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Molinos nació como una encomienda española, y creció a partir de la casa del encomendero; por eso es distinto de otros pueblos coloniales, con un trazado irregular de calles, algunas más amplias y otras más angostas, y la iglesia separada de la plaza.
Conserva aún su encanto colonial de esquinas sin ochava, casas blanqueadas a la cal y techos de barro con rejas de hierro en las ventanas. La hacienda original, que alojó a los sucesivos enviados del gobierno español, se conoce como Finca Isasmendi, porque allí vivió Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar, el último gobernador realista de Salta.
Allí funciona hoy el hotel boutique Hacienda de Molinos, dedicado a conservar ese edificio histórico de la mejor manera. Es posible visitarlo y ver de cerca los muros de adobe de hasta más de un metro de espesor, los techos de tejas antiguas, las galerías y patios. También funciona allí un museo de piezas arqueológicas prehispánicas.
Frente a la hacienda se encuentra la Iglesia de San Pedro Nolasco de los Molinos, construida en 1639 para funcionar como la capilla de la encomienda, y declarada Monumento Histórico Nacional en 1942. Desde la fachada, dos voluminosas torres se unen a un arco y la identifican con el estilo cuzqueño. En el interior, la nave tiene dos capillas transversales con retablos e imágenes traídas del Perú en el siglo XVIII.
El resto es caminar por el pueblo y bordearlo por la costanera sobre el río Humanao, un buen paseo para el atardecer.




