
Cuando dar una oportunidad deja de ser un riesgo y se convierte en una convicción
Francisco Barrios, empresario, y María Pinto, parte del equipo de Espartanos, cuentan cómo el trabajo, el acompañamiento y el compromiso transforman historias marcadas por el encierro en proyectos de vida posibles
Francisco Barrios conoció a la Fundación Espartanos mucho antes de involucrarse como empresario. Jugador de rugby, vinculado al club Virreyes y atravesado por experiencias que lo sacaron de su zona de confort, escuchó hablar del proyecto hace casi diez años, cuando el rugby empezaba a abrir puertas dentro y fuera de las cárceles. Primero fue el deporte; después, la inserción laboral. “Cuando uno se anima a dar un paso hacia lo desconocido, sale distinto”, resume. Esa lógica —la de animarse— fue la que más tarde trasladó al mundo empresarial.
El quiebre llegó casi sin planearlo. En una estación de servicio del grupo Puma ingresó a trabajar Hugo, un hombre con antecedentes penales que, aun con la posibilidad asegurada, volvió a Recursos Humanos para decir la verdad: había estado preso. La respuesta fue simple y determinante. “No importa, confiamos en vos”, le dijeron. Hugo no solo cumplió: se convirtió en el antecedente que abrió la puerta para que hoy dos personas formadas en Espartanos trabajen en estaciones de servicio del grupo, compitiendo en igualdad de condiciones y ganándose su lugar por compromiso, actitud y desempeño.
María Pinto llegó a Espartanos desde otro recorrido, pero con la misma vocación. Counselor de formación, su camino estuvo marcado por el trabajo social, las misiones y un voluntariado de un año en un asentamiento del norte argentino. “Uno cree que va a dar, pero vuelve transformado”, cuenta. Después de años en organizaciones sociales, encontró en Espartanos la posibilidad de unir su vocación con su trabajo y, por primera vez, entrar a una cárcel desde un lugar distinto. “Yo encuentro esperanza”, dice sobre los pabellones que recorre cada semana. “Muy distinta a la imagen que suele mostrarse”.
Su tarea hoy es acompañar a quienes consiguen ese primer empleo en libertad. Estar, escuchar, sostener. Para Pinto, incluso los procesos que no se sostienen en el tiempo son parte del camino: “Mientras no vuelvan al penal, para mí son casos de éxito”. Los números la respaldan: la reincidencia entre quienes trabajan con Espartanos ronda el 1%, frente a cifras históricas que superan el 60%. Detrás de esos datos hay historias de personas que, muchas veces por primera vez, acceden a formación, a un salario y a un proyecto posible.
Barrios lo ve todos los días en el trabajo cotidiano. La resistencia inicial de los equipos, el miedo a lo desconocido, los prejuicios. Y también el cambio. “Lo que marca la diferencia no es lo técnico, es lo actitudinal”, sostiene. Puntualidad, compromiso, ganas. Valores que el rugby entrena y que el mundo laboral necesita. “Las empresas no solo tienen que generar rentabilidad económica, también rentabilidad social”, afirma, convencido de que dar oportunidades no es caridad, sino una inversión humana que transforma a todos los involucrados.
Para ambos, el impacto va más allá de cada puesto cubierto. Es familiar, generacional, social. Personas que terminan el secundario, que se sostienen en libertad, que contagian a otras empresas a animarse. “Cuando alguien se ve distinto, cuando descubre que puede, es muy difícil que vuelva atrás”, dice Pinto. En ese cruce entre acompañamiento, trabajo y confianza, lo que parecía imposible empieza, simplemente, a suceder.
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