Mis días, mochila al hombro, por la asombrosa Oslo
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El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Elsa Scarinci. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 5000 caracteres y fotos LNturismo@lanacion.com.ar
Me despierto una mañana en Oslo, a más de 12.000 kilómetros de mi casa en Buenos Aires. Me anoté en un free tour en español para conocer algo más de la ciudad. El punto de encuentro es frente a la estación de metro Jernbanetorget. Previo a eso, había reservado un hotel cerca, considerando que sería un lugar céntrico con puntos de interés cercanos.
Hace diez días que estoy paseando por este país increíblemente bello. Acá todo es prolijo, todo funciona, todo es a horario y todo está limpio. Comienza el otoño y aunque hace frío, con buen abrigo no se siente. Milagrosamente, hoy veo el sol. Hasta ahora todos los días habían sido de lluvia o nublados.
Y aquí estoy, en una ciudad que me es totalmente ajena, la capital de Noruega, un país con el cual -hasta ahora- me siento maravillada. Salgo como cada día con un trío que nos hemos hecho inseparable: mi mochila, mi campera y yo. Encima llevo todo lo que tal vez pueda necesitar para largarme sin problemas por los lugares que me esperan.
Tengo que ubicar el punto de encuentro. Salgo con anticipación para poder desayunar. Tomo un café al paso con una especie de vigilante aunque, en este caso, sin crema pastelera, y busco el lugar.
Ciudad Tigre
Aún faltan veinte minutos para las 9 de la mañana. La estación de metro Jernbanetorget está frente a la Estación Central de Trenes y su nombre hace referencia al tigre. Luego me entero que a esta ciudad, que alguna vez fue Cristianía, la llaman la ciudad Tigre. A pocos metros de ahí está la clásica estatua del tigre erigida en el 2000.
Lentamente, se junta gente de habla hispana y me siento más como en casa. La guía chilena se presenta y comenzamos una caminata de tres horas.
Visitamos sitios interesantes como el parlamento, el Grand Hotel, el opera house, el puerto, la avenida Karl Johans Gate, el ayuntamiento (donde se entrega el premio Nobel de la Paz), la catedral, la fortaleza de Akershus, con el museo de la resistencia y el castillo.
Voy prestando atención, absorbiendo cada palabra que encierra historia, trabajo, sufrimiento, voluntad, patriotismo y esperanzas de la gente de esta parte del planeta. Luego de esta interesante caminata, cada uno deja su aporte a la guía y continúa su camino.
Sigo a su lado porque necesito más información para poder continuar mi itinerario. Quiero ir al Museo de Barcos Vikingos. Sé que el bus 30 me lleva, necesito saber cómo hacer para conseguir el pasaje y dónde tomarlo. En mi mochila está el mapa que ya tengo estudiado.
El bus 30 tiene una parada frente al parlamento. Ahora ya reconozco los lugares y me dirijo allá decidida a llegar a mi objetivo. La parada es una sola, aunque pasan por allí varias líneas. Una planillas describen el recorrido de cada línea, y el horario de arribo según el día de semana. Deduzco que el mío pasará en 6 minutos y un cartel electrónico va avisando cuáles son los tres buses próximos en arribar. A medida que van llegando, el cartel pasa al siguiente y así hasta que aparece el 30, que llega seis minutos después que yo… todo se cumple.
Casa de embarcaciones

Bajo del bus en la parada indicada, veo más adelante el cartel que señala Vikingskipshuset. Lo logré. Saqué previamente mi entrada por internet, por lo que presento mi celular con el código QR y me siento súper tecnológica y orgullosa de mi misma.
La entrada general cuesta 100 coronas noruegas (aproximadamente 465 pesos argentinos) y si bien hay descuento para estudiantes y jubilados, y los menores de 18 entran gratis, como reservé por internet pagué solo 50 coronas.
Dentro del museo me invade una gran sensación de felicidad. Tengo frente a mí a un barco vikingo real y verdadero que no es copia de nada. Son solo tres barcos completos que se encontraron en los alrededores de Oslo enterrados y funcionaron como cámara mortuoria (tumbas) de algún vikingo de abolengo.
También se exhiben utensilios, ropa, adornos, calzado, carretas, trineos, esquís y algunos huesos. En un sector pasan videos sobre los vikingos, sus conquistas y viajes.
Mi emoción es enorme, todo lo que veo tiene más de mil años de antigüedad, por cada uno de esos elementos pasaron vidas y sueños. Los tallados sobre la madera son maravillosos. No es grande el museo, pero paseo en él más de tres horas, viendo y volviendo a ver, tomando fotografías y viendo una y otra vez los videos.
Mochila con orgullo
Luego de hacer un esfuerzo por salir, lo logro. Busco mi mochila de los lockers y con mi equipo otra vez completo vuelvo a encarar mi aventura por Oslo.
En ese momento me doy cuenta que son las cinco de la tarde, el sol comienza a bajar y aún sigo solo con mi desayuno encima. Tanta emoción hizo que ni siquiera recuerde el hambre. Un poco más adelante, el museo Kon-Tiki y más allá un pequeño puerto. Por todas partes, recuerdos de la invasión alemana durante la segunda guerra.
Noruega es un país increíble, todo es prolijo, limpio y seguro. Paseando y conociendo siento lo lejos que estamos de esta organización social. La gente es muy amable, pero nadie habla más allá de lo necesario. Es lindo conocer el mundo, pero mi mochila lleva un moño con una cinta argentina; mi campera, una escarapela y yo siento orgullo argentino donde quiera que vaya...
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