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El rasgo más sobresaliente en el habla de los tucumanos no es la tonada sino el uso de los verbos. El pasado simple casi no existe. Fuimos, averiguamos, vine, llamaste... no; lo correcto es hemos ido, hemos averiguado, he venido, has llamado...
Después están esas curiosas expresiones como el ¿Maverlos? (por ¿haberlos?), ni gótia (por ni gotea), nos hablemos (por "nos hablamos", consigna clásica de despedida ocasional)? Híte es imperativo del verbo ir (para ellos) pero puede quedar en í. Ejemplo: "si te va í, í; de no, vové". Hay que adivinar que ese rosario de palabras mochas significa "si te vas a ir, andate; si no, vos ves"?
En otro orden de particularidades, anote que (1) nadie se refiere a la capital como San Miguel; es Tucumán o la ciudad. (2) La que fuera residencia de doña Francisca Bazán de Laguna tampoco es la casita de Tucumán (según los tucumanos "así la llaman ustedes, los porteños"), sino la Casa Histórica.
No descuide la hora de la siesta porque aquí se aplica a rajatabla hasta en pleno centro. A la una, el barullo urbano todavía está a mil; a las y media empieza a aflojar y para cuando dan las dos, ya no quedó un alma suelta. Apagan la luz, bajan cortinas, levantan las sillas y recién a las cinco de la tarde, la vida regresa a las calles.
En el largo entretiempo, no queda otra que recluirse en el hotel como un tucumano más. Mejor entonces planificar visitas y recorridos por la mañana, dejar para la tardecita un resto y reservar energía para la noche, que acá está cargada de posibilidades.
LA CIUDAD
De memorias
El haber sido declarada Ciudad Histórica, en 2001, fue el primer gesto para integrarla a la dinámica del turismo. Como resultado de ese deseo por no quedar fuera del foco de atención, hay pequeños cambios que ya se perciben. Veamos:
La calle a la que da la casita de Tucumán es peatonal desde hace tres años, un gesto que hay que agradecer por aquello de que el icono patrio merece estar a resguardo del aquí caótico tránsito urbano. Su apariencia sigue siendo inmaculada, como si la acabaran de encalar, y los visitantes la recorren en su calidad de museo pieza por pieza, pasan el patio y no se detienen hasta donde se exponen los relieves en bronce de Lola Mora, que representan la jornada lluviosa del 25 de mayo de 1810 sobre una pared y la jura de la independencia en 1816 sobre la otra.
La catedral reluce de pintura nueva y de noche se ilumina como está mandado, para mayor realce de su figura neoclásica del siglo XIX. Lo mismo ocurre con la Casa de Gobierno; con la vecina iglesia de San Francisco; con la sede de la Federación Económica ?obsesiva expresión del andaluz, con mayólicas de época?, la del Jockey Club, la Casa Padilla y unas cuantas arquitecturas más... Toda esta riqueza conforma el cinturón de la neurálgica Plaza Independencia, o de la Libertad, en la que se alza la estatua homónima, escultura realizada por Lola Mora en mármol de Carrara. Se la ve más limpia, igual que a la plaza misma.
??¿A qué le saca fotos? ??Pregunta la niña, viendo al fotógrafo de LUGARES en acción.
??A las palomas que se pararon sobre la cabeza de la estatua. ¿Sabés qué representa la estatua?
??Sí, es Dios.
??Mirala bien? ¿No ves que es una señora?
??No es una señora, es Dios.
Al Museo Histórico habría que ir nada más que para admirar las carbonillas de Lola Mora, una serie de retratos preciosos de los políticos ilustres de la época que la artista inmortalizó con precisión fotográfica. Esta casa (que fuera del gobernador José Manuel Silva y después de su nieto, Nicolás Avellaneda) fue restaurada; de ese renuevo cayó en desgracia el piso original, reemplazado por comunes y silvestres baldosas símil terracota. Cabe preguntarse en dónde quedaron esos bloques de ladrillos históricos...
En plena etapa de remozado está la casa solariega del Obispo Columbres (sede del museo de la industria azucarera) en el Parque 9 de Julio, grandioso pulmón que no escapa a la necesidad de ser rescatado. Además de la basura (y no precisamente en un día lunes), duele ver esas réplicas de célebres esculturas que el fundador de la Universidad de Tucumán, Juan B. Terán, hizo traer de Europa, descuidadas e incluso mutiladas. Pero en las cercanías del Reloj reina otro clima; hay unos cafés y un restaurante donde, aseguran, se come bien. Para el mediodía es ideal, con sus grandes paneles de vidrio que integran el paisajismo inglés circundante, diseñado por Thays en siglo XVIII.
Insomnio tucumano
Plaza de Almas es la piedra fundamental de la movida nocturna, el punto bisagra entre el antes y un después que arrancó hace seis años y desde entonces no paró. Lo que nació como una boutique de regionales con lugar para una media docena de mesas, ahora es una mega casa de múltiples ámbitos y cometidos. La estructura edilicia fue siguiendo la dinámica de la demanda: conforme el público iba llenando los rincones, los nuevos espacios fueron apareciendo; se habilitó un patio por aquí, se dividió por allá, se estiró el lugar de las exposiciones permanentes, se redefinieron los que de día funcionan como talleres de arte... Y la boutique, a estas alturas el amuleto de Plaza, también se agrandó y diversificó. Ahora, juran sus mentores, llegaron al máximo de su capacidad con las 110 mesas que se reparten la escena, desde la flamante azotea mínima (donde sólo entra una mesita) hasta el último rincón oculto de la planta baja.
La cara visible del emprendimiento es Fernando Ríos, nacido en Rosario de la Frontera (localidad salteña pegada a la línea divisoria provincial, como su nombre lo sugiere), residente en Tucumán hace añares. Es más de aquí que de allí este personaje pluralista que además de dar clases de física y de teatro al tiempo que le daba impulso a Plaza, hace un año y medio se atrevió a llevar una sucursal de este templo a la capital salteña, y se embarcó en la apertura de otro multiespacio en Yerba Buena, como se explica más adelante.
De la fuerza generada por Plaza, se sostiene la proliferación de casas antiguas recicladas como nuevos escenarios de la noche. Los bares de las esquinas de enfrente ?Mago y Mc Polo? son territorios de adolescentes que se instalan en la vereda a ver pasar el mundo a precio de birra y sándwiches. A dos cuadras, sobre la calle Santa Fe, se suceden casi sin interrupción La Bernasconi (restaurante), Dublin (pub), Setimio (vinoteca) y Belfast (otro restaurante). Pegado a Plaza está Waldo, una casa enorme y vericuetosa con una muy linda herrería, paredes llenas de efectos visuales, música, bullicio joven, bastante olor a comida... Junto a este boliche acaban de abrir El Primer Corte, parrilla de pinta muy formal que se desmarca del resto y donde, dicho sea de paso, se come muy buena carne (ver Gourmet).
En el ámbito Managua (calle San Juan) reinan las expresiones de arte, obra de alumnos que suelen dejar su marca en paredes y alrededores.
La puerta vecina es la de Monos, restaurante con música más o menos fuerte.
San Juan Bar, otro caserón profundo, tiene patio cubierto seguido por uno descubierto con más mesas, luces tenues, algún que otro toque verde. Adentro, el enfático olor (otra vez) a comida se mezcla con los decibelios a todo lo que dan.
Teatral es la esquina del muy concurrido Dejá vu, con piano, sillones, araña de velas chorreadas, gran pantalla con video clip, iluminación menesterosa y la animada vereda. Es uno de los favoritos de noctámbulos treintañeros, no más.
Este invierno vuelve a reeditarse el tentador menú de música en vivo (una diferente cada día de la semana) en Costumbres Argentinas, otro referente para pasarlo a gusto en un clima de buena onda aún sin show. El encargado de que esta ecuación funcione es Chuqui, un porteño que hace un par de veranos salió de Ituzaingó para venirse aquí de vacaciones y no se fue más.
Por sumar, puede añadirse Pangea, con pinta ochentosa, un clásico que tiene sus adeptos; da la sensación de que si la nocturnidad no tuviera otros recreos más calientes, éste sería el lugar para juntarse.
Los melómanos insisten con Guanabara Jazz, en la zona sur, pero los muy jóvenes lo desestiman porque prefieren responder al llamado de Pablo H., punto de encuentro en Catamarca al 600 con la música a todo volumen; a partir de la medianoche no hay quien pase del umbral, porque ya la vereda es una sola masa de cuerpos apiñados que desborda hacia la calle, como si levara. Objetivo de tanto amontonamiento: rozarse, descubrirse, ligar en una palabra.
A meros metros, en la esquina misma de Catamarca y Corrientes, otro boliche también de nombre propio masculino y la inicial de un apellido reúne una tupida fauna de cometidos similares. Y del otro costado de Pablo H., funciona el Wasa?s, opción de bar más apaciguada. La lista no termina aquí porque haber más boliches, haylos. Será que mientras haya casas para reciclar...
El afán de perpetuar la movida se palpa hasta en la plaza Alberdi los domingos a la tarde, con el estímulo de las clases de folklore que se imparten y a las que acude mucha gente a bailar. Por menos de nada se les viene la noche encima y vuelta otra vez a empezar.
SIMOCA
Los sábados
Hong Kong avanza sobre la capital del sulky. El espacio de venta de accesorios, ropa, chucherías electrónicas, etcétera que antes (y no hace tanto) ocupaba una reducida área en las proximidades de la estación inoperante de Simoca, ahora llega hasta los mismísimos ranchos de comida, vasto comedero donde la feria concluye y la calle se despeja. Habrá que aceptarlo como parte inevitable de la transformación social. Los mercados son, desde que sostienen la supervivencia de las comunidades y pueblos de cualquier parte, lo que nunca dejaron de ser: el reflejo de la demanda. Pero el mundo no contaba con la producción masiva made in China a valores ridículos de infinidad de ridiculeces invadiéndolo, y Simoca no es la excepción. Pasa en Europa, por qué no aquí. Ahora en vez del perfume soporífero de los yuyos brujos, el aire difunde el castigo del tititití tititití de las alarmas de los relojes.
No está todo tan perdido. Todavía quedan los aferrados a sus tradiciones que despliegan cigarritos de chala (perfumados con anís algunos), tabletas, rosquetes, miel de caña, pirámides de higos de tuna frescos, tachos con ingentes cantidades de dulce arrope de tuna, verduras y hortalizas, arrollados de chancho, chorizos (que aquí son muy largos, enfáticamente especiados de comino), carnes frescas de óptima calidad, excelente quesos artesanales, huevos caseros de yemas casi coloradas, pastelitos, tortillas al rescoldo, pastel de novia y tamales... Alimentos e identidad de un pueblo que aún está vinculado a sus orígenes.
Regla inalterable en Simoca sigue siendo el trueque y la compra-venta de animales vivos por bulto, es decir sin pesarlos. Gallinas y pollos, ovejas, cabras, chanchos y lechones. Muchos cerditos. Unos cuantos son inmolados ahí, a la vista de los demás mortales y congéneres, eviscerados a continuación, limpiados y expuestos para su venta, que suele ser casi inmediata.
Cuando se está frente al espectáculo brutal (pero no absurdo) de la matanza, Hong Kong desaparece; lo único que cuenta es el sacrificio despojado de toda culpa, rito necesario que reafirma nuestra naturaleza de omnívoros y honra la figura cerdil, omnipresente en todas las culturas desde que la domesticación nos hizo sedentarios.
Este ejercicio atávico tiene lugar todos los sábados, a 50 km al sur de la capital tucumana. Para apreciar a fondo tan tradicional feria, no eluda el queso de cabra con arrope de tuna que le darán a probar y, sobre todo, anímese a hacerse un lugar entre la multitud que se instala en los llamados ranchos (una sucesión de incontables mesas alineadas bajo techo) y coma. En mesa enclenque y sin mantel, a tenedor y cuchillo casi de utilería, coma lo mejor que tienen para ofrecer: chorizo. Prefiéralo a las empanadas, los tamales y la carne asada. Chorizo de Simoca, nada livianito pero bien sabroso.
Hay quienes todavía llegan de los alrededores en sulky, medio de transporte por excelencia al que se le ha dedicado un monumento a la entrada del pueblo y una vez al año, en el mes de julio, vive su propia festividad.
YERBA BUENA
La buena vida
Entre la ciudad y Yerba Buena medran 15 km y un puñado de minutos. Y si alguna vez fue sólo una escapada de los citadinos de economía holgada en busca del verde y la paz que San Miguel perdió hace rato, terminó por convertirse en un lugar para vivir a un ritmo mucho más apaciguado. A falta de edificios altos, este falso suburbio de la capital derrama vegetación subtropical en cada esquina. No es casual que artistas plásticos, músicos y amantes de la naturaleza hayan elegido instalarse en Yerba Buena.
No es casual tampoco que aquí se haya puesto en marcha un centro de equino terapia, difundido método que mediante la equitación y prácticas ecuestres busca la rehabilitación, integración y desarrollo psicofísico de personas con diferentes capacidades y patologías. La propiedad se llama El Campito y pertenece al ingeniero Juan José Gómez López; en la misma funciona también una granja educativa y desde aquí salen cabalgatas que se organizan por el día, aptas para todo público.
El único territorio donde se anda con el pie en el acelerador es en la avenida Aconquija, su columna vertebral, el nexo con la ciudad y los demás caminos que llevan a otros rincones de la provincia. A ambos lados del asfalto se concentra la vida pública (boutiques, cafeterías, heladerías, casas de té, bares y barcitos, restaurantes, oficinas); pero es despegarse de ella unos metros y todo cambia.
Yerba Buena es un sosiego, no obstante cierta preocupación entre los vecinos defensores de la calma chicha, que hoy ven avanzar proyectos de mega shopping en detrimento de la vegetación, la fauna ornitológica y la seguridad. El monstruo de Jumbo ya les brotó, por suerte en una apartada área.
Mientras tanto, venirse de la ciudad a comer aquí sigue siendo la gimnasia más practicada. Cae la tarde y se larga la caravana de autos. Muchos vuelven a casa y todos los demás buscan alargar la jornada o darle sentido a la noche inminente. Por si no lo sabía, antes de que San Miguel despegara en vuelos nocturnos, la movida ya sucedía aquí. Y el fervor no cede.
La Malegría
El nombre le vino por una canción de Manu Chao, que lo inspiró a Fernando Ríos a bautizar así al hermano de Plaza de Almas. Se trata de una gran casa con amplio jardín, remodelada y ambientada para recibir a un público heterogéneo y muy fiel a sus fórmulas poco convencionales. Al principio fue psicobar (Fernando convocaba a psicólogos conocidos para dar charlas y generar debates, y recibía con copa de vino de bienvenida) y los domingos a partir de las seis de la tarde concentraba artesanos en el jardín.
La Malegría es la contraseña de Yerba Buena para caer después de la hora crepuscular. De jueves a domingo arde, días en los que suele haber música en vivo y cualquiera de las 60 mesas que se desperdigan hasta el pasto son de las más codiciadas de Tucumán. Para comer, la cocina ofrece idéntico repertorio de platos que en el Plaza, generosos por demás.
A pasos de este ombligo nocturno, la iglesia de Yerba Buena ?una predilecta para celebrar boda? está dedicada a Nuestra Señora del Valle de Marcos Paz, nombre éste que tenía el barrio en el que está la iglesia. El número de feligreses creció así que tuvieron que ampliarla; es muy bonita por dentro, ancha y despejada, con vistosos vitreaux, obra de la artista local Inés Moyano.
Empiezan a surgir opciones para alojarse en la tranquilidad existencial de Yerba Buena. Escondida entre frondas, a tiro de piedra de la avenida, la Casa Calchaquí alberga jóvenes en ambiente y régimen de hostel; los parapentistas (hay cada vez más) tienen su propia guarida en Lo de Florencia, y para la buena vida está Arcadia, propuesta fuera de serie aquí y en varios kilómetros a la redonda. Se lo contamos en las páginas siguientes.
Arcadia, la posada
Cada mañana, la mesa se llena de colores y sabores. Más que un convite a romper el ayuno, es un festín para los sentidos. Cubiertos de plata, tazas de loza inglesa y servilletas de hilo bordadas. Jugo natural de naranja, buen jamón cocido, muffins hechos en casa que son un soplo de ligereza, dulces y miel; queso crema para no sentirse tan culpable y manteca para los que no sienten el más mínimo remordimiento. Mientras la estacionalidad los prodigue, la anfitriona propone como frutas frescas el muy local higo de tuna y mango de la región, de sabor paradisíaco. Si el buen tiempo acompaña, la ceremonia matutina tiene lugar en la galería con vista al jardín, a sus árboles y a la pileta. Trinar de pajaritos que van de rama en rama, la guardiana compañía de dos pastores alemanes, un cronch cronch de las tostadas, los sorbos del café, las voces pausadas. No hay desayuno igual, no lo hay.
Alojarse en la casa de Marta Carrasco depara éste y otros bienestares. Vecina de Yerba Buena desde hace varias décadas, es madre de tres hijos que ya se independizaron (y tanto la apoyaron en la realización de este proyecto), está vinculada al ambiente de las artes y es una profesional de la hotelería de Tucumán. El año pasado decidió sacar partido de sus dotes de buena anfitriona, al convertir su comodísimo hogar en una agradable posada de cuatro habitaciones con baño privado. La obra proyectada estuvo lista en tres meses y para diciembre ya había recibido a sus primeros huéspedes.
La bautizó Arcadia, "porque me gusta como suena ese nombre y por la idealidad que significó para los griegos". Dice la historia que los habitantes de la antigua Arcadia supieron conservar incorruptas las antiguas costumbres y toda su fuerza y bienestar cuando el resto de Grecia se había degradado. Por eso los poetas la cantaron como el país de la inocencia y la paz del alma.
La fórmula que Marta propone en su Arcadia es muy particular: régimen de bed & breakfast con posibilidades de hacer vida de hotel, ya que los espacios comunes (el living, el jardín, la piscina) están a disposición de los que aquí se alojan.
Los cuartos ocupan la planta alta. Diferentes entre sí, cada cual abriga su particular encanto y todos se distinguen por la sobriedad decorativa. El mínimo de adornos y los que están, son piezas únicas que algún artista de Yerba Buena armó especialmente. Sumaq-Kay, Churita, Wayra y Sisayay son los nombres en quechua de estos niditos equipados con ventiladores de techo, aire acondicionado y mosquiteros en las ventanas.
A este punto casi está de más aclarar que las camas están vestidas con ropa de primera y cálidamente, pero aquí queda dicho por si alguna duda surgiera. El buen gusto y la sensatez de Marta se aprecian en cada detalle y criterio imperantes. Salvo alguna circunstancia extraordinaria que la obligue a salir de Tucumán, ella en persona recibe a sus huéspedes, se encarga de sugerirles programas, qué restaurantes elegir, qué lugares visitar, en fin, aplica a rajatabla las reglas de la hospitalidad bien entendida con toda educación y encantadoramente.
Por Rossana Acquasanta
Fotos de Juan Martín Villa
Publicado en Revista LUGARES 132. Abril 2007.





