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El continente más frío, seco, elevado, lejano y remoto de la tierra. Con estas palabras, Agustín Ullman, guía a bordo del MV Ushuaia, comenzó una de las primeras charlas sobre la Antártida. En ese momento me pregunté, ¿qué otra razón atraería a una persona normal a este lugar?
En su charla, Agustín describió de manera exacta las razones por las cuales me sentía atraído por este increíble territorio. El misterio y la lejanía de la Antártida son probablemente también los motivos por los cuales grandes exploradores han dejado sus nombres en la historia asociados a los logros, descubrimientos y aventuras más sorprendentes de la humanidad.
Durante 12 días, junto con 80 pasajeros de distintos países compartimos la fantástica y fascinante experiencia de navegar siguiendo los pasos de esos grandes aventureros, vislumbrando la magnitud de la Antártida.
Desde el comienzo, la sensación de aventura fue intensa. Los pasajeros revisaban sus bolsos y obtenían información acerca de sus camarotes mientras admiraban el hermoso barco azul que estaban por embarcar. El MV Ushuaia, de Antarpply, con 85 metros de largo, fue diseñado y construido para ser un barco científico estadounidense. Después se lo modificó para albergar pasajeros y soportar las rigurosas condiciones climáticas de la Antártida. Aunque no fue diseñado para ser un rompehielos, posee un casco reforzado capaz de romper hielo grueso en caso de ser necesario. A bordo había siete zodiacs totalmente equipados que utilizábamos para desembarcar dos veces al día en la Península Antártica y las islas Shetland.
Una vez a bordo y ubicados, nos presentaron al grupo de seis guías muy calificados que nos acompañarían durante todo el viaje y serían responsables de nuestra seguridad. Una de las primeras charlas, a cargo del líder de la expedición, Sebastián Arrebola y su futura esposa, Shoshanah Jacobs, estuvo dedicada a la práctica de procedimientos de emergencia y a un simulacro de evacuación en caso de riesgo de naufragio. Poco después, nos presentaron a la tripulación, incluido el capitán argentino Jorge Aldegheri y los demás oficiales.
Se trataba del último viaje de la temporada, ya que a fines de marzo la Antártida recibe a sus últimos visitantes antes de la llegada del invierno más frío de la tierra. El continente se cierra completamente hasta el verano siguiente.
La primera tarde dejamos el puerto de Ushuaia al atardecer y pudimos admirar la costa de Tierra del Fuego mientras navegábamos por el canal de Beagle. Nos dirigíamos al temido Pasaje de Drake, conocido como uno de los cruces más traicioneros, junto con el Cabo de Hornos. La travesía del pasaje comenzaría a la mañana siguiente y nos llevaría dos días volver a ver tierra firme.
Aquella primera mañana el Beagle estaba bastante tranquilo, sin embargo se podía sentir que los pasajeros y los miembros de la tripulación estimaban que los próximos días no serían tan pacíficos. Las historias de los miembros de la tripulación acerca de su último regreso de la Antártida, con olas de diez metros de alto, no eran muy tranquilizadoras. De repente comprendimos hacia dónde estábamos yendo.
La suave voz de Carlos Treysse, responsable de la hotelería, nos despertó a través de un parlante anunciando que el desayuno estaba listo. Salir de la cama cucheta y prepararse no fue tarea fácil, mi compañero de camarote Rodney, de Sudáfrica, y yo nos reíamos mientras nos chocábamos. Al amanecer habíamos comenzado el cruce del pasaje Drake, ¡por eso quedarse de pie era tan difícil! No hace falta mencionar que el comedor estaba vacío, ya que la mitad de los pasajeros prefirió quedarse en los camarotes. La verdadera aventura comenzaba.
Observé admirado cómo los miembros de la tripulación caminaban sincronizadamente mientras el barco se balanceaba a veinte o treinta grados, ellos sólo se inclinaban hacia el otro lado y seguían su camino. Decidí que aprendería a hacerlo (aunque me llevó todo el viaje tratar de imitarlos). La tripulación sonreía y decía que teníamos suerte ya que estábamos atravesando un buen Drake. Me sentí afortunado por no sufrir mareos y me pregunté cómo sería un mal Drake.
Más tarde, tuvimos la primera de las tres charlas organizadas por los guías: "Vida salvaje en la Antártida", por Berenice Charpin; "Albatros y petreles", a cargo de Andrea Raya Rey, bióloga, y por la tarde, Dany Martinioni disertó acerca de la evolución geológica de la península Antártica.
Los seis miembros del equipo tenían la experiencia y el conocimiento necesarios para darnos charlas todos los días en inglés y en castellano. ¡Nos entretenían muchísimo! Después de la cena, vimos la película La aventura de Shackleton, que describe una de las aventuras más valientes de la historia; muy recomendada para personas con espíritu aventurero.
En nuestra segunda mañana, las aguas estaban más tranquilas y comenzamos el día con un concurso de avistaje de icebergs, el premio era una botella de vino argentino. Antes del mediodía el concurso había terminado y magníficos icebergs flotaban mientras ya estábamos oficialmente en el océano Antártico.
Durante la mañana, Agustín nos dio su charla sobre datos de la Antártida: al escucharlo aprendimos acerca del grosor del hielo acumulado durante millones de año. Prácticamente todo el continente está cubierto de hielo y tiene montañas que alcanzan los 4.900 metros; Monte Vinson es la más alta.
La capa de hielo se acumula gradualmente debido a la escasa nevada anual (150 mm), este dato convierte a la Antártida en el continente más alto y seco de la tierra. Una contradicción, ya que 90% del agua dulce del mundo se encuentra en el casco polar antártico.
La Antártida es también el lugar más frío y ventoso de la tierra. En invierno, los vientos son de más de 200 km por hora y las temperaturas en el Polo Sur, ubicado a 1.235 kilómetros de la costa, son de -75°C. Sin embargo, el récord mundial se encuentra en una estación aún más alejada: Vostok, -89°C. Después de la charla de Agustín, Sebastián nos dio información obligatoria de la Asociación Internacional de Operadores Turísticos en la Antártida (IAATO).
Durante la charla informativa de IAATO repartieron botas de goma entre los pasajeros, nos explicaron que debíamos usarlas cada vez que nos embarcáramos en los zodiacs, pero debíamos limpiarlas antes, para lo cual había que caminar sobre charcos con detergentes especiales. Esto evita llevar a tierra contaminantes que puedan dañar el sensible ecosistema.
Una de las rutinas era colocar en sitios estratégicos nuestro programa diario, para que lo viéramos antes del desayuno. Sin embargo, el líder de nuestra expedición nos advirtió que esos programas podían variar mucho. "Las condiciones cambian constantemente; los hielos se mueven y cada vez que volvemos las cosas son diferentes. De modo que el programa debe considerarse como un plan 'A', pero hay que estar dispuestos a que los planes varíen de la 'A' a la 'Z'. Nos adaptaremos, y los llevaremos a tierra siempre que las condiciones lo permitan".
Aunque no estaba planeado, cerca de las 4 de la tarde el altoparlante anunció que estábamos navegando en torno al archipiélago Aitcho, y las condiciones permitían intentar la primera salida en zodiac hacia la Isla Barrientos. El clima era razonablemente bueno para la temporada, con temperaturas en torno a los 0°C, y nevaba ligeramente, pero cuando el viento rozaba el hielo el efecto frío era considerable, y todos usamos la mayor cantidad posible de capas de ropa.
La Isla Barrientos es una pequeña isla escarpada con altos acantilados de un lado y un declive suave del otro. Estaba llena de pingüinos Papúa y Barbijo, que nos ignoraron deliberadamente mientras parecían mantener extrañas conversaciones, con largos sonidos guturales, mientras se los fotografiaba intensamente. También vimos ejemplares del petrel gigante del sur en un área donde se bañaban, y pudimos acercarnos lo suficiente como para quedar realmente impresionados con su enorme envergadura, ¡de alrededor de tres metros! En la playa más lejana, focas peleteras (Fur Seals) descansaban en cálido amontonamiento y, por supuesto, también nos ignoraron. Sin embargo, para mí, la verdadera sorpresa se produjo cuando regresaba al lugar de embarque. Mientras miraba cómo el primer zodiac maniobraba para volver al barco, noté la enorme cabeza de una foca Leopardo del tamaño del gomón, que nadaba en su torno en un éxtasis de curiosidad.
Yo tenía a esta foca en la lista de los animales que más deseaba observar pero, por sus hábitos solitarios y carácter esquivo, no siempre es fácil hallarla.
A la mañana siguiente desembarcamos temprano en Punta Hannah, en la Isla Livingston, que es parte de las Islas Shetland del Sur. La punta debe su nombre al Hannah, un barco de Liverpool dedicado a la caza de focas que naufragó aquí en 1820. Allí encontramos, descansando en la playa, pingüinos Papúa y Barbijo, y ejemplares de elefante marino austral.
El tiempo seguía bueno y a la tarde pudimos desembarcar en la Isla Decepción, que es la caldera inundada de un antiguo volcán a la que se entra a través de un impresionante pasaje estrecho llamado los Fuelles de Neptuno.
Casi todos los pasajeros estaban en las cubiertas mientras pasábamos casi rozando los acantilados para ir hacia el centro de la caldera. Fue fantástico; la calma total que nos rodeaba mientras ingresábamos al amarradero más protegido de las Islas Shetland del Sur transmitía una sensación mística.
A estas alturas ya conocía a varios pasajeros y también a miembros de la tripulación. Y me gustó descubrir que lo mismo le ocurría a otros: era como si se hubiera creado un vínculo entre nosotros debido a que compartíamos una experiencia tan extraordinaria. Todos estábamos de buen humor y realmente nos divertimos en Isla Decepción. Después del almuerzo desembarcamos en Caleta Balleneros. ¡Y nuestros guías nos dijeron que los que se atrevían podían llevar trajes de baño! Debido a que la isla es un volcán, hay una zona en la que el agua es supuestamente templada.
Visitamos los restos de la estación ballenera noruega Hektor (1911 - 1931) y la Biscoe House, del British Antarctic Survey, que tuvo que ser abandonada tras la última erupción del volcán, en 1969. Es un sitio verdaderamente asombroso, igual a una ciudad fantasma. Todo quedó bastante intacto, y recorrimos el lugar imaginando cómo sería trabajar en una estación ballenera en los mares australes.
Al finalizar la visita llegó la hora de los valientes, sólo que el agua no estaba tan templada como habían dicho. En realidad, apenas se diferenciaba del resto. Pero ya era una cuestión de orgullo, y los osados que habían traído traje de baño se metieron al agua. ¡Muchas fotos, muchas risas e increíbles imágenes de gente caminando por el agua a la velocidad de la luz!
En la quinta mañana a bordo del MV Ushuaia, el programa diario anunciaba nuestro primer desembarco en la Antártida continental. Tras el desayuno bajamos en Puerto Neko, en la orilla este de Bahía Andvord, en la costa occidental de la Península Antártica. Neko fue descubierta por la expedición belga de De Gerlache, 1897-1899, y lleva el nombre del barco factoría noruego que operó en la zona entre 1911 y 1912, y luego entre 1923 y 1924.
Neko está al pie de un estupendo glaciar gigantesco del que se desprendían enormes trozos de hielo que producían olas tan altas, que tuvimos que caminar a una distancia bastante grande de la playa para no correr el riesgo de ser arrastrados. Con cada pedazo de hielo que caía, el sonido del trueno resonaba en Bahía Andvord.
Por la tarde los pasajeros fuimos separados en dos grupos para un viaje en zodiac alrededor de Bahía Paraíso. Los gomones zigzaguearon entre los espectaculares icebergs color azul fluorescente y pudimos ver focas de Weddell, una ballena Minke, cormoranes de ojos azules y, para mi gran alegría, otro magnífico ejemplar de foca Leopardo descansando en un pequeño iceberg.
La mañana siguiente anunció el comienzo de otro día memorable en el que desembarcamos en Puerto Charcot, donde admiramos el increíble paisaje de la Península Antártica y la Isla Booth. Más tarde navegamos en zodiac por los canales de las Islas Argentinas hasta llegar a una cabaña histórica, Wordie House, en Winter Island. Esta cabaña fue establecida por Sir James Wordie, a principios de la década del 30. Wordie era geólogo en la famosa expedición Endurance, de Shackleton. Fue realmente interesante visitarla porque conserva artefactos originales, carne enlatada de los años 30 e instrumentos científicos de la época. La cabaña aun sirve como refugio para exploradores antárticos.
A la tarde desembarcamos nuevamente para visitar la estación ucraniana Vernadsky, que perteneció al Reino Unido y fue entregada a los ucranianos en 1996. Nos dieron una cálida bienvenida ya que fuimos el último barco, y el último contacto humano, hasta el verano siguiente. Hicimos un recorrido completo y nos hablaron acerca de sus objetivos científicos. La estación está orientada principalmente a realizar estudios sobre la capa de ozono y los efectos climáticos sobre el planeta. Realizan todo tipo de pruebas atmosféricas y comparan datos estadísticos de temperaturas, viento, nieve y tamaño del agujero de ozono durante el invierno, cuando es más visible. Tras la visita formal, vino la parte divertida...
Sí, tenían un bar y, sí, obviamente, hacían su propia vodka. Pero a las chicas no se les cobraba: para obtener un trago, el precio es su corpiño. No es fácil describir las carcajadas en torno al bar, ¡y la colección de corpiños colgando de la pared!
Luego pudimos despachar unas postales que salieron recién seis meses después (la nuestra era efectivamente la última visita de la temporada). Vernadsky fue la única base totalmente operativa que pudimos visitar y el punto más al sur que alcanzamos esa jornada, a 65º15' de Latitud Sur, y 64º16' de Longitud Oeste. ¡Pero el vodka en el bar más austral del mundo fue realmente algo fantástico!
El personal de la expedición había planeado un desembarco en la isla Cuverville para la mañana siguiente, pero fue imposible porque el viento era demasiado fuerte y el mar estaba muy picado. Aquí el MV Ushuaia mostró algunos de sus increíbles talentos. Debido a las condiciones climáticas, el capitán decidió ofrecernos un recorrido por el canal Errera, entre isla Rongé y la Península Antártica. Fue aquí que encontramos cuatro ballenas Jorobadas. Permanecimos muy cerca y nuestra presencia nunca pareció perturbarlas.
Más tarde le pregunté al capitán Jorge cómo había logrado mantener tan quieto y preciso el barco pese al viento y las corrientes, y me explicó que, como ha sido diseñado para la exploración oceanográfica, está equipado con pequeños motores laterales que permiten que el barco permanezca detenido cuando es imposible fondear.
Para la tarde el tiempo había mejorado y decidieron llevarnos en otro recorrido en zodiac y desembarcar en la isla Cuverville. Esta isla rocosa estaba habitada principalmente por pingüinos Papúa, pero también vimos ejemplares de skua polar del sur, un tipo de ave propio de la Antártida. Más tarde visitamos Puerto Foyn, donde están medio sumergidos los restos del ballenero factoría Governoren. Cuando la nave se incendió, el 27 de enero de 1915, estaba cargado de aceite de ballena y se hundió muy rápidamente en el lugar donde está ahora. Todo está muy oxidado pero todavía intacto, y se puede distinguir los tanques de aceite y los arpones. Tuvimos la suerte de ver un pingüino Adelia.
El día siguiente fue la última jornada con desembarcos. Empezamos a la mañana por la islaMedia Luna, un territorio largo y estrecho desde el cual se ven espectaculares vistas de los glaciares y las aguas antárticas. El día soleado hizo que todo fuera aún mejor y realizamos una larga caminata por la isla, admirando la vida silvestre, hasta llegar a uno de los extremos, donde está la base argentina Teniente Cámara.
Cuando nos despertamos a la mañana siguiente, sentimos que el barco se sacudía fuertemente. Estábamos de nuevo en el Drake. Otra vez la mitad de los pasajeros no se presentó a desayunar, y el resto del día se dedicó principalmente a descansar de los agotadores días previos. Nos dieron un par de conferencias: Andrea Raya Rey habló sobre mamíferos marinos antárticos y Berenice Charpin sobre la expedición de Gerlache.
Tras la cena fuimos al puente de mando y estuvimos un rato con el capitán Jorge Adelgheri. Es sobrecogedor estar en el puente de noche. Cada tanto, las largas y profundas olas que cabalgábamos tapaban totalmente la proa y el agua golpeaba contra las ventanas con tremenda fuerza. Para el capitán esto era simple rutina. Cuando le pregunté si el Drake en algún momento le resultaba preocupante, me respondió: "En realidad no, en el Drake las cosas tendrían que ser verdaderamente graves para preocuparme. El barco se sacude, pero no puede chocar contra nada, no hay objetos sólidos. En el Océano austral la historia es diferente; los hielos y los pasajes no son nunca los mismos. Cada vez que vuelvo, incluso en la misma temporada, encuentro diferencias. Uno nunca puede ser confiado en la Antártida, por mucha experiencia que tenga".
Hay tantas cosas que podría seguir diciendo, y tantas que me gustaría ver. La verdad es que sólo le hemos dado un vistazo a la Antártida, pero fue suficiente para haber vivido una experiencia inolvidable en este continente: un lugar tan poderoso que en él ningún ser humano, ni otra forma de animal terrestre, puede sobrevivir. Con una belleza que a veces puede parecerse a nuestra idea del paraíso, y otras, a nuestra idea del infierno; un lugar que despierta nuestro espíritu.
Relato y fotos de Federico Quintana.
Publicado en Revista LUGARES 150. Octubre 2008.






