The St. Regis Moscow Nikolskaya

Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano
De reciente apertura, el palaciego cinco estrellas reluce en el corazón de Moscú. Tradición y futuro a tres cuadras de la Plaza Roja.
Carolina Reymúndez
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10 de abril de 2017  • 15:44

Cuando Vincent Astor, el hijo del fundador del hotel St. Regis, se tomaba un Bloody Mary en el sillón Chesterfield de su hotel en Nueva York a fines de los años los años 30, seguramente no se imaginaba que 80 años después, en Moscú, habría un St. Regis frente al edificio de la KGB y a tres cuadras de la Plaza Roja. Mucho menos que el cóctel insignia sería el Bloody Mary con vodka y tomate, pero con un twist ingenioso y muy ruso que le cambió el color: jugo de remolacha y rábano picante.

En los comienzos del St. Regis, Astor tomaba el trago en el gran living del hotel con amigos y parientes de la primera aristocracia neoyorkina. Hoy en Moscú, lo toman los millennials en el lobby que es como el living de un palacio o de la casa de un millonario. Cúpula de vitraux, columnas de mármol, una escalera palaciega, arañas, un espectacular samovar dorado, flores frescas y las dimensiones perfectas para un baile de los que hacía Catalina la Grande. Si es después de las siete de la tarde, alguien del Butman Club –Igor Butman es un reconocido músico de jazz ruso– toca el piano y el contrabajo en vivo.

El hotel tiene 211 habitaciones, incluida una suite real de 150 metros. Las superiores y ejecutivas son amplias y confortables. La televisión parece una obra de arte dentro de un enorme marco dorado. Las cortinas son pesadas como en los teatros y en las paredes hay reproducciones digitales de maestros del arte como Klimt, Chagall, Degas. Muchas habitaciones dan a un patio interno que promueve un descanso sereno.

Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

Los tiempos cambiaron, pasaron guerras y una revolución, pero el concepto se mantiene. Hiren Prabhakar, el manager del St. Regis Moscow Nikolskaya, lo sintetiza así: “Intimidad y tradición en un ambiente de lujo que mira al futuro”. Es decir, tecnología en las habitaciones –paneles digitales para controlar las luces– y servicio cinco estrellas: todos los huéspedes tienen acceso al mayordomo privado.

Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

Uno de los hits es el Iridium Spa, con piscina 24 horas, gimnasio y tratamientos a base de los extractos marinos de la marca Thalgo. El sauna y el hamman abren hasta las dos de la mañana, ideal para relajarse después de las típicas actividades de un buen turista. Moscú es una ciudad para caminar, se termina el día con varios kilómetros adentro, aún tomando metro y taxi.

HISTORIA + BUENA MESA

Nikolskaya, el barrio del St. Regis, es histórico y arquitectónicamente bello. La misma Nikolskaya utilisa (calle) llega hasta la Plaza Roja y a lo largo de los siglos fue refugio de intelectuales y políticos. Un monasterio, una imprenta, antiguos restaurantes y hoteles de mercaderes del siglo XIX, el conserje Igor Lanstev sabrá indicar las mejores paradas y circuitos de la ciudad. También es la persona indicada para reservar una mesa en el mítico Pushkin Café o una entrada al Bolshoi.

Fuente: Lugares - Crédito: Mariana Eliano

A Tavola es el restaurante de The St. Regis, donde se sirve el elegante y sustancioso desayuno: desde frutas frescas y cereales hasta caviar con champagne y una selección de quesos. Lo comanda Stefano Andreoni, italiano llegado hace unos meses a Moscú (todavía no pasó su primer invierno). A mediodía, el restaurante suele estar lleno de oficinistas de la zona, que vienen a probar el menú de tres pasos (u$s15) más una yapa que envía el chef a la mesa. Dicen que el menú de mediodía no se repite en todo el año. Como solo estoy unos días, de eso no puedo dar fe. Sí del róbalo ensopado con un langostino jumbo y suave aroma de romero fresco o del tartare de lomo con un toque de mostaza de Dijon. De postre: ¿tiramisú o pannacotta de maracujá?

El hotel tiene servicio de coches Bentley y un cigar bar –Robusto–, de los pocos que hay en la ciudad, y donde no es raro cruzarse con uno de los millonarios rusos de los que tanto se habla. Es un lugar íntimo y pequeño, un refugio para este viejo placer que se acompaña lo más bien con el brandy armenio Ararat, uno que probó Churchill en la conferencia de Yalta de 1945 y le gustó tanto que durante varios años Stalin le mandó, una vez por año, varias botellas. Hace poco Putin imitó el gesto con James Cameron en Sochi, su dacha (casa) de verano.

Actualmente existen 44 hoteles St. Regis en el mundo. Todos tienen una impronta similar que les llega de la casa matriz. Sin embargo, este hotel tiene la personalidad de su manager. Y todos los empleados saben que Hiren Prabhakar es una tromba.

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