
Tatiana Ruiz Díaz, la rebeldía que encontró un rumbo
Diez años de encierro, aislamiento extremo y una vida al límite que empezó a cambiar cuando el rugby apareció como una oportunidad real
Tatiana Ruiz Díaz se define hoy como una espartana en libertad, pero su historia empezó mucho antes de conocer el rugby. Creció junto a su hermano en una infancia atravesada por la ausencia, la precariedad y la responsabilidad temprana de cuidarse solos cuando su madre cayó presa por problemas de adicción. A los 13 años, tras la muerte de su abuelo —quien había sido su principal sostén—, dejó su casa y comenzó a vivir en la calle. Las drogas, la violencia y la falta de límites la llevaron a caer detenida apenas cumplió 18. No salió más por una década.
Durante esos diez años pasó por casi todos los penales de mujeres de la provincia de Buenos Aires. Traslados constantes, peleas, estigmatización y castigos la dejaron, en varios tramos, completamente aislada. En Bahía Blanca estuvo un año y medio confinada en un buzón de dos por dos metros, sin ver la luz del día, sin visitas y sin contacto humano. “Ahí la cabeza no da”, recuerda. Hubo intentos de quitarse la vida, represión, tiros de goma y una certeza que se repetía: salir con vida ya era una meta suficiente.
El quiebre llegó en la Unidad 47 de San Martín, casi por casualidad. Desde una ventana escuchó risas, silbatos y gritos: un grupo de mujeres entrenaba rugby. Con el tiempo, ese ruido se transformó en una invitación. Primero mirar, después acercarse, finalmente jugar. En ese espacio apareció algo nuevo: reglas, descarga sin violencia y, sobre todo, confianza. La llegada de Espartanas —el equipo femenino de la Fundación Espartanos— le dio un lugar, una responsabilidad y un objetivo. Tatiana dejó las pastillas, se convirtió en referente del pabellón de deportistas y empezó a imaginar una versión de sí misma distinta a la que había sido hasta entonces.
La libertad no fue sencilla. El miedo a volver a caer, a no conseguir trabajo, a repetir la historia. Pero el acompañamiento continuó afuera. Hoy Tatiana trabaja de manera efectiva en Bimbo Fargo, después de varios años de sostenerse con contratos temporales y demostrar compromiso y constancia. “Soñé durante años con tener una vida normal”, dice. La tiene: casa, trabajo, rutina y futuro. Su mensaje es claro y directo: pedir ayuda no es debilidad, es fortaleza. Y a veces, incluso en los contextos más duros, una oportunidad alcanza para cambiarlo todo.
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