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El camino comienza en Salta capital, a donde llegamos al atardecer de un día de marzo en un vuelo de Andes, la nueva línea aérea que une Buenos Aires con la linda. Con un auto alquilado que, nos aseguran, podrá trepar los cerros como una cabra, partimos. Todavía no sabemos que las lluvias de verano transformaron los 56 km de ripio y cornisas que unen la ruta 9 con Iruya en un lodazal escabroso. A la mañana siguiente y después de un desayuno soleado en el precioso hotel Papyrus, partimos. La ruta 9 nos llevará a través de Jujuy hasta el norte de Salta; así vamos subiendo por valles y montañas que combinan los ocres, verdes, púrpuras y azules de los minerales con festones de cactus y algunas arboledas. Pasamos por un cementerio lleno de flores y colores, el primero que nos recuerda que aquí la celebración de la muerte tiene otros significados. Son poco más de 280 km de asfalto ?y sólo un peaje? que nos tientan a detenernos a cada rato en Maimará, Purmamarca, Tilcara, Huacalera, Uquía, Humahuaca. Por si nunca fue o por si se le olvidó, recuerde llenar el tanque del auto en la estación de servicio de Tilcara; ya no habrá otra hasta la vuelta. Si no va con vehículo propio, de Humahuaca sale el Mendoza, colectivo con destino a Iruya por 11 pesos y poca comodidad. Pasado el hito de los cuatro mil metros sobre el nivel del mar y Jujuy, volvemos a entrar a Salta. Muy pronto nos topamos con un cartel que anuncia Iturbe 6 km, Iruya 53. Llegó el momento de abandonar la comodidad y zambullirse en lo desconocido; otros paisajes y otras culturas aguardan más allá. Tomamos el camino de tierra a la derecha, nos encomendamos a la Pachamama. El cielo plomizo amenaza lluvia y cumple. Hasta Iturbe, el camino se deja llamar ripio y los arroyos son nimios desafíos para sortear con el auto. Después, los cerros se nos hacen murallones que nos obligan a conducir en primera perpetua. Atardece y en los siguientes 100 metros tratamos de ver entre la niebla las vueltas del camino de piedra, los precipicios, las luces de las camionetas 4x4 o del Mendoza que no afloja. Son 50 km pero el tiempo se hace eterno. ¿Cómo puede llevarnos dos horas hacer un puñadito de kilómetros? Atravesamos un túnel, dejamos el último abismo y aparece la iglesia de cúpula celeste y paredes claras, que parece colgada de un barranco. Es el sello de Iruya. Le pedimos un esfuerzo más al auto para subir las empinadas callecitas empedradas hasta llegar al punto más alto, donde se erige la Hostería Provincial de Iruya, construida sobre el flanco de un cerro, nuestro hogar durante los siguientes cuatro días. Entrar al hotel y sentirse en casa es todo uno. Desde los grandes ventanales se tiene una imagen del pueblo, allá abajo, encajonado entre cuatro montañas de paredes abruptas, y cortado por los ríos Milmihuasi y Colanzulí. Eso significa Iruya, en quechua, confluencia entre ríos, una circunstancia que las lluvias del verano convierten en torrentes de lodo, y cierran el acceso al pueblo. En lengua aymará sin embargo, el nombre Iruya a la aparición de la virgen del Rosario entre las pajas (irus), donde hoy se levanta el pequeño templo. El silencio se impone aquí arriba, reino de cóndores y un apreciable número de voluntades humanas. La enorme recepción de la hostería fue redecorada en un estilo minimalista con muebles diseñados por arquitectos jujeños, de la firma Unos. Los puffs redondos de madera, los sillones de acero y tiento, el bar con piedras de la región, el catre antiguo y los ponchos, mantas y otros tejidos realizados por artesanos locales invitan a sumergirse en una cultura diferente, a contemplarla y disfrutarla. Las 14 habitaciones, sencillas y amplias, no tienen televisión ni teléfono, porque aquí son recursos innecesarios. La infusión de coca, en cambio, es vital para reacomodar los desajustes que la altura provoca (lo indicado es llegar ya coqueado, sino, el efecto del té es muy relativo); aquí estamos a 2.780 metros. La terraza, balcón espectacular al río y el entorno montañoso, es el lugar para desayunar o ver las estrellas, en especial la Cruz del Sur, aún venerada por los herederos de esta tierra. La comida es otro atractivo de la hostería, que ofrece un menú de delicias basadas en productos muy típicos de la zona. Carne de llama, semillas de quinua con hongos y queso de cabra, papines de diferentes colores y sabores, dulces de cayote, sopas reconfortantes a la noche y ensaladas fresquísimas para el almuerzo, panes y hasta pastas hechas a mano, que se acompañan con vinos salteños. Aquí hay buen clima y todos actúan como si se conocieran. Un 40% de los huéspedes es extranjero. En la hostería no se permite fumar ni se puede pagar con tarjeta de crédito. Alfredo Cernusco, gerente de la cadena Maresur, que tiene la concesión de esta hostería y la de San Antonio de los Cobres, explica que la idea de la empresa es integrar el hotel a la cultura del lugar; por ejemplo, apoya el proyecto de una pareja anglo argentina para enseñar fotografía digital en una de las escuelas primarias. Hay que bajar al pueblo para usar el teléfono (el único que tiene la telefónica), chequear un mail en el nuevo ciber, probar algo sustancioso en el comedor vecinal de Tina a precios muy económicos, o tomar algo en la Hostería Federico III, cuya propietaria, Gloria Federico es todo un personaje de Iruya, con quien las conversaciones no tienen desperdicio. En Iruya hay un correo, algunos hospedajes económicos, un Concejo Deliberante, escuelas primaria y secundaria, cancha de fútbol y voley, un hospital que pide a gritos equipamiento, médicos especialistas y tantas otras necesidades, mulas que van tranquilamente al paso por las callejuelas y ovejas berreando su encierro. Si llega a Iruya un viernes de pago (cuando cobran las jubilaciones), el pueblo bulle de gente que baja desde los cerros. Entonces se arma en la plaza una feria donde se vende de todo (zapatillas, relojes, ollas, remeras, discos de cumbia, choclos y tamales, buzos a la moda, verduras e incluso reproductores de mp3 truchos) menos artesanías. Es normal, los compradores son en su mayoría kollas que vienen a aprovisionarse hasta el próximo mes, cuando tengan que volver a cobrar, caminando kilómetros por los cerros. El resto del tiempo Iruya es un pueblo tranquilo que respeta a rajatabla la hora de la siesta. La acción gira en torno de la llegada y salida de los colectivos Mendoza, la visita a la iglesia, la telefónica, la despensa, los comedores y, algunas noches, las peñas donde se escuchan las coplas correspondientes a la época del año (en Pascua cambian) y según la procedencia del músico. Los lunes es obligada la visita al colorido cementerio, que está pegadito a la hostería. Los iruyanos les llevan agua en botellas de plástico a los que viajaron; les prenden una vela y les comentan las novedades de la familia y la comunidad. Fundado alrededor de 1790, aislado durante siglos, hoy Iruya es el hogar de unas 1.300 personas y no obstante la dificultad de acceso, es uno de los centros turísticos más solicitados de Salta. Sus pobladores conservan costumbres heredadas de sus ancestros indígenas que, pese a estar entremezcladas con las tradiciones que España aportó, todavía perduran con arraigo singular, como se manifiesta en sus ropas y en sus alimentos sobre todo. Para los iruyanos, Bolivia está más cerca que la capital salteña; el respeto a su intimidad es una exigencia tácita que se lleva bastante mal con el turismo de masas, un tesoro aquél que para algunos todavía es innegociable. En 4x4, a mula, a caballo Hay un mundo aún más secreto y bello en las afueras de Iruya. Para descubrirlo vamos con Alfredo Cernusco en la camioneta de la hostería, por senderos angostos y caminos de cornisa. Esas montañas muestran cultivos de papas, habas, ocas y hasta trigo en terrazas o en lo que los nativos llaman campitos, que no son otra cosa que planicies pequeñas en las escarpadas alturas. Se trata de lugares invisibles para cualquiera que no sea de la zona, por eso es necesario ir con guía. Aquí y allá se ven corrales de pirca donde se guarda el ganado; las pastoras suelen cambiarlos de lugar cada dos meses, siempre en busca de pastos frescos, y ellas acompañan, durmiendo en refugios. Para entrar a Pueblo Viejo, a 3.400 metros de altura, es preciso abrir una tranquera. Luego aparecen las casas construidas con piedra, cuyos techos son de adobe y caña. Hay una iglesia con dos campanarios celestes. Las callecitas de tierra son angostas y la comunicación con los habitantes del lugar requiere paciencia y mucho respeto. Verónica, 55 años, cultiva maíz, habas, papas; también encarga ponchos de llama a las tejedoras que vende a los turistas. La descubrimos con un atado colorido en la espalda mientras va recogiendo ramitas para utilizar como leña. Los paneles solares son el único rasgo de modernidad en este poblado lleno de flores amarillas y miradas huidizas. Siguiendo un poco más arriba, aparecen los techos colorados de Colanzulí, cuyas casas distan tanto entre sí que cuesta imaginarlo como un pueblo de 200 habitantes. Es domingo y alguien ha muerto, así que la mayoría bebe y come asado o charqui en honor al difunto. Sólo Miguel contesta al golpear la puerta roja de una casa de adobe; tímidamente ofrece una ruana de llama, que volverá conmigo a Buenos Aires. Muy cerca, el Cerro Morado impresiona por su color y sus 4.960 metros que rozan las nubes. Para el otro lado del camino, el poblado de Capilla está habitado por apenas 12 familias y todas llevan el apellido López. "Mi tatarabuelo Jesús María López hizo la primera choza al lado de una vertiente, después de llegar a Perú huyendo de la guerra y bajar a pie por Bolivia. Luego se casó con una pastora y tuvo muchos hijos varones, mientras criaban animales y sembraban tubérculos", relata Adelina López, bibliotecaria de la escuela de Iruya, catequista y miembro del consejo aborigen. "Hasta hoy es una vida muy dura allá arriba, sin luz ni comodidades. Mi papá fue a la zafra durante mucho tiempo y luego fue minero. Mi mamá se la pasaba pastoreando lejos de nosotros. Yo me fui a Buenos Aires de jovencita, pero volví con mis tres hijas y terminé el secundario en el año 2000, aquí en Iruya", dice esta morocha vivaz de 32 años que no hace mucho instaló el hospedaje El Anaco para aprovechar el creciente turismo. Su hermano Jesús, conocido como el duende de Iruya acaso por su estilo amanerado, también puso un restaurante y hospedaje en Iruya. "Nos representamos como kollas, pero no somos una etnia única, somos criollos mestizos", aclara Adelina. Otra historia es San Isidro. Aislado en un alto cerro desde antes de la llegada de los españoles e incluso de los incas, el pueblo no tiene luz pero sí cancha de fútbol, escuela y una casa de la cultura, cuyo objetivo es recuperar las costumbres y tradiciones ancestrales. Fundada por Bernabé Montellanos ?es uno de los personajes de la película Río Arriba?, la Casa de los Abuelos y los Niños (AwAwa) se distingue por la bandera de la comunidad kolla (whalala). Con la valiosísima guía de Bernabé y la de Pablo Harvey (un gringo que se ganó el cariño y la confianza de la comunidad) hicimos las dos rutas posibles para llegar a San Isidro. Ellos consiguieron que Aldo, primo hermano de Bernabé, nos guiara a caballo por el lecho de piedra del río La Cueva para atravesar sus crecidas aguas en un par de horas. Por el sendero alternativo de la montaña, a pie, la caminata lleva unas tres horas. El paisaje es absolutamente increíble. Inmensas paredes minerales, algunas revestidas de terciopelo verde, otras de arcilla roja, se descubren durante la travesía. Una vez en San Isidro, la comida de Elvira y su hospedaje invitan a pasar una noche a la luz de las estrellas, escuchando la música de los pobladores, sus historias y sus leyendas de cóndores, carnavales y bailes en círculo al compás de cajas e instrumentos de viento. Los chicos de San Isidro van a la precaria escuela desde el jardín de infantes; después se juntan a jugar al fútbol o van a la casa de Bernabé, para que les recuerde de dónde proceden y cuál es la cultura que los identifica, el poder de la Cruz del Sur y su vínculo con la Pachamama. Hay 25 comunidades aborígenes en el departamento de Iruya. San Isidro tiene excelentes hilanderas y tejedoras, como la tía Clementina; sin dudas, Emiterio Gutiérrez es el mejor artesano del telar, cuya casa no es fácil de encontrar pero bien vale el esfuerzo con tal de verlo trabajar en su larguísimo telar con una destreza única. Su esposa, Elisa, baja a la playa (la orilla del río) a lavar los vellones de oveja y llama antes de transformarlos en hilos de distintos grosores huso mediante. Su hijo César, mientras tanto, sigue a pie juntillas sus enseñanzas. "Mi hijo es más rápido, pero yo todavía soy mejor", se ríe Emiterio, al tiempo que demuestra temor por la posible baja en los pedidos de ponchos, mantas y otras maravillas que sus manos saben tejer, y ello lo obligue a abandonar su ancestral oficio. No hay que perderse la visita al cementerio en altura de San Isidro, ni desperdiciar la posibilidad de charlar con Bernabé. Después, tarde o temprano, habrá que decirle hasta pronto a Iruya y pegar la vuelta para desandar el largo camino que vinculan este apacible pueblito de calles empinadas con el resto del mundo. Texto de Alejandra Folgarait Fotos de Nacho Calonge Publicado en Revista LUGARES 135. Julio 2007.




