Tras las Altas Cumbres

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9 de noviembre de 2009  • 00:00

En Traslasierra la ciudad más importante es Villa Dolores; a pesar de no ser industrial es la más grande de la zona y en ella tienen sede los hospitales y los bancos más importantes. Le falta atractivo turístico y por eso hicimos foco en los pueblos más chicos, ésos que le dan a toda esta región al pie de las Altas Cumbres su carácter de lugar fuera del tiempo.



Cura Brochero y Mina Clavero



Comenzamos por estos dos pueblos vecinos a los que rodean los ríos Mina Clavero ?que nace en las Altas Cumbres en una cascada de 100 metros? y Panaholma, de aguas cálidas, muy cerca uno del otro, unidos por un puente. Esta zona es la que más turistas recibe, especialmente en verano, probablemente atraídos por las playitas y las aguas mesotermales del Panaholma. En la ciudad, se puede visitar el museo del cura gaucho Brochero, que guarda muchas de sus pertenencias y testimonios de su historia.



En Mina Clavero, hicimos parada en Santa María de las Casas Viejas, la estancia de Carlos y Marta Pons, una santiagueña divina, siempre amabilísima, que nos recibió con exquisiteces culinarias hechas por ella. La casa tiene una vista maravillosa a las sierras; paseando por el jardín, se llega por un sendero de piedras hasta el arroyo Casas Viejas al que un pequeño embalse ha convertido en una pileta natural. Marta ha instalado allí un puestito con parrilla, mesas y sillas, para que sus huéspedes no tengan que subir hasta la casa si necesitan algo. En este paraíso descansamos, comimos como gourmets y, guiados por su recomendación, fuimos a dar una vuelta por el museo comechingón, que está sobre la ruta a las Altas Cumbres. Aquí, además de restos fósiles y piedras indígenas, Alberto y Marcela ?dueños del lugar? tienen un jardín de cactus con más de 350 especies de todo el mundo, que plantan, cuidan y venden.



Sólo a unos pocos kilómetros (hacia al sur) aparece Nono. En esta localidad tranquila y pintoresca proliferan por doquier hotelitos, cabañas y hosterías. Y quien dice Nono dice Rocsen, polifacético museo Rocsen al que fuimos no bien pusimos pie en el pueblo. Nos impresionó y mucho, incluso antes de entrar, por su fachada de estilo romano con 49 esculturas de hombres que representan la evolución del pensamiento humanista y pacifista, desde el Afrikanus hasta Martín Luther King.



El museo fue creado por Juan Santiago Bouchon, un francés que descubrió su pasión coleccionista siendo un chico, cuando encontró un soldadito de barro cocido de dos mil años de antigüedad. En enero del 69 inauguró el museo más ecléctico que imaginar se pueda, en el que se exhibe una momia de Nazca de 1.200 años, animales embalsamados, fósiles, automóviles, máquinas antiguas, carros y hasta el primer molino de Nono. Recorriéndolo, uno puede pasar horas.



Hacia los cerros, la ascensión lleva hasta Las Calles, donde descubrimos Eben Ezer, una licorería artesanal instalada en una antigua casona de 1887, que fue durante más de un siglo la pulpería del pueblo. Una vez dentro nos encontramos con estantes llenos de frasquitos de colores y una encantadora señora que se presentó como Mirta, la dueña del local. En seguida nos contó que tiene cien variedades de licores y explicó cómo los hace a medida que los probamos. La licorosa degustación estuvo a cargo de Laura, su asistente, que servía cada variedad en el vasito del material correspondiente (vidrio, metal o barro), mientras nos íbamos enterando de la historia particular de cada uno de ellos.

Mirta prepara cada una de los brebajes con especial dedicación, aunque su mimado es el de frutilla, al que considera la vedette del local. Y hay varios otros que adora, que son los que mezcla con hierbas, yuyos y flores y que, según ella, producen efectos distintos sobre las emociones.



Ante nuestra evidente duda, nos mostró (y nos hizo probar) un frasquito rojo para la pasión, otro celeste para la ilusión y unos cuantos más de todos colores... Un par de horas más tarde, después de oír sus cuentos y mareados como estábamos, seguimos.



San Javier + Yacanto



Este binomio es una unidad vinculada por apenas dos kilómetros que se sortean atravesando el arroyo del Molle. Ambas poblaciones están inmersas en un paisaje donde se mezclan el verde de la vegetación y el ruido de los torrentes que bajan de los cerros.



Lleno de viejas y clásicas casonas y una plaza centenaria, San Javier mantiene su aire de aldea provinciana y costumbres intactas y además, oficia de base para el ascenso al célebre Champaquí, el pico más alto de la provincia.

También es ideal para salir a caminar, ya sea alrededor de la plaza o por el camino que lleva a la estancia La Constancia, jalonado de lugares interesantes. El más conocido es Los Olivos, en el que se pueden comprar productos de artesanos de todo el valle. Pero también está La Casa de Juana, la casa de té de Elsi de Torres, y el taller de Sergio Paolucci, un ceramista que moldea vajillas con motivos étnicos y toques contemporáneos, si bien su fuerte son las mayólicas. Este artesano usa lindísimos colores de esmaltes brillantes y satinados que él mismo prepara.



Unos metros más arriba en el camino, encontramos Las Violetas, de Patricia y Andrés Mazzacco, local rústico con un deck y mesitas que dan al arroyo, donde sirven picadas espectaculares de fiambres, embutidos, quesos y conservas de vegetales, todo casero. Y lo más importante: su cerveza artesanal que me supo deliciosa. Ambos viven en San Javier hace diez años y a la gestión de su restaurante añaden el compromiso de cuidar el medio ambiente.

En Yacanto pasamos como rayo por La Castellana, la acogedora hostería de Viviana y Fernando Toscazo.



Sobre la ruta hacia La Paz, enclaves como La Población o Luyaba se nos revelaron llenos de encanto y pródigos en tentaciones para satisfacer la curiosidad de los viajeros con todo tipo de productos autóctonos. Atrás de cada puerta, es posible que haya alguien aplicado a elaborar salames, dulces, conservas, licores, chocolates o alfajores.



La Paz, Loma Bola y Las Chacras



Son la puerta sur de Traslasierra. A pasitos de la línea fronteriza con San Luis, estos tranquilos pueblos, pegados unos a otros, parecen quedados en el tiempo. Rodeada por bosques nativos, desde hace varios años la zona se destaca por su riqueza en talleres artesanales donde se aplican a trabaja el cuero, las piedras y las maderas, hacen cerámica y cestería, y existen muchísimos productores regionales de dulces caseros, miel, aceite de oliva y quesos de cabra.

La Paz suma también una especialidad, las hierbas aromáticas y medicinales. En su trazado urbano se luce gran parte de su arquitectura de fines de 1800; en vez de asfalto, sus calles son de tierra y las casas, de adobe.



Desde hace dos años, Loma Bola exhibe con orgullo el hotel homónimo, totalmente reciclado. Con 21 habitaciones, un restaurante y un salón de juego, el edificio principal está rodeado por tres hectáreas de parque y once de monte, del otro lado del arroyo. El jardín, perfectamente mantenido, es un prolijo muestrario de plantas y árboles diversos. Palmeras, jacarandás, nogales, sauces y quebrachos blancos, entre tantos otros, muchos de los cuales tienen cartelitos con sus señas de identidad. En el parque corren arroyitos de vertientes, se dibujan una laguna con patos y una pileta con deck de madera, además del bar que abre en verano como restaurante. En los alrededores del hotel también hay un arroyo con quincho y parrilla, y senderos que se pierden en el monte y llevan a miradores desde donde se tienen vistas panorámicas del valle y los cerros.



La construcción original data de 1925, cuando el alemán Adolfo Krütli eligió esta porción del mundo para vivir tranquilo. Muchos de los que ahora son cuartos, antes eran galponcitos para coches de caballo en la época en que se llevaba a los huéspedes desde y hacia la estación de ferrocarril, por entonces sólo un apeadero.



Germán, hijo de Adolfo, tiene hoy 92 años y fue quien plantó el inmenso roble contiguo a la recepción, después de traer la semilla de su luna de miel en el Delta del Paraná. El hombre trabajó como gerente de la primera usina eléctrica del lugar, instalada para darle luz no sólo al hotel sino a todo el pueblo. Los Krütli manejaron el hotel hasta 1975; para entonces ya no funcionaba el ferrocarril y las nuevas exigencias del turismo hacían indispensable una remodelación que no fue.



Desde entonces fue pasando de mano en mano hasta que en 2001 ?cuando el parque ya ni se distinguía, tapado por el monte y la vegetación silvestre?, la familia Stefanini lo adquirió para devolverle su antiguo fasto.

Muy cerquita de Loma Bola está Las Chacras, donde después de hacer una recorrida para ver distintas artesanías como Los Cuencos, de Patricia Schachtner, y los cestos de Sachachasca, nos dirigimos hacia Bake Leku, un restaurante localizable dos kilómetros más arriba, sobre la sierra. Fieles a los carteles de "por favor, no se rinda, ya falta poco", llegamos a un paraje con una casita de ladrillos donde nos recibieron con una alegría y calidez tal que la que iba a ser una simple visita duró más de tres horas.



Es que en Bake Leku ?que quiere decir refugio de los sentidos?, el tiempo parece no pasar. Kena Etchegoncelay, el Negro y Kamilo, su bebé de nueve meses, nos mostraron los alrededores, presentándonos esta hostería de montaña donde el Negro hace cocina vasca de autor y Kena complementa con sus conocimientos de cocina japonesa. Su filosofía es simple: reciben huéspedes y despiden amigos en tres cuartos de onda rústica y muy buen gusto, calefaccionados con salamandras e iluminados con velas, ya que no tienen energía eléctrica, salvo la que captan con un panel de energía solar.



En el parque repartieron hamacas paraguayas, especialmente en el camino al peñón que llaman las Piedras Coloradas, donde anidan jotes. Para nuestra sorpresa, nos acercamos a estos pájaros hasta casi tocarlos, sin que dieran ninguna señal de tenernos miedo. Desde ahí arriba se aprecia una vista increíble de todo el valle y a uno le faltan aún más las ganas de irse cuando escucha la leyenda del nagual ?un sabio? de la tribu de comechingones, que vivía en el lugar y obtenía su poder sobrenatural de la magia y la energía de esas piedras. Cuentan que murió teniendo más de cien años y como nunca se encontró su cuerpo, se cree que se transformó en una de esas rocas, incorporándose a la naturaleza.



Y así, entre paseos por la pileta de vertiente natural, historias, leyendas y relatos de ceremonias hechas en el temazcal, (una especie de horno de arcilla donde la gente se mete con piedras calientes a la manera de sauna; un rito que viene de la cultura azteca), almorzamos una de las mejores comidas de todo el viaje, hechas por las manos del Negro.

De vuelta al hotel pasamos por el Museo del Libro, que se encuentra en la casa de Luis Berraute. Se trata de dos habitaciones con vitrinas y estantes que guardan la colección ordenada por siglos y donde se encuentran interesantes ejemplares manuscritos y cosidos a mano.



Pero antes de llegar, le hicimos una visita a don Germán Kürtli, que vende artesanías en un local pegadito a la entrada del hotel. Después de una amena charla donde recordó historias de su pasado, nos enseñó a buscar agua con un palo de horqueta, de la misma manera en que su mamá le enseñó a él cuando tenía seis años. Estábamos ante un verdadero zahorí! A pesar de nuestra incredulidad, después de caminar ida y vuelta por su jardín con la vara en la mano, tuvimos que reconocer que el sistema funcionaba y le creímos cuando dijo que todavía hoy los lugareños lo vienen a buscar para encontrar pozos de agua.



Pipones de relatos, cansados pero enteros, emprendimos la vuelta a Córdoba por la ruta 34, haciendo el camino de las Altas Cumbres que atraviesa el Parque Nacional Quebrada del Condorito, en la Pampa de Achala. El regreso fue puramente contemplativo, admiramos increíbles paisajes y nos tentamos con los cueros y artesanías de los muchos puestos y paradores que vimos al pasar.

Y no faltaron aventureros en el camino. Nos cruzamos con escaladores, parapentistas, ciclistas? Así es Córdoba, motivadora de muchas formas de vivir.





Por Lucía Jutard

Fotos de Ignacio Sánchez.





Publicado en Revista LUGARES 122. Junio 2006.

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