Great Ocean Road: viaje memorable por la gran ruta panorámica de Australia

Un recorrido de poco más de 24 horas por esta ruta en el sur del estado de Victoria alcanza para ver algo de la variedad de playas y pueblitos costeros, pero sobre todo para comprender que quedan muchas más razones para volver
Un recorrido de poco más de 24 horas por esta ruta en el sur del estado de Victoria alcanza para ver algo de la variedad de playas y pueblitos costeros, pero sobre todo para comprender que quedan muchas más razones para volver
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10 de marzo de 2019  

Por Mauricio Alarcón C. para El Mercurio, Chile

Recuerdo que la primera parada fue en una especie de muelle en una de las estribaciones de Port Phillip (la bahía que en su extremo norte tiene a Melbourne), y que al final de esa plataforma de cemento había un restaurante. Se llamaba Wah Wah Gee y, por la hora a la que habíamos llegado -muy temprano en la mañana-, parecía vacío. Pero, más importante que eso, era incomprensible que ese muelle y ese restaurante fueran la primera parada de un viaje rutero por la Great Ocean Road, en el estado australiano de Victoria, un circuito que prometía mucho más.

Recuerdo que Geelong , el pueblito costero donde estaba el muelle y el Wah Wah Gee, se encontraba casi en línea recta al norte de Torquay, que era el verdadero inicio oficial de los 243 kilómetros -casi todos con vista al mar- de esta ruta, la Great Ocean Road, que llega hasta Allansford y que es patrimonio nacional australiano porque fue construida principalmente por soldados retornados a esta isla-continente luego de la Primera Guerra Mundial. Todo eso hacía especialmente incomprensible que nos hubiésemos detenido primero allí.

Recuerdo que dejé de quejarme (mentalmente) sobre eso cuando llegamos a Point Danger Marine Sanctuary, justamente en Torquay, un arrecife de poca profundidad, donde el mar y estas rocas de piedra caliza formaban una especie de acuarela en permanente movimiento.

Recuerdo que ese santuario estaba entre dos playas largas y doradas, muy silenciosas esos días, y no parecía que fueran muy diferentes en temporada alta. Pero eso, lo del silencio, era solo una sensación.

Geelong: la primera parada de la ruta en el muelle de la bahía Port Phillip
Geelong: la primera parada de la ruta en el muelle de la bahía Port Phillip

Recuerdo que a bordo del bus en que viajábamos un grupo de prensa latinoamericana, invitados a lo que era el primer vuelo directo a Melbourne de una conocida aerolínea, el guía trataba de entretenernos a cada rato diciendo por el micrófono pregunta-quiz, antes de interrogarnos con algo que nos contaría sobre la región o lo que veíamos por la ventana. El juego dejó de ser divertido poco antes de llegar a Torquay, o sea, al principio del viaje, y por suerte él se dio cuenta.

No recuerdo, en realidad, si dejó de preguntar. Quizá sólo dejé de escucharlo.

Recuerdo que paramos en Point Roadknight Back Beach , una playa no patrullada, como decía el cartel de entrada, de la que podría decir las cosas que uno usualmente dice para convencer a otros de que esta es LA playa. Así que no diré más.

Recuerdo que, unos días antes, en Melbourne, en un rato libre que tuvimos para recorrer la ciudad, encontré una librería, y en la librería, un texto del francés Georges Perec llamado Me acuerdo, que es una especie de clásico (según esa definición que se adjudica a Mark Twain, y que dice algo así como que los clásicos son libros que todos conocen o querrían leer, pero que nadie lee). En Me acuerdo Perec repasa, en 480 textos brevísimos, recuerdos de su infancia, que son a la vez memorias de la Francia de la posguerra. Y todos comienzan así: Me acuerdo...

Recuerdo que pensé en volver a comprar ese libro más tarde, cuando tuviera tiempo. Desde luego, no lo hice.

Recuerdo que, ya en el bus que nos llevaba por la carretera, pensé en que quizás un día escribiera un texto usando esa idea, esa manera. También recuerdo que, inmediatamente después de pensar eso decidí que sería una falta de respeto para Perec, y para la increíble sensibilidad que muestra en su libro, que intentara algo por el estilo. Así que lo descarté.

Recuerdo uno de los textos de Perec que anoté: Me acuerdo de que el primer microsurco que escuché fue el Concierto para oboe y orquesta , de Cimarosa. Lo busqué en YouTube y lo escuché... por ninguna buena razón. Simplemente no lo conocía. Vuelvo a escucharlo ahora mientras escribo y es como si estuviese otra vez en esa carretera.

Una cacatúa posa en el puente colgante de Lorne
Una cacatúa posa en el puente colgante de Lorne

Recuerdo que esa música habría quedado bien en la terraza al aire libre del café que había a pocos metros del Split Point Lighthouse , un estilizado faro de 34 metros de alto, blanco, con techo rojo, que por aquí es conocido como The White Queen, y que -según un cartel- ha sido locación para series de televisión australiana, ha aparecido en alguna de las películas de la saga Mad Max (habrá que verlas nuevamente), y en algunas novelas.

Recuerdo el scone que probamos ahí: deliciosamente tibio y fragante, parecía que no necesitaba las excelentes crema y mermelada que servían junto con él. Pero seguimos la costumbre. Y tenían tanta razón en hacerlo.

Recuerdo este dato: que el faro tenía una luz que podía verse, en días despejados como el que teníamos cuando llegamos, hasta a 33 kilómetros de distancia. Y que era esencial para la navegación por el traicionero estrecho Bass, que debía ser esa franja azul, de olas crestadas de blanco, que se extendía más allá del mirador cubierto de verde intenso donde los visitantes se turnaban para la selfie de rigor. Parecía imposible imaginar mientras estábamos ahí que eso pudiese ser tan peligroso. Menos aun traicionero.

Recuerdo que en la cafetería donde compramos el scone tenían colgado un marco antiguo, y dentro del marco había siete hawaianas de diferentes colores. Solo una era derecha. Solo una era de niño.

Recuerdo que, al llegar al pueblito de Lorne , mientras el guía intentaba encontrar lo que buscábamos (un restaurante en particular; estábamos algo perdidos), vi un cartel que decía Foxtel, que imitaba la tipografía de la cadena Fox y hasta usaba una versión de su logo, el de los reflectores. También había otro cartel en el café Lorne Larder que definía Procaffeinating (¿procafestinación?) como "la tendencia a no iniciar nada hasta que no hayas tomado una taza de café".

Recuerdo que luego de ese cartel solo pensaba en café y en lo susceptible que soy.

Recuerdo que el restaurante que buscábamos no estaba lejos de ese café. Había que llegar al extremo de una puntilla, justo antes de unas dunas, donde el río Erskine desembocaba en el mar. El restaurante, Swing Bridge Cafe & Boathouse, tenía un nombre quizá demasiado largo para lo pequeño que era: en rigor, una casa flotante amarrada a la orilla, justo al lado del puente colgante (que explica su nombre), y con una terraza donde parecían no caber más de 20 personas sentadas. Y que sí, era tan encantador como suena. Sobre todo en un día soleado. Pero el lugar valía la pena más que por cualquier otra cosa, por sus carnes asadas (el dueño era argentino; no recuerdo su nombre, tampoco lo anoté: culpen a las cervezas artesanales, o a los vinos y cidras locales que nos dieron a probar).

Recuerdo las chuletas de cordero, y el chimichurri, en Swing Bridge Cafe. Recuerdo que el día estaba fresco, agradable. Y que se notaba que el mar estaba detrás de las dunas, aunque no lo estuviésemos viendo directamente. Se sentía el aire salado.

Recuerdo que había una especie de cacatúa muy blanca parada sobre unas de las barandas del Swing Bridge, el puente colgante. También había, en el puente, unos camarógrafos y una chica que posaba para ellos. Aparentemente, una celebridad local.

Recuerdo que nos desviamos un poco de la Great Ocean Road para llegar a un sitio conocido como "el camping de los koalas" porque, sí, había sitios para acampar, y al menos un par de koalas encaramados en unas ramas de eucaliptos haciendo sus cosas de koala (esencialmente, comer y moverse muy lentamente), mientras un montón de turistas se amontonaba abajo, tratando de fotografiarlos o grabarlos, como si no hubiese imágenes infinitamente mejores en Internet. La atención en los koalas duraba hasta que otros vecinos, mucho más esforzados, se la robaban: un montón de loros blancos, verdes o intensamente rojos se posaban sobre la cabeza, hombros o teléfonos erguidos de los visitantes, y lograban así que lo que parecería imposible: que a nadie le importasen ya los koalas.

Recuerdo que el camping de los koalas era vecino del Parque Nacional Great Otway, entre Lorne y Apollo Bay, y que paramos ahí porque alguien del grupo llevaba días con la obsesión de ver auténtica fauna australiana. Lo que comprobaba que no solo los periodistas de televisión pueden ser molestos en los viajes, a veces.

En el llamado “camping de los koalas”, un desvío de la carretera, los turistas se agolpan para fotografiarlos
En el llamado “camping de los koalas”, un desvío de la carretera, los turistas se agolpan para fotografiarlos

Recuerdo que ese desvío tuvo un inesperado efecto positivo. Llegamos justo antes del atardecer al helipuerto de London Bridge Scenic Flight , así que sobrevolamos uno de los más característicos atractivos de toda esta carretera, y la razón por la que muchos vienen, justo con esa luz dorada. Así que cuando el helicóptero se levantó, dejó atrás unas campiñas verdes que parecían sacadas de Osorno, y empezó a sobrevolar los acantilados pegados a la carretera que más tarde seguiríamos recorriendo, para que pudiésemos ver esas columnas de roca desprendidas del resto de la isla, esas torres naturales que acá se conocen como los Doce Apóstoles, solo quedó agradecer a los koalas y esos loros, que seguramente tienen nombres más "técnicos", pero que nadie nos dijo, y dedicarse a observar.

Recuerdo que la naturaleza no seduce a todo el mundo.

Recuerdo que el sobrevuelo fue tranquilo y que, quizá por la luz del atardecer, todo parecía como teñido por un filtro demasiado perfecto. Como esas fotos que suben (subimos) a Instagram.

Recuerdo que a la mañana siguiente, luego de una noche en un hotel cómodo y quizá demasiado espacioso y desocupado (los pasillos llegaban a ser inquietantes), desayunamos en un lugar llamado Pavilion Cafe & Bar, en Warrnambool, una localidad que está más allá de Allanaford, así que técnicamente no es parte de la Great Ocean Road. No podía importar menos. Habían caído algunas gotas durante la noche, y todavía quedaban a esas primeras horas del día, así que el cielo tenía el frescor de las cosas recién hechas.

Recuerdo que llegó el porridge , que nunca antes había probado, por eso lo pedí, y recuerdo el dulzor de la manzana perfectamente cocida y el olor a canela.

Recuerdo que de pronto todos nos paramos de la mesa porque en el mar que se veía más allá de la terraza del Pavilion y de la playa que estaba justo debajo del Pavilion, unos jinetes se metían al agua con unos caballos que, aún de tan lejos como estábamos, se veían perfectos. Como dibujados.

El Swing Bridge Café, un restaurante muy recomendable en Lorne
El Swing Bridge Café, un restaurante muy recomendable en Lorne

Recuerdo que el guía dijo pregunta-quiz, pero nadie escuchó (o nadie quiso escucharlo), apurados para hacer la foto. Así que el guía lo dijo igual: que eran caballos de carrera que traían aquí, al mar, como parte de su rutina de preparación. Podían entrenarlos aprovechando la resistencia de las olas, sin forzar su musculatura.

Recuerdo que el cielo, porque todavía caían algunas gotas y porque las nubes de la noche anterior seguían ahí, tenía un tono azulado que hacía que toda la escena se viera un poco como un antiguo paisaje al óleo.

Recuerdo que alguien dijo: Caballos de mar. Íbamos de camino al bus, ya para empezar a volver a Melbourne.

Recuerdo todo esto, porque estaría bien volver.

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