, el loro estrella de la estancia, un perico muy confianzudo que se empeña en usar los hombros de la gente como pista de aterrizaje; vive en libertad Coquito, como todos sus congéneres, pero a la noche se va a dormir a una jaula ?así queda a salvo de los depredadores nocturnos? y si está cerrada, a chillido limpio exige que se la abran.



No hay detalle que quede excluido de esta atmósfera cargada de embrujo. En una pared de la oficina de Marcos señorea la caparazón de un tatú carreta, grandioso animal prácticamente extinguido. Todo confabula para crear un estado permanente de realismo fantástico, a despecho del clima de abandono que el tiempo y la incuria fueron proyectando, adobe adentro, sobre cada rincón, objetos, mobiliario de época...  



Admito que la primera noche pasada en la estancia tuve mis objeciones. El servicio en la mesa resultó tipo express (la comida volvía a la cocina a la velocidad de la luz); más tarde, al entrar en el cuarto no sentí que el ambiente me recibiera; el baño afuera, además, ahondó el sentimiento de incomodidad. Pero al otro día, me bastó con la recorrida por los esteros para perdonarlo todo.



En la estancia había un grupo familiar numeroso alojándose, así que salimos todos juntos rumbo a los esteros. El trayecto a la costa estuvo jalonado de encuentros con garzas y carpinchos, cigüeñas, aves rapaces y carroñeras... Marcos, un observador de la Naturaleza cuya curiosidad y entusiasmo parecen inagotables, no paraba de llamar nuestra atención señalando las múltiples apariciones, dándonos el nombre preciso de cada espécimen y hasta detalles de comportamiento.



Embarcamos en medio de estado de mucha excitación y divertidísimos todos con la salida. Al rato empezó a circular el mate. A medida que nos adentrábamos en el dédado de islotes y embalsados, fuimos aplacando la vocinglería hasta limitarnos a susurrar apenas; no debíamos violentar ese frágil equilibrio natural ni siquiera con el ruido, ajeno al medio, de una voz humana. La tarde se había despejado para nosotros; Marcos movía la embarcación a botador y así nos fuimos adentrandos más y más en ese universo de agua; en un momento dado, el mundo circundante resplandeció con dorados que la luz derramaba sin restricciones. El final del merodeo se selló con la imagen de un enorme yacaré que tomaba sol en la punta de un embalsado, inmóvil, relumbrante de carácter áureo. Para nuestro regocijo, a su alrededor brincaban los capibaras (carpinchos), huidizos y al mismo tiempo curiosos, que aparecían y desaparecían. Mientras tanto, el sol redundaba en una bola trémula de rojos al filo de un horizonte que no tardó en encenderse. Las aguas se hicieron espesas a nuestras miradas; de vez en cuando, sólo un plic de algún lobito quizás sumergiéndose... Volvimos henchidos de serenidad, hechos una seda.    



Esa noche, y después de una muy conversada sobremesa, salimos en la camioneta de Marcos a observar bichos. Nos encantó comprobar que en la negritud total los ojos de los yacarés son perfectas luces fluorescentes. ¡Y estaba repleto! Quedará para otra ocasión el encuentro ?nada fácil? con el temible aguará-guazú, mezcla rara de perro con hiena (en lo que a aspecto concierne, aclaro) y de indomable temperamento, al punto que no se reproduce en cautiverio. Y también quedará para la próxima un tête-à-tête con la boa curiyú, otra de las criaturas salvajes con las que el experto Marcos tiene sobrada experiencia.





La Rosita




La 118, que flanquea los esteros por su orilla occidental, convirtió el trayecto con rumbo sur en un placer multiplicado por tres: la ruta está en perfecto estado, el paisaje que atraviesa es bellísimo y esa mañana la vida era puro sol. Era evidente que había llovido demasiados días seguidos; no hubo casa, rancho o ranchito que no luciera en la soga ropa colgada al por mayor.

Pasado el desvío de la 5 que conduce a Corrientes capital, el alrededor ganó en atractivos. Aunque para nada visible desde el camino, sabíamos que a cierta distancia se explayaba el Parque Nacional Mburucuyá, y entre éstos y el asfalto, fue insinuándose claramente el hábitat de los esteros del Santa Lucía. Un gran espejo de agua, manchones de palmeras, el cañaveral altísimo y tupido, verjas jalonadas de bananeros y mamón, e incontables tacurús, esos gigantescos hormigueros más o menos cónicos que los lugareños suelen arrancar del suelo y vaciarlos para usarlos como hornos. Grandiosos timbós todavía desnudos, mostraban las formas de un esqueleto que el follaje ocultará a partir de la primavera; y gente de a caballo, todo el tiempo, o en bicicleta, pero mucho menos.  



Desde Saladas, nos fuimos hacia la costa del Paraná y enfilamos para Goya por la 27 ?que a partir de aquí pasa a ser la 12? y para las nueve de la noche ya estábamos en Esquina.

Punto de encuentro infalible en este enclave orillero de casonas señoriales y veredas arboladas, es el casino. Ahí habíamos quedado con Alicia Cometta de Landgraff, propietaria de la estancia donde transcurriría nuestro último día.



Llegar a La Rosita no es difícil (como pudimos corroborar al partir, con luz diurna), pero de noche todos los gatos son pardos, y el camino tiene sus artimañas, así que de corazón agradecimos el gesto de Alicia. El ingreso a la estancia pasó casi inadvertidamente porque la noche seguía menesterosa de luna, pero cuando pasamos la tranquera del casco, las figuras largas y multiformes de una apretada arboleda se recortaron con más intensidad y se impusieron, negras sobre el negro. Tuvo su momento de magia la llegada, y la casa se nos abrió con toda calidez.



En la chimenea del living comedor crepitaba la leña encendida y de la cocina llegó el mimo de una panerita con chipás recién horneados, sabroso anticipo de lo que vendría. Al rato, entre comentarios sobre nuestro viaje y los planes para el día después, quedó claro que una de las aficiones de Alicia es la cocina. He de admitir que el pâté campagne con que se inició el menú, fue el modelo más cercano que he conocido del genuino francés, elaborado y devorado años ha en el campo (de allá); esa clásica rusticidad rural es deliciosa cuando está lograda y la de Alicia mereció más de un elogio. Kiki generó cierto pánico en la mesa con su tendencia a esquivar carnes rojas, pero se la vio tan feliz mordisqueando verduras y hortalizas (muy sabrosas) de las guarniciones, que al final nuestra anfitriona se resignó.



Ocupé un cuarto reluciente de orden y limpieza, con su baño en idéntica condición. La felicidad que provocó palpar una cama bien vestida, se agrandó al encontrar al pie de ésta una funda con las toallas, una bata y ¡escarpines!, excelente recurso para deambular por la habitación como si se estuviera descalzo.



La mañana se desperezó con olor a tostadas y café. Afuera, la bruma todavía no había despejado del todo y las figuras arbóreas recobraron su identidad; entre ellas, unos soberbios palos borrachos seculares. Hay molino embellecido por el abrazo tenaz de una enredadera y junto a él, en una loma, la pileta, dicha sin para en los meses del verano.



Ese día nos aplicamos a seguir el ritmo de las actividades del campo. Con Oscar Pereira, el capataz, y un joven Camilo, con tarucho permanente entre los labios,  compartimos como observadoras el ordeñe de vacas (con parte de esa leche, Ema, mujer de Oscar, hace quesos, disponibles en la dieta del huésped cuando hay); los vimos pialar terneros y se nos erizó la piel cuando se mandaron una arreada de caballos, una explosión de energía animal que nos conmovió muy hondo. La tropilla que tienen acá es de 50 ejemplares, nada menos; no en vano la especialidad de La Rosita son las cabalgatas (LUGARES 99): la más corta es de un día.



Es ésta una estancia tradicional de actividades rurales a la antigua, al punto que hasta hace poco se hacía la yerra como en los viejos tiempos. La propiedad data de 1890 y se dedica a la cría de ganado vacuno. Alicia y tres hermanos la heredaron de su padre.



Recibir es un arte y nuestra anfitriona sabe ejercerlo. La casa está muy bien conservada; la tarea de mantenerla como luce, ordenadísima, recae en Silvia e Itatí, hijas del capataz.



Cuando el buen tiempo lo permite, se puede tomar el té en cualquiera de las galerías o bien junto a un gran espejo de agua, en pleno campo, al que se va en sulky. Muy bucólico. No falta el quincho donde se celebran almuerzos e incluso las comidas a la noche si la temperatura ambiente lo permite. Nosotrasfuimos agasajadas con un locro cocido en olla de hierro fundido y fuego de leña, ahí, en la chimenea del quincho que se define junto a los árboles frutales. Fue un final casi perfecto (el casi es por la inminente, ineludible despedida) y sabroso con ganas.





Las pilchas del gaucho



Primero va el guardamonte a rayas, de vivos colores, que protege las bombachas: éstas siempre son lisas y de color nada llamativo.



A veces sobre el guardamontes va una especie de delantal corto, de cuero; se llama tirador (o culero): el mejor, de ciervo.



De la rodilla para abajo van las polainas, hechas de la misma tela rayada; cubren toda la pierna hasta la mitad del pie.



Sobre las polainas, la goma cubre el interior de las pantorrillas.



La tobillera calza en la parte trasera del pie y lo protege de los golpes, las espinas...  

De la tobillera sale una solapita que protege el tobillo del estribo, ya que éste calza entre el dedo gordo y el segundo.







Por Rossana Acquasanta

Fotos: Kiki Boccarelli





Publicado en Revista LUGARES 103. Septiembre 2004.

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