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El sueño de muchos es tener casa propia en medio de la mata atlántica, la selva tropical con una de las mayores biodiversidades del planeta que fue deforestada indiscriminadamente y de la que se conserva muy poco. Pero en Ubatuba el Parque Estadual Serra do Mar ocupa el 80% del municipio, una de las mayores concentraciones de mato en todo Brasil. Belén Cabrera y Juan Diego Erhart del Campo son unos argentinos afortunados. Su Fazenda Ressaca es una ex hacienda del siglo pasado productora de caña de azúcar que hoy se encuentra rodeada del Parque Estadual. El mismo que preserva la foresta de la devastación. Hace dos años se propusieron abrir su casa a los turistas, que tienen la opción de alquilarla completa o por habitación por unos días, o bien quedarse allí un mes entero y disfrutarla como si fuera suya. No es común irse a dormir con el croar de las ranas y amanecer varias horas después con un coro de pájaros cuyo sonido proviene de la selva, y desayunar a la brasileña en una galería sombreada rodeada de verde a metros de la piscina, sin ver nada más que vegetación. Aquí, a solo diez minutos del centro de Ubatuba, eso es posible.
Durante el poquísimo tiempo con el que contamos,Belén hace de guía y adivina nuestra preferencia por conocer las playas más aisladasesas adonde ir cuando las fácilmente accesibles están muy concurridas. Las del norte son las elegidas. Desde la orilla en Praia do Félix, a 17 kilómetros de la ciudad, no se ve construcción alguna. Las grandes rocas de uno de sus cantos son ideales para el snorkel, donde dicen, suelen aparecer tortugas de mar. El chapeu do sol, o almendro, es el árbol donde procurar sombra: la playa está llena y sus ramas suelen crecer paralelas al suelo; protegen familias enteras. Los locales dicen que Félix es de las playas más lindas del lugar y bastante frecuentada, aunque nunca como las del centro. En sus chiringuitos ofrecen de todo para almorzar: pastel o empanadas de queso y carne, papa y mandioca frita para picotear, croquetas, pescado y rabas fritas, choclo, coco, jugos naturales y gaseosas. Por lo general, los locales traen cerveza en heladeritas y resuelven la comida en la playa.
Un breve paso por la Cachoeira do Prumirim, a cinco minutos caminando desde la ruta, revela una secuencia de cascadas de agua dulce, piletones e hidromasajes naturales donde la gente retoza sobre las rocas como lagartos. El programa popular consiste en tirarse (si es haciendo "trompo", mejor) por el patinoso verdín hasta alcanzar el pozo mayor. Esa cachoeira desagua en el lado izquierdo de la playa del mismo nombre, Praia do Prumirim, donde el bar Jundu monopoliza la atención. La comida, tragos, música, duchas de agua dulce y cómodos gazebos con vista al mar hacen que cada silla resulte un bien preciado. Lo mismo sucede en otros bares: la consumición da acceso a reposeras con buena ubicación por largas horas. Conclusión: no dan abasto.
A la hora del almuerzo, la caballa que se cocina a la brasa en la isla de enfrente ?también, Ilha do Prumirim?, merece el cruce. Para ir puede tomarse un taxi boat (siete minutos de cruce y olas algo pronunciadas). Los más valientes lo hacen a nado. Fuera de temporada, la isla está desierta. Solo un par de pobladores que en verano manejan el bar, popular entre los barcos a motor que anclan frente a la costa. La playa es ancha y la arena más fina, cruje bajo los pies. Allí descansa también una pareja de argentinos que, a poco de llegar y con solo dos clases, se dieron la vuelta a la isla en SUP. La última moda en el litoral, el stand up paddle es furor. Y muy fácil.
Otra contraseña: la Praia da Paruba, la playa a la que se llega cruzando a pie el río del mismo nombre, si no se quiere aceptar la oferta de los botes que ofrecen el servicio. Con el agua a la cintura y los brazos en alto, el río ancho y brumoso que corre paralelo a la costa da por un instante la sensación de encontrarse bien lejos de aquí, en algún rincón del sudeste asiático. La playa a la que se llega es extensa y franca, su mar agitado; la zona de laguna es en cambio más apacible: cuando las demás playas están desbordadas, esta suele tener poca gente.
Picinguaba es el último pueblo del municipio de Ubatuba, un buen lugar para alcanzar al atardecer por ser uno de los rincones adonde el sol cae de frente. La aldea de pescadores está alterada por el rodaje de una película americana ?Going to Brazil? y sus camiones-camarín que bloquean la entrada al pueblo. Tanto movimiento es inusual aquí, adonde solo se circula a pie para alcanzar las casas colgadas del morro, y cuya iglesia rebalsa de alegrísimos y desafinados cantos en la misa del domingo. Desde Picinguaba se llega en lancha a la cercana Ilha das Couves, spot buscado por buceadores por su rica vida marina. La Pousada Picinguaba, una casona de estilo portugués metida en lo alto entre la vegetación, es de un lujo rústico; su gran terraza y piscina que miran al mar, el lugar adonde despedir el sol.
Por Constanza Gechter. Nota publicada en abril de 2016. Extracto de la nota publicada en revista Lugares n°235.





