El mítico camino del Himalaya tiene altas aspiraciones
Peregrinaciones que dejan buena huella
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NUEVA DELHI (El Mercurio, de Santiago).- Allá arriba, en los montes Himalaya de la India, muchos han dejado su huella. Mercaderes, invasores, reyes. Pero la marca más profunda es la de quienes caminaron en busca de Alá, Buda o los dioses del panteón hindú. Aquí, la huella que alguna vez fue de los místicos hoy pertenece a peregrinos y turistas.
El sudor de la multitud humedece el ambiente en el ómnibus, que avanza difícilmente por un camino curvilíneo a tres mil metros de altura. Todavía se siente la cercanía de la selva sobre la que caen las lluvias del monzón, pero es el efecto de la piel con la piel lo que causa el trópico de a bordo.
El chofer dice que la llegada a Badrinath está prevista para la tarde. Difícil creerle. Faltan 120 kilómetros que, con suerte, se pueden recorrer en cinco horas, sin duda será más tiempo: de la puerta aún cuelgan pasajeros, la mayoría vestidos al estilo Gandhi. Un brazo por arriba, una pierna entre las de otro..., no caben tantos. En este país de mil millones de habitantes, la ley dice que donde caben dos caben tres.
En los picos de la cadena montañosa que atraviesa cinco países se cruzan las tres religiones de la región: al Sudeste, el territorio es hinduista; al Norte, el reinado budista, y hacia el Noroeste, las fronteras del islam.
Camino a la meditación
Uno de los caminantes con más éxito fue el hindú Shankaracharya, que en el siglo VIII recorrió gran parte del conocido valle de Garwhal con el fin de convertir a algunos budistas. En su viaje a pie, el filósofo tuvo mucho tiempo para meditar. Lo hizo mirando el Nanda Devi, la montaña más alta de la India (7817 m), y también en los ríos que alimentan al Ganges.
Pero especialmente lo hizo en una cueva que está a casi 3200 metros, en Badrinath. Es gracias a Shankaracharya, a su cueva y al templo que se edificó después que el lugar está lleno.
Peregrinar es una de las maneras de purificarse, de alcanzar moksha , explica Pakrash, un hindú proveniente de Nueva Delhi. Moksha, como los hindúes llaman a la liberación, consiste en escapar a la rueda del karma y los renacimientos, es decir, no tener culpas que pagar, no experimentar deseo alguno, como la afluencia de un río en el mar, según los textos sagrados.
Durante el verano, cerca de medio centenar de ómnibus llegan por día a Badrinath. Durante el invierno, en cambio, la ruta y Badrinath quedan desiertas y cubiertas de nieve. Algo parecido pasa en las otras localidades de la región, también santas: Yamunotri, Kedarnath y Gangotri.
Para muchos, el espectáculo es más deprimente que liberador. Alrededor de los templos viven mendigos y leprosos. Varios de los peregrinos son tan pobres como ellos. A la mañana comienzan las ofrendas: arroz, frutas y flores para alimentar a los dioses. En la fila para entrar al templo nunca hay menos de cien personas.
Los dioses están arriba
Todos van descalzos porque así manda el rito, pese al frío y la suciedad del camino. Pero nada importa con tal de alcanzar el lugar donde estuvo Shankaracharya: las alturas están más cerca de los dioses.
En sánscrito, Himalaya significa donde viven las nieves. Sin embargo, dado el temor y respeto que estas montañas generan, hace centurias sus habitantes dicen que allí viven los dioses. Todos los picos poseen nombres de una deidad y en la mayoría sólo se permite escalar hasta 10 o 30 metros antes de la cumbre, con el fin de evitar un enfado divino.
Desde 1948, cuando la India se independizó de Inglaterra, comenzaron a definirse las fronteras allá arriba.
El primer conflicto se inició en Cachemira cuando el maharajá pudo elegir entre unirse a Paquistán (esencialmente musulmán) y la India hinduista. Como el hombre era indeciso, mientras pensaba qué credo convenía, las tropas paquistaníes iniciaron la ocupación, a la que siguió la defensa y posterior ataque indio.
Ese fue el fin de la colonia inglesa. En el lago Dal, cerca de Srinagar, aún flotan cientos de casas bote, que solían atiborrarse de ingleses en los meses de julio y agosto, cuando el monzón hacía invivible Nueva Delhi.
Sanath Suri, uno de los dueños de la agencia Kais Travels, cuenta que en esa época eran cerca de cien mil los turistas por semana. Hoy, con suerte, llegan cien mil en toda la temporada.
La población de turistas fue reemplazada por la militar: son más de 400 mil los soldados entre las montañas.
Antes de ellos, hace dos mil años, este camino era angosto y poco visitado, con algunas caravanas de comerciantes que transportaban azafrán, manzanas y los famosos chales de Cachemira en mulas, yaks e incluso camellos, hacia otras localidades.
El principal destino era Leh, capital de la vecina Ladakh, donde llegaban también seda y especies del Indostán, opio de Manali, té de China, tabaco y minerales de Asia central y pashmina, la fibra animal con la que se elabora la lana de Cachemira.
Rituales en la montaña
Más de 40 templos budistas se alzan sobre los cerros de Ladakh, por todas partes hay stupas (pequeños monumentos religiosos) y ruedas con la inscripción Om mane padme hum , mantra que la gente canta mientras camina, lava en los ríos o trabaja.
El místico que caminó para que así fuera se llamó Padmasambava. En el siglo VIII inició una lucha; y, cuando había erradicado las creencias animistas, fundó la primera orden de Lamas en Tíbet.
Esas comunidades se expandieron y hoy sólo en la pequeña población de Ladakh se encuentran dos mil monjes.
En los festivales representan la saga del místico, una danza ritual que antiguamente incluía sacrificios humanos.
Actualmente es un espectáculo lleno de turistas aficionados a la fotografía.
La pureza ritual sólo se mantiene en algunos pueblos perdidos en las montañas, a los que sólo se llega a pie.
Paso a paso, nieve y flores
- Garwhal, el Valle de las Flores. Se trata de un valle en el que, en época de lluvias (fines de junio hasta agosto), crecen más de 200 especies de flores. Además de las decenas de pájaros, es común ver osos salvajes. Se llama Valle de las Flores y es un parque nacional, de manera que no está permitido pasar la noche. Lo ideal es dormir en una localidad llamada Ghangaria (entre Joshimath y Badrinath) y visitar la reserva durante el día.
- Ladakh. Cualquiera de las rutas de esta región resulta interesante: internarse en el desierto, caminar y subir por horas sus montañas, manteniendo firme la confianza de que un poco más lejos, detrás quizá de ese pico, está el valle verde que se suponía, con su gompa infaltable en la punta de un cerro. Puede elegirse una amplia variedad, que va desde un pequeño camino de tres días desde Likir a Temisgam, o bien de 19 días, de Lamayuru a Daksha.
Mujeres polígamas y otras costumbres
Una de las costumbres que más sorprenden es la poligamia femenina. Las mujeres se casan con cinco o seis hombres, que hasta pueden ser hermanos entre ellos, y trabajan para dar un hijo a cada uno. Dicen que es porque nacen más hombres, aunque en realidad responde a un criterio económico: mantener la tierra en la familia.
Otra de las costumbres, que también es heredada del Tíbet, es tomar litros de solja al día. Se trata de una combinación de té, sal y mantequilla en abundancia, de la que ningún turista se libra. El recurso más común, no necesariamente inteligente, consiste en probarlo y luego dejarlo de lado. Pero a los minutos la concurrencia comenzará a insistir ¡don, don! (¡tómatelo, tómatelo!) y a esas alturas en la superficie flotará la grasa dura y helada de la mantequilla.


